La Jornada Maya

Katia Rejón
La Jornada Maya

Mérida, Yucatán
Lunes 9 de octubre, 2017

En un día muy atareado, como suelen ser los congresos que tienen lugar en el Holiday Inn, Víctor Manuel May Pérez y sus otros cinco compañeros del departamento de botones atienden a más de trescientas personas. Están ahí por si los huéspedes solicitan alguna información sobre la ciudad, el equipaje o para pedir amenidades (rastrillo, crema, peine o costureros) a la habitación.

May Pérez lleva 32 años trabajando en el hotel, es el segundo con más antigüedad. En entrevista, cuenta que antes trabajó en un centro porcícola durante 10 años en Conkal, municipio donde nació. Un día la planta cerró y vino a Mérida a buscar el cheque de su liquidación y otro trabajo. Sólo estuvo unas horas desempleado, porque enseguida le dijeron que el Holiday Inn solicitaba personal.

“Pregunté si podía empezar el lunes, estaba con mi esposa y no fui preparado para comenzar. Tenía el dinero de la liquidación y me hubiera gustado descansar el fin de semana, pero necesitaban el personal urgentemente”, cuenta.

Su primer día de trabajo fue agotador, pero con el tiempo ha guardado experiencias, aprendizaje y anécdotas. “Siempre me tocan personas amables, algunos compañeros dicen que de repente sí hay huéspedes muy exigentes, pero a mí afortunadamente no me ha pasado”.

Víctor May asegura que uno de los días en los que más seguridad hubo en el hotel fue en la visita de José López Portillo, cerraron toda la manzana y a los trabajadores del Holiday Inn se les proporcionó un código de barras para poder entrar. Así recuerda cuando vino Bill Clinton y cuando el programa Siempre en domingo, conducido por Raúl Velasco, se grabó en la terraza del hotel.

Sin embargo, hay un día que no se le olvidará: la vez que en una graduación celebrada en un salón del hotel, derramó refresco en el vestido de una joven. “Le pedí disculpas, agarré la servilleta para limpiar el vestido. Sus papás estaban molestos. Fui a ver al capitán, Mauricio Loría, y le conté lo que había pasado”.

El capitán le contestó que debía ofrecerle otro vestido para estar en la fiesta. “Así que fui, le pedí disculpas nuevamente y sugerí comprarle otro en una tienda cercana para que estuviera más cómoda en la fiesta”, recuerda. La joven le contestó amablemente que no era necesario, y los papás se fueron más contentos.

“Si estamos aquí es porque nos gusta el trabajo. Cuando José Palomares era el gerente general siempre nos contaba sus experiencias en otros hoteles. Aprendimos a tratar al huésped como un visitante y no como un número. No es el señor del 239, es el señor Martínez, y la gente lo aprecia ”, explica.


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