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Texto y foto: Pablo A. Cicero
La Jornada Maya

5 de febrero, 2016

La desesperanza llegó de manera imprevista, como un ladrón, en esa noche de las caras largas. Una epidemia de melancolía contagió a todos los habitantes del camellón; un bulevar de los corazones rotos. “¿Por qué están tristes los árboles?”, le preguntó la niña a sus padres. “No lo sabemos”, mintieron con piedad; no tuvieron el valor de decirle que esas caras desgraciadas pintadas con cal eran el anuncio de su inminente muerte.

La semana pasada, vecinos de Cordemex se enteraron de un proyecto promovido por el ayuntamiento de Mérida que incluía, supuestamente, la tala de esos árboles. Antes de que la Comuna presentara el plan, los habitantes de esa zona se movilizaron, y un día amanecieron esos cincuenta y tres mártires del concreto y del asfalto luciendo caras tristes, mensajes de ayuda y cintas amarillas abrazándolos. Una barricada de emoticones auguraba que el ayuntamiento no la iba a tener fácil.

Funcionarios de la Comuna entablaron un diálogo con los vecinos; les mostraron el proyecto completo, en donde se establecía que los árboles no iban a ser talados, como sus interlocutores habían temido, sino trasplantados a Animaya. Las reuniones fueron varias, todas ellas maratónicas.

Los habitantes manifestaron estar conscientes de la necesidad de modificar vialidades en una de las zonas más conflictivas de la ciudad. Sin embargo, no les parecía tener que sacrificar ese medio centenar de árboles para que los automóviles se movieran de una forma más fluida.

De manera paralela a esas reuniones con los ecologistas de Cordemex, el ayuntamiento presentó de manera oficial el plan propuesto; incluyó diversas perspectivas que, efectivamente, demostraban que era una obra necesaria y respetuosa con otras áreas verdes. De nuevo, se hizo énfasis en que los árboles tristes serían trasplantados.

Los vecinos de esas matas enviadas al exilio se mantuvieron firmes en su propósito, e hicieron de cada árbol un Vietnam. A diferencia de algunos exhibicionistas verdes, no se amarraron a sus malqueridos vecinos, sino que se pusieron manos a la obra: se reunieron con expertos urbanistas y, de sus bolsillos, pagaron una propuesta alterna.

En ese plan vecinal se tienen en cuenta todas las circunstancias que motivaron a la Comuna a intervenir en esa zona, principalmente en cuestión de las vialidades; esa parte norte de la calle sesenta ya presenta serias dificultades, que aún son un preámbulo de lo que vendrá, cuando Vía Montejo funcione.

Además, los árboles tristes, con esa nueva opción, podían permanecer en el sitio en el que habían sido sembrados, donde dieron fruto y sombra. En años anteriores —y no tenemos que remontarnos mucho— la contrapropuesta hubiera servido para dos cosas. De la sugerencia, los vecinos hubieran pasado a la acción, enfrentándose a los trabajadores y a la maquinaria que les iba a quitar lo que sentían propio.

En el peor de los casos, el alcalde Mauricio Vila Dosal hubiera que tenido que hablarle a Angélica Araujo Lara para pedirle el teléfono de Calín Chablé, el hitman de la glorieta.

Sin embargo, la autoridad municipal, encabezada por el propio Vila, demostró que es muy distinta a las anteriores, que no le teme a la apertura y al diálogo; estudió la propuesta de los vecinos y la consideró viable. El ayuntamiento desechó su propio plan y adoptó el elaborado por los habitantes de Cordemex. Así lo instruyó el presidente municipal. Esos cincuenta y tres árboles tristes ya están felices.

Este triunfo ciudadano puede pasar desapercibido si no le damos una justa dimensión. Nuestro propio, mínimo Tajamar significa una nueva era de involucramiento ciudadano, en donde hay una posibilidad contundente de empujar cambios reales. El monólogo autoritario llegó a su fin, dando pie a un diálogo enriquecedor. Eso implica una responsabilidad mayor, ya que si antes criticábamos entre susurros ahora tenemos que proponer con voz firme y alta.

Si las acciones de los vecinos de Cordemex se replica, una nueva ciudad podrá construirse con el concierto de sus habitantes, que así alcanzarán la mayoría de edad y participarán de manera activa en la toma de decisiones que los afecten. Esos cincuenta y tres árboles ya no sólo son un símbolo de una colonia, sino que se pueden convertir en icono del poder del ciudadano; puños cerrados en alto, de madera y hojas, frescas sombras en las que se lee “no pasarán”.

Este nuevo involucramiento del ciudadano también requiere que las autoridades mantengan esa misma apertura que mostraron en Cordemex. La puerta ya está abierta, y no se debe volver a cerrar. A fin de cuentas, todos ganan. ¿Le afectó al ayuntamiento escuchar a los ciudadanos y analizar su contrapropuesta? No. En cambio, son muchos los frutos que cosechará de esa decisión. Ahora, los ciudadanos se han convertido en interlocutores, convencidos de que su voz será escuchada. Y no hay mejor aliado que el que actúa por convicción. Los vecinos de Cordemex nunca olvidarán este triunfo; se lo recordarán todos los días esos cincuenta y tres árboles sonrientes, que salvaron de una muerte anunciada.


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