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Edgar Oceransky
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Lunes 26 de septiembre, 2016

Todos somos uno, una especie indivisible, en un planeta indivisible llamado Tierra. Es cierto, somos distintos en color, en altura, en tipo de cabello, en maneras de pensar, porque cumplimos diferentes funciones; como los distintos órganos en el cuerpo, pero estamos hechos para trabajar juntos en un mismo fin, porque habitamos una misma piel llamada humanidad.

Y, entonces, ¿qué hacemos peleando entre nosotros, tratando de robarle al vecino un pedazo de tierra, levantando muros, poniendo rejas, cercas eléctricas, encerrándonos en nuestra propia cárcel, como si eso nos mantuviera seguros, como si eso nos mantuviera aislados. Pero, una vez encerrados, algo de nuestra naturaleza humana despierta y tratamos de sentirnos cerca. Encendemos la televisión para ver historias de amor en las telenovelas, porque no estamos dispuestos a vivir las nuestras, con sus dramas y sus alegrías. Tratamos de enterarnos del mundo, a través de las noticias y no salimos a preguntarle al vecino qué pasó en el barrio mientras no estuvimos. Nos tomamos una foto y la subimos a las redes para ver cuántos [i]likes [/i]obtenemos; así medimos nuestra belleza.

Buscamos aprobación afuera, en vez de ver al interior y hacer un examen de conciencia. Salimos de vacaciones por ese instinto humano de ver el mundo y lo vemos a través de una cámara. Reducimos nuestra visión de 180 grados a 60. “No quiero fotografías para el recuerdo, las cosas que no se olvidan se llevan dentro”, dice la menos famosa, pero más hermosa canción de mi hermano Reyli Barba.

No se trata de estar en contra de la evolución, de lo que la inteligencia humana logra, pero ¿de qué sirve ciencia sin conciencia? ¿De qué sirve tecnología sin filosofía? ¿De qué sirve una mente infinita si le ponemos fronteras? ¿De qué sirve la duda si no buscamos las respuestas?

Si no nos preguntamos por qué suceden las cosas estamos condenados a repetirlas.

Para eso sirve también la música, para expresar nuestras dudas y nuestras respuestas, para protestar por lo que no nos gusta, pero proponer una solución, para hablar de la belleza del mundo, de nuestras tristezas, de nuestras certezas y comunicarlas a los demás ¿Y, por qué? porque la comunicación es un acto de amor, detrás de todas las canciones del mundo lo único que hay es un enorme acto de amor.

Entonces ¿Por qué a lo más inmenso, libre y trascendente que tenemos, que es la música, la queremos dividir? Que si haces rock no escuchas folklore; que si tocas en la sinfónica, está mal visto tocar en un Mariachi; que si eres trovador es pecado mortal acercarse al pop. Olvidamos que son solo expresiones de la conciencia humana, con sus diferentes matices. La belleza está en la diversidad, porque al ver lo distinto en el otro, alcanzamos a ver quiénes somos realmente.

Por eso, hoy te invito [i]No te dividas, multiplícate conmigo, que estás en Albanta, donde el sol es transparente, como tu corazón[/i]. Siente amor y permítete el dolor, pues [i]sin dolor quizás no existiría la poesía[/i]. Pregúntate [i]¿Dónde está la vida?[/i] Pide [i]Luz a los poetas[/i], disfruta de [i]El dulce capricho[/i]. [i]Amárrate al cuello esta canción bufanda para enredarnos la piel; abrázame fuerte, que no pueda respirar[/i]. Hazme sentir [i]que vos estás ahí; qué más da Madrid o Barcelona[/i].

[i]En esta inmensidad a la que llaman tiempo[/i], deja que una [i]Libélula, bélica, pálida de Dalí[/i], libre de los [i]Girasoles en el desierto[/i], porque hoy [i]hace un buen día para hablar de los que están aquí[/i]; agradezcamos la [i]bendición de que entre tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio nos tocó coincidir. ¿Quién parará esta locura, quién? [/i]Decídete, [i]pierde los temores y convierte en mariposas las serpientes[/i].

Mérida, Yucatán.


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