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Pablo A. Cicero Alonzo
Foto: Archivo / La Jornada
La Jornada Maya

Lunes 7 de noviembre, 2016

Roberto Bolaño no murió. Esa es una idea que ronda por mi cabeza. Desde hace mucho ya. Su funeral fue un teatro. Él mismo escribió su obituario y, desde algún lugar secreto, lo leyó, carcajeándose de la risa. Desde hace trece años disfruta de una envidiada intimidad, arropado por su esposa y sus hijos, que también transitan en esa ciudad misteriosa —seguramente en la costa— sin que nadie los señale como «hijos de».

Bolaño, sin necesidad de vender su imagen, se centra ahora en la prosa y en la poesía, como en aquellos tiempos en los que le robaba horas a la noche para escribir, y escribir, y escribir. Eso es lo que yo hubiera hecho.

Hay ensayos biográficos que ubican a un joven Bolaño como guardia nocturno de un estacionamiento de casas rodantes, en la costa catalana. Otros destacan su paso por la ciudad de México, donde intoxicado por la poesía se convirtió en una especie de Rimbaud, otro genio esquivo que después de deslumbrar como cometa desapareció del cielo literario. Bolaño, se señala en esos engañosos ensayos, falleció el 15 de julio de 2003. La causa: una extraña enfermedad en los riñones. Su testamento literario es la monumental novela 2666, que previó que se publicará en tres libros diferentes. Esto, con el fin de no desamparar a su viuda y a sus huérfanos.

Antes de que muriera, el brillo de Bolaño irradió otras lenguas, otros países. En Estados Unidos, por ejemplo, la irrupción de [i]Los detectives salvajes[/i] lo convirtió en un escritor de culto. Una fama que nunca se imaginó que llegaría, a pesar de su desesperada manera de escribir, y escribir, y escribir. Ganó importantes premios en vida, y, lo que es más importante aún, congregó a una legión de bolañeanos. Por primera ocasión después del [i]boom[/i], el español surgía, de su mano, como una potencia literaria. Él, galaxia, se equiparó por sí solo con vacas sagradas como Borge, García Márquez, Vargas Llosa… Él solo. Solito.

Es recurrente en su obra la presencia de un escritor escurridizo, que huye de lo mundano para atrincherarse en su arte; la literatura como caparazón, como coto. Ese mítico autor, que tiene la valentía de ensimismarse, se convierte así en el santo grial de jóvenes iluminados por su obra. En esa búsqueda casi sagrada gira frenéticamente el guión de [i]Los detectives salvajes[/i], que se lanzan al desierto para encontrar a Césarea Tinajero. O la de los críticos de 2666, cuya vida profesional y personal tiene como epicentro al misterioso Benno Von Archimboldi.

Bruno Traven, Thomas Pynchon, J.D. Sallinger; estos genios de contrastes, transitan en las letras como funambulistas que rehuyen del oropel del mundillo de escribidores para escribir portentos como catedrales. Ante ellos —y su mito— se postró Bolaño. Y por eso creo que está vivo. Ayer jueves salió a la venta [i]El espíritu de la ciencia ficción[/i], una novela de quien se dice está muerto.

La hallaron en una libreta de apuntes, donde letritas del tamaño de caca de mosca bailan para crear una historia con muchas reminiscencias a [i]Los detectives salvajes[/i]. Los protagonistas de esta última novela, el pilar de la obra de Bolaño, lo dejan todo para dar con [i]Cesárea[/i]. Algún día yo haré lo propio para dar con el paradero de Bolaño. Sé que anda por ahí, riéndose de quienes critican su prolífica obra de ultratumba. Sé que, además, publica con otros nombres, convirtiéndose en una especie de Pessoa, de hidra de tinta.

Tal vez publique, incluso, con mi nombre. Tal vez no soy yo quien escribe esto sino él. Y ambos nos reímos de ti.

Mérida Yucatán
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