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Giovana Jaspersen
Foto: Óscar Rodríguez
La Jornada Maya

Viernes 2 de septiembre, 2016

Cuando se nace en tierra colonizada, uno no voltea a ver el colonialismo; está normalizado y no se cuestiona. No se tiene la consciencia matutina de que la conquista no fue un lapso, sino un proceso y se re-construye a diario. Así, se es actor por ser producto: colonizados, coloniales y muchas veces, sin quererlo, colonizantes, todos. Descubrirse es atroz. Conmigo sucedió a los 15, subí por primera vez a la sierra Wixárica en un voluntariado de etnografía. Dentro de una construcción humilde y de madera, coronada con una antena de Sky, me vi, frente a una botella de coca-cola y un atado de Ojos de Dios, tratando de comunicarme con una mujer que decía no saber cuántos hijos había parido. Ella me veía con extrañeza, por mi extrañeza. Entonces me supe problema; por preguntar en mi lengua, portando y ejerciendo todas las preconcepciones que mi cuna me había heredado. Existir en mí, la asfixiaba, a pesar de que el objetivo era conocerla a ella.

Quienes nos descubrimos, tratamos de redireccionarnos, seguimos las [i]Instrucciones para entrar y salir de la modernidad[/i] que nos extendió Canclini y buscamos en el decolonialismo un camino para construir distinto en un país multicultural. Yucatán, pareciera la tierra más fértil para ello, con comunidades hasta con 83 por ciento de maya hablantes.

La lengua, como primer refugio, nos dibuja más el rostro que el color de la piel o del cabello. La joven Sasil Sánchez Chan, quien acaba de recibir el Premio Estatal de la Juventud por su labor en la promoción y defensa de la lengua, tiene la piel clara y cabello castaño. Su fortaleza e identidad no son eso, sino el [i]Tsikbal[/i], hebra con la que ha tejido todo lo que es en realidad, su realidad. Quienes la ven por primera vez suelen decir “no parece maya”, y más allá del simplismo deberíamos preguntarnos cómo luce un maya, un mexicano o un portugués; y si estando desnudos y en Marruecos se podrían distinguir de un indio o un inca.

Sasil, por 25 años ha ejercido la herencia y cosmovisión de sus abuelos; es joven, mujer, maya, fuerte y brillante; consciente y entusiasta. Como su generación es nativa digital, fresca y dinámica; pero también maya hablante y lingüista, sin dejar de ser [i]millennial[/i] es actriz y editora en [i]La Jornada Maya[/i]. Amplia y diversa como la cultura, en ella caben muchos mundos, todos mayas y peninsulares, como los de casi 800 mil personas en los tres estados penínsulares. Todos claros e iluminados pues desde su nombre lleva la luz.

Probablemente la primera vez que [i]El Divino Narciso[/i] se leyó desde Xaya, Yucatán, haya sido a través de sus ojos y antes de subir al escenario, y eso no es poca cosa. Pero creo, lo que más destaca es que orientó su camino al uso de su lengua, rompiendo los paradigmas conservacionistas que buscaban grupos originarios estáticos y en vitrina. Ella escribía poesía en su lengua, estudió la licenciatura en maya en una Universidad donde incluso se ha defendido una tesis en maya. Vive en su lengua y sabe que el camino para preservarla es usarla.

Tener que dejar la lengua para contestar una pregunta, ir a la escuela, escribir una nota o leer un libro es la verdadera amenaza y es un problema epistemológico, no de conservación. El despojo e indefensión que sentimos en el extranjero al saltar a otra lengua, es lo que sienten nuestras comunidades no hispanohablantes a diario y en su tierra. La situación, agravada por la desinformación hace que hasta hoy se escuche decir, por ejemplo, que los indígenas no saben leer o, peor aún, que sus lenguas no se escriben.
Mignolo, desde el decolonialismo, planteó siempre como camino, un -urgente- [i]Pachakuti[/i] epistémico, comprendiéndolo como el rompimiento y cambio de rumbo en el conocimiento. Este se muestra lejano como la utopía de Galeano, pero también sirve para caminar.

Cuando el proyecto de [i]La Jornada[/i] llegó a la península, se dijo “venimos a hablar con ustedes, no de ustedes” y para que eso sucediera debía nacer [b]K´íintsil[/b], la “contra” del periódico peninsular.

[i]K´íintsil[/i], puede ser traducido como el honorable sol, jornada o tiempo; coherente, pues hay poco más honorable que hablarle a alguien en su lengua. Sasil, editora de este proyecto, informa desde el universo maya. Por ello en maya, hemos escuchado el sonido de B.B King; las plumas del penacho de Moctezuma y a Revueltas levantándose desde la belleza; el hombre más rápido del mundo, corrió por primera vez en maya y los últimos avances tecnológicos han aterrizado en la lógica peninsular. El proyecto desdibuja la visión esencialista de la identidad, pues no por ser maya se lee sólo de lo maya; la identidad es también, frontera, mosaico y transformación y la lectura medio.

En personas como Sasil y proyectos como [i]K´iintsil[/i] se asoma el [i]Pachakuti[/i] que una vez se bosquejó, aquel de presente y futuro pluriversal, en el que no se requiere salir de sí para existir. Sasil, hoy brilla más y [i]K´íintsi[/i]l -sin duda- ilumina.

[b]Mérida, Yucatán[/b]
[b][email protected][/b]


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