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El secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, calificó a la distribución equitativa de las vacunas contra el COVID-19 como “la mayor prueba moral que enfrenta la humanidad”, por lo que, expresó, “debemos asegurarnos de que todo el mundo, en todas partes, pueda vacunarse lo antes posible". Lamentablemente, como informó el propio Guterres en una sesión de alto nivel del Consejo de Seguridad, en este momento la comunidad internacional dista mucho de encontrarse a la altura de ese examen: hasta ahora, más de 130 países no han recibido una sola dosis de los biológicos, mientras 75 por ciento de las inmunizaciones administradas se concentran en apenas 10 naciones, todas ellas de altos ingresos.

En el mismo foro, el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard Casaubón, usó la banca temporal que ocupa México para denunciar la enorme brecha abierta entre el pequeño grupo de naciones mencionado y el resto de las países, señalar que la seguridad de toda la humanidad depende de que se revierta dicha injusticia, y hacer un llamado a nombre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños –de la que México ocupa la presidencia pro tempore– para que se eliminen los mecanismos que “puedan evitar la distribución de las vacunas", así como a “fortalecer las cadenas de suministro que promuevan y garanticen el acceso universal a ellas”.

Las actitudes y medidas adoptadas por los gobiernos de las naciones desarrolladas, que en general se orientan al acaparamiento de fármacos con el objetivo de vacunar a la totalidad de sus ciudadanos en los próximos meses, constituyen un acto de miopía que además de egoísta resulta contraproducente. Como señalaron en sus intervenciones Guterres y Ebrard, la crisis sanitaria, económica, política y social abierta por la propagación del coronavirus sólo podrá terminarse cuando todos los habitantes del planeta estén a salvo.

Lo anterior no es un llamado ingenuo a la solidaridad, sino una alerta fincada en razones científicas: mientras se propague sin control en los países pobres, el virus continuará mutando y dando pie al surgimiento de nuevas cepas para las cuales las vacunas existentes podrían no proveer inmunidad, con lo que la cuantiosa inversión en la investigación, producción y distribución de estas inoculaciones se convertiría en un derroche fútil.

Ante estas perspectivas sombrías, cabe esperar que los líderes occidentales sean capaces de ver más allá de cálculos políticos de corto plazo y asuman que lo mejor que pueden hacer por sus gobernados es sumarse a un esfuerzo de cooperación global con la finalidad de afrontar el COVID-19 con criterios racionales y humanitarios. Finalmente, debe saludarse el regreso de México al escenario internacional en su mejor tradición a favor del multilateralismo, la cooperación pacífica para el desarrollo y el bienestar, y el liderazgo entre sus pares latinoamericanos.

Edición: Emilio Gómez


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