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Pablo A. Cicero Alonzo
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Lunes 5 de septiembre, 2016

Es un negro de pelo crespo. Sé quién es su madre, pues yo lo vi nacer. De su padre, tengo ligeras sospechas; de vez en cuando lo veo merodear por la casa. Ha crecido como un integrante más de la familia. Como éramos ya muchos, me encargué que sus hermanos fueran adoptados por personas que los quisieran. Por ejemplo, sé que uno de ellos se llama [i]Agripa y es feliz[/i].

Está sano y fuerte. Juega con mis hijas y cuida la casa. Creo que no le gusta lo que yo escribo, o es de derechas. Al alba, espera al repartidor de periódicos y se ensaña particularmente con La Jornada Maya, a la que reduce a confeti. Se llama [i]Sleepy[/i], pero le decimos [i]Soruyo[/i]. Es hijo de [i]Dorotea[/i], una labradora color miel. Es un buen hijo de perra.

En la casa, además, hay dos cuyos. Uno de ellos tiene los ojos rojos, como de rata. Bromeando, sugerí que la llamáramos —es hembra— como esa política de la que esconden mis hijas las moneditas que le traen cuando se le caen los dientes, «no se las vaya a robar». Casi me sacan a dormir con [i]Sleepy[/i] y [i]Dorotea[/i].

Este fin de semana, portales de información local reportaron la tortura de un perro. Ésta se registró en la colonia Plan de Ayala Sur, aquí en Mérida. Unos sádicos le arrancaron los ojos al animal, según se informó. Se los sacaron de cuajo de las órbitas. El perro fue rescatado, pero el daño ya estaba hecho; las heridas que le ocasionaron eran mortales, así que tuvo que ser sacrificado.

Ahí terminó el calvario de ese perro. La Agencia de Comunicación del Mayab, dirigida por José Palacio, en su reporte indica que los veterinarios que la atendieron vieron en ella cicatrices de otros abusos, entre los más recientes quemaduras en el lomo y en el hocico. También se replican testimonios de vecinos, quienes apuntan como responsable a un grupo de delincuentes que deambula por el Sur profundo.

¿Hijos de perra? No. Un hijo de perra sería incapaz de hacer algo así. Incapaz. Más bien hijos de hombres y mujeres, hijos de meridanos, como tú y como yo; productos de nuestra sociedad. Esa faceta escondida, que alarma e inquieta, que hace prender los focos rojos, que nos muestran el rostro del malvivir. Alguien capaz de hacerle eso a un animal, de ensañarse con un ser viviente indefenso, es capaz de hacer otras cosas. Un entrenamiento para cosas peores.

Yucatán, en general, y Mérida, en particular, han sido pioneros en leyes que prohíben el maltrato animal. El actual presidente de la capital, Mauricio Vila Dosal, fue impulsor de una ley para la protección de animales en su paso por el Congreso estatal. Hemos sido testigos, de igual manera, de cómo la sociedad se ha sensibilizado en este asunto.

Espectáculos que otrora eran populares, como los torneos de lazo y el [i]Kots kaal pato[/i], son ahora repudiados. La misma Comisión de Derechos Humanos de Yucatán emitió hace unas semanas una recomendación a todos los municipios del Estado para que prohiban la entrada a niños a eventos violentos, entre ellos los mencionados y las corridas de toro. Sin embargo, falta mucho por hacer.

Y sucesos como la tortura que retomo en estas líneas es una prueba fehaciente. Quienes quemaron al animal con las colillas de sus cigarros, quienes le arrancaron los ojos son jóvenes, según los vecinos que atestiguaron el hecho. Integrantes de esa generación que ha abanderado la causa de la protección de animales. El sadismo a los animales germina y florece, cuando se pensó erradicado.

La maldad camina y ríe por Plan de Ayala Sur, hasta ahora impune. A ellos no sólo se les debe castigar por lo que hicieron, sino como medida de prevención de lo que podrían hacer. Nadie sano de mente encuentra en la tortura a un animal un pasatiempo. Criminales, ya son. De las autoridades depende pararlos en seco. Han demostrado una voracidad de dolor que, estoy seguro, no se sació con todo el que le ocasionaron al animal.

En la otra cara de la moneda, la que ofrece un poco de esperanza, se encuentran las personas que rescataron y ayudaron al perro. Las crónicas de este triste suceso mencionan a Connie Sosa, quien igual ha protagonizado otros sucesos de este tipo. Ella llevó a una clínica veterinaria a la víctima de esos maleantes y se encargó de que acabaran con su sufrimiento. Ella es la que mantuvo informada a la sociedad, vía redes sociales, de los avances de este caso, hasta su triste desenlace. No es exageración decir que este suceso indignó a gran parte de la población.

¿Nos importa más la vida de un animal que la de un hombre? Esta pregunta se la hacen muchos, sobre todo los que critican las cruzadas particulares, como la de Connie. Hace muchos años, en la prehistoria de mi carrera como periodista, entrevisté a Yolanda Canto Pacheco, la "mujer orquesta" de Las Maya Internacional. Le pregunté muchísimas cosas, entre ellas en dónde radicaba la bondad de un hombre o una mujer. "En cómo trata a los animales. Si los trata bien, es un buen hombre o una buena mujer. Si los trata mal…". No comprendí la respuesta de esa sabia mujer hasta años después, cuando me comenzó a entristecer ver animales en cautiverio.

Mérida, Yucatán
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