Giovanna Jaspersen
Foto: Rodrigo Diaz
La Jornada Maya

Mérida, Yucatán
Viernes 23 de septiembre, 2016

[i]“Innúmeras aves ha tiempo en sus selvas América esconde,
adornadas de nítida veste y plumaje,
y hermosas también por el dulce cantar de su lengua.”[/i]
(R.L)

Pasó el medio septiembre con todos sus recurrentes: sabores, colores y sonidos. Con rigurosidad casi eclesiástica Moncayo tomó las salas de concierto y el público tarareó lo “intarareable”. Por la mente de quien escuchaba pasó la cerveza de México, con papeletas tricolor y mujeres agitando sus faldas; cortando el viento como con “el país” de un abanico -parte móvil del instrumento- en movimiento. Y así, con la fuerza del territorio que se ondula, en nuestro imaginario -y sin quererlo- se arrasó con la posibilidad de recordar todo aquello que la historia no iconizó.

Las artes visuales, por su parte, buscando “lo mexicano” y su consolidación, en la historia nos dieron obras eclécticas que buscaron el anclaje de lo nuestro en la memoria y el reconocimiento de los símbolos del pasado: común y nacional(ista). Vienen a la mente, por citar ejemplos casi forzados y post-intedependentistas, desde una [i]Sagrada familia[/i] (1857) en la que Damián Flores muestra en el cesto del tejido de la virgen la bandera mexicana, anacrónica, nacionalista y explícita en medio de Belén; hasta [i]El descubrimiento del pulque[/i] (1869) que pintara José M. Obregón con cánones clásicos y teatralidad europea. Por su parte, y en su propia posguerra, el muralismo mexicano a gritos de identidad, revindicó también al indio y convirtió la época prehispánica en el dorado mexicano.

Lo cierto es que todo estos emblemas dejan, en primera instancia, una recurrente duda en relación a si nos representan a todos; pero también, en correspondencia a su relevancia, el contraste con aquellas otras obras calladas y desconocidas. En el arte, el calendario cívico con el romper de cadenas, nos desdibuja dónde comenzó a gestarse la posterior nación “libre”; y hay que entrecomillar pues a nivel simbólico después de la conquista nunca podremos volver a ser independientes: se nos enseñó a ver con la mirada europea; con su lengua nos expresamos y comprendemos el entorno; su religión nos ha dado nombres, expresiones de uso diario, festividades y numerosas tradiciones que hoy contemplamos como nacionales; y nuestro cuerpo se modificó en la mezcla también.

El parto natural de “lo mexicano” se dio en el siglo XVI, en la primera unión de las culturas y en la naturaleza híbrida de las artes tempranas. La pintura mural de esta época, que sirvió de piel a las primeras edificaciones del clero secular y regular, es muestra tangible de todo un contexto sociocultural, así como de la función de las artes como instrumentos de mediación en la problemática lingüística y simbólica de la época.

En Yucatán, por ejemplo, la mano indígena que durante siglos había experimentado los materiales para la factura de morteros nutridos con gomas vegetales y cargas extraídas de los extensos bancos de [i]sascab[/i]. Esas que modelaron los estucos que hasta hoy nos sorprenden en Ek Balam o que decoraron con el característico [i]Azul maya[/i] (mezcla de añil con arcillas regionales) los muros de Mayapan; son tradicionalmente las mismas manos y conciencias que dibujaron rostros angélicos en los muros de Valladolid y Dzidzantún; con los mismos materiales probados durante centurias y la maestría que los había caracterizado. Estas artes, que Reyes Valerio llamara Indocristianas y Moreno Villa [i]Tequitquis [/i]-con no pocas críticas por el término-, nos cuentan mucho de lo mexicano antes de que siquiera existiera conceptualmente.

Observar una obra del tipo nos muestra un amasijo de lo que genéricamente se conoce como europeo, que es por lo menos gótico, románico, mudéjar, renacentista y plateresco a la vez; y lo prehispánico, resultado también de migraciones, mutaciones, conquistas e influencias entre los diversos señoríos. El primer producto, es nuestro nacimiento, más allá del mensaje y su iconografía, la observación de estas obras es la delicia de ver la vírgula de la palabra precolombina, naciendo de entre los grutescos, la síntesis entre acantos y maíces decoraron los nuevos mundos con ángeles ya mestizos, cactus, nopales y aves multicolores. Porque el paraíso indígena, como se muestra en los muros del convento mexiquense de Malinalco, no puede ser el mismo que en el que se narra vivieron Adán y Eva, porque el paraíso mexicano incluye cactáceas y plumas, nuestros ríos y bestias propias.

Somos todos hijos del nacionalismo, y una de las mejores formas de ejercerlo es detenernos, observar y conocernos. Detengamos frente a la pintura de Izamal, Valladolid, Dzintdazntún, Teabo, Motul, Mama y Maní; revisemos en el arte novohispano como el parto de la nación a la que después le tocarían sones, valses y huapangos. Solo en el conocimiento lograremos detener la destrucción de este arte primario, poco comprendido, muy modificado y alterado. Hace apenas tres años descubríamos en San Bernardino de Siena en Valladolid, extensas decoraciones ocultas bajo gruesos encalados; este arte callado es un continuo en la región. Celebremos las fiestas sabiendo cómo nacimos.


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