Comedores comunitarios, en primera línea de batalla ante la pandemia

Casi un cuarto de la población de Yucatán se halla en carencia de alimentación
Foto: La Jornada Maya

Existen aproximadamente 800 millones de personas en el mundo cuyo principal desafío es comer el día de hoy, de acuerdo con el informe de El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2021 de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), el Programa Mundial de Alimentos (PMA), Unicef y la Organización Mundial de la Salud (OMS). Antes de la pandemia, las estimaciones eran de 650 millones de personas. 

El informe explica que: “Ya mucho antes de la pandemia de la enfermedad por coronavirus, no se estaba en camino de cumplir el compromiso de poner fin al hambre y la malnutrición mundiales en todas sus formas para 2030. Y ahora, la pandemia ha complicado considerablemente este objetivo”. 

Por su parte, Oxfam, organización internacional contra el hambre, estima que es probable que hasta 11 personas mueran de hambre cada minuto, superando las muertes por el virus. El último informe del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) publicado el 5 de agosto del 2021, dice que en México existen más de 155 millones de personas en situación de pobreza, 2 por ciento más en comparación con el último informe del 2018. Y la inseguridad alimentaria en específico aumentó 1 millón de personas más que en 2018.

Si bajamos ese panorama al estado de Yucatán, hay 575 mil 373 personas que viven en carencia de alimentación nutritiva y de calidad,  según los datos del Coneval publicados en agosto del 2021, aproximadamente 100 mil personas más que en  2018; la cifra equivale al 24.8 por ciento de la población del estado, lo que la convierte en una de las siete entidades con un incremento significativo en inseguridad alimentaria.

“Los comedores comunitarios están conteniendo la pandemia. Son las que han prevenido que la crisis se desborde. No la estamos resolviendo, la estamos conteniendo, frente a un proceso que de otra manera estaría costando vidas”, explica la doctora  Ana E. Cervera Molina quien forma parte de la agrupación Apoyo Mutuo, una iniciativa de seguridad alimentaria que nació por la pandemia. 

Yucatán es uno de los tres estados con mayor aumento del porcentaje de la población en situación de pobreza extrema pasando del 6.5 al 11.3 por ciento y prácticamente la mitad de la entidad vive en situación de pobreza (49.5 por ciento). Aunado a esto, el empleo y comercio informal en el estado es de más del 60 por ciento y son los principales afectados por el confinamiento.

“Los datos presentados (por el Coneval en 2021) ratifican las primeras estimaciones del Gobierno del estado, realizadas en mayo de 2020, cuando se consideró que la contingencia sanitaria causada por Covid-19 generaría un incremento potencial de 163 mil pobres”, expresó el gobierno de Yucatán mediante un comunicado. 

“En Yucatán, donde las desigualdades son tan marcadas, el sur se ha encapsulado en sus propios espacios, producto del confinamiento y las restricciones vehiculares sin la capacidad de liquidez para subsistir en ellos. Los comedores de Apoyo Mutuo se suman a una red más grande”, agrega Ana Cervera. 

En abril del 2020, por iniciativa de Xixili Fernández, lanzaron la primera convocatoria de Apoyo Mutuo. Respondieron 300 personas para unirse como voluntarios en la primera fase del proyecto que duró hasta julio del 2020, y cuando la pandemia comenzó a proyectarse a largo plazo, decidieron convertirse en cocina comunitaria. 

Las ollas comunitarias de Colombia, las cazuelas de Chile, las banderas blancas de Perú y las cocinas de México son parte de un movimiento global para aliviar el hambre de forma urgente. “Han garantizado el ejercicio alimentario en los bloques más vulnerables, han sido los grandes protectores ante la crisis del Covid”, dice la especialista.  

 

 

 

Comedores comunitarios surgieron en la pandemia

A diferencia de Apoyo Mutuo, el comedor Refettorio del chef italiano Massimo Bottura no surgió por la pandemia, sino que se tuvo que adaptar a ella. La coordinadora del espacio en Mérida, Claudia Bolio, platica por teléfono que el plan era inaugurar el 28 de marzo del 2020 pero diez días antes de eso, México entró en confinamiento. 

“Todo cambió drásticamente. La idea era que pudiéramos recibir 100 personas al mismo tiempo y eso, hasta hoy, no ha sido posible”, cuenta. 

Primero realizaron entregas de comida en las calles; después, tuvieron voluntarios en auto que cubrían las necesidades de familias que ya estaban mapeadas desde antes. El perfil era: empleadas domésticas, vigilantes, albañiles, familias con hijos y sin trabajo. Para el 25 de noviembre del 2020 hicieron la primera comida dentro de la casa con 30 personas y a partir de ahí han ido adecuándose a los semáforos. En este momento, atienden a 50 personas dentro y reparten 200 platos de comida diariamente. 

 

Las cocinas comunitarias recuperan toneladas de comida

Refettorio funciona gracias a circuitos de recuperación de alimentos. Claudia Bolio agrega que no compran insumos ni ingredientes sino que trabajan con alimentos de la central de abastos o directamente con los productores. Se selecciona, filtra y conserva. 

Al preguntarle sobre la cantidad de alimentos en buen estado que se desperdician en la ciudad de Mérida, responde: “No tienes idea de lo impactada que estoy. Me ha tocado ver que hay quienes prefieren tirar las cosas que regalarlas. Hay un tema que nunca nadie ha explorado: la separación de residuos. Lo tiran a una bolsa común pero si se separara, saldrían cosas para consumir”, cuenta.

Sin embargo, las donaciones también son muchas y vienen de todas partes. Han trabajado con la Cámara Nacional de Comercio, Servicios Y Turismo y, a través del grupo de restauranteros, reciben mermas que los restauranteros no pueden utilizar por estética, pero que siguen siendo consumibles. También trabajan de cerca con el Banco de Alimentos de Mérida, una organización que forma parte del programa estatal gubernamental Hambre Cero. 

En entrevista con la directora de Banco de Alimentos de Mérida, Cecilia Canto, explica que ellos también recuperan alimentos y, aunque actualmente están trabajando en tener datos concretos, estima que rescatan un promedio de 160 toneladas al mes. 160 toneladas de comida que de otra forma, irían a parar a la basura. 

 

Los comedores generan convivencia y restauran el tejido social

La fila para entrar al Refettorio es larga. Hay mujeres, hombres, niñas y adultos mayores, aunque Claudia comparte que la mayoría de las personas que van al comedor son hombres. La puerta se abre en punto de las 12:45 y comienzan a recibir su ración de comida gourmet: el Refettorio no busca solo quitar el hambre a las personas sino compartirles una experiencia gastronómica. “Es dignificar ese momento con una vajilla bien puesta, siendo atendidos por meseros y combatir los estereotipos”, dice.

 

 

Ha habido personas que salen de la cárcel y preguntan, con pena, si pueden pasar a comer. Ella les responde que sí con cariño y respeto, nunca han tenido ningún conflicto en ese espacio. “Gente que ha sido etiquetada, he tenido la oportunidad de platicar con ellos. Les ponemos música, nos cuentan sus historias. No importa si afuera tienen conflictos, este es un lugar seguro”, explica.  

Incluso la policía municipal que sirve de apoyo, al principio llegó hosca al lugar y poco a poco, al conocer a los usuarios del comedor, también se ha ablandado. “Ahora te dicen: ‘¿Cómo está Fulanito? No ha venido’. Ya conocen a las personas más allá de sus etiquetas y para mí eso es crear redes y hacer una comunidad”. También tienen un área de higiene personal para personas en situación de calle, se abre antes de la comida y entran a bañarse y cambiarse de ropa.

Ana Cervera de Apoyo Mutuo coincide en que los comedores se convirtieron en “centros de aglutinamiento para recrear la estructura barrial y reestablecer el tejido social”. En su experiencia, las cocinas sirvieron como espacio para compartir las necesidades. 

“Una vez que se garantizan las necesidades alimentarias, muchísimas otras necesidades pasan a primer plano y se vuelven urgentes. Cuando estabilizamos el alimento tres veces por semana, surgió la educación como prioridad familiar, calidad de vida, regreso a la siembra, otras preocupaciones empezaron a emerger”, aclara Cervera. 

El cambio de prioridades fue precisamente la razón por la cual surgió el comedor Zarigüeyas de la colonia La Guadalupana. En entrevista, Jazmín Castillo Buenrostro dice que su asociación civil, Manos Unidas por el Sur de Mérida, se centraba en el autoempleo y la educación. Hacían intercambios culturales con jóvenes de Kentucky y Chicago para niñas y niños de la colonia, pero cuando empezó la pandemia las prioridades fueron otras.

“Los papás de nuestros niños acudieron para pedir apoyo. Empezamos a cocinar y ya vamos para año y medio. Con 400 pesos al día cocinamos para 60 niños”, dice. 

 

 

Todos los comedores entrevistados tienen una relación muy estrecha entre educación y alimentación, encabezan la lista de las prioridades identificadas. Otra cosa que tienen en común es que, a diferencia de lo que podría pensarse, es ahora cuando reciben más beneficiarios, más que al principio de la pandemia


Los beneficiarios aumentaron, la ayuda aminoró 

Zarigüeyas comparte que al principio atendían a 15 niños y ahora hay días que llegan hasta 65. El Banco de Alimentos de Mérida pasó de 26 mil beneficiarios antes de la pandemia y ahora atiende más de 33 mil personas (y continúan recibiendo solicitudes). En el caso de las tres cocinas comunitarias de Apoyo Mutuo, tienen un registro de 25 mil raciones de comida entregada en los últimos seis meses, trabajando tres veces por semana. Cada comedor atiende entre 150 y 200 personas. 

Ana Cervera cuenta que durante las elecciones aparecieron comedores comunitarios de partidos políticos y eso hizo que bajaran las solicitudes en las cocinas. Sin embargo, tras pasar las votaciones, esos comedores desaparecieron y volvieron a incrementar las familias alimentadas por las cocinas de Apoyo Mutuo. Los voluntarios también descendieron: de las 300 personas que convocó el primer llamado, ahora quedan 10. 

“Las necesidades son más grandes, son más niños, y necesitamos más insumos para realizar la comida”, coincide Jazmín Castillo de Zarigüeyas. 

Las jornadas de trabajo varían por cada comedor pero todas inician en la mañana, entre las 7 y 9 horas. No todos los usuarios van todos los días, y reconocen que las personas suelen dejar su lugar para que otra persona lo ocupe cuando logran encontrar trabajo o solucionar sus comidas. En el Refettorio al menos mil 52 personas han ido por lo menos una vez, así que los números promedio de los comedores contemplan sólo las personas atendidas de forma simultánea, pero llegan mucho más lejos que eso. 

“En el centro nos llegan oleadas de personas migrantes que van a comer una semana y ya no vuelven, pues solo van de paso. Las personas que se dedican a la recolecta de basura y desechos, o los que viven cerca son los más recurrentes”, dice Claudia Bolio de Refettorio. 


No basta con asistencialismo para lograr seguridad alimentaria

Los comedores reconocen que su labor es fundamental para acabar con la urgencia de la comida al día, pero que hace falta mucho más que eso para garantizar la seguridad alimentaria. Apoyo Mutuo se presenta como “un colectivo que aspira a desaparecer”, pues su objetivo siempre fue propiciar autonomía en las cocinas y sus comunidades. 

“No creemos en las entregas de un solo contacto ni en el asistencialismo. Creemos en las prácticas formativas y en dar oportunidades para que las cosas ocurran. Y la pandemia aceleró procesos que de otra forma no hubieran tenido lugar”, expresa Ana. 

Claudia de Refettorio opina que como ciudadanía deberíamos ser más conscientes de lo que compramos y consumimos, “dónde y qué estamos tirando”, como parte de una reflexión global sobre la manera en la que la inseguridad alimentaria nos afecta a todos. 

Incluso el director del Banco de Alimentos, José Trinidad Molina Casares, declaró en la apertura del almacén en Mérida que la visión a largo plazo de esta iniciativa es “sacar del rezago a las personas con capacitación y empleo”. 

La creación de redes ha sido clave para todas las cocinas y comedores que funcionan esencialmente de donativos. A su vez, dan de comer a otras cocinas, asilos, albergues, orfanatos; todas trabajan con otros colectivos, organizaciones, iniciativa privada, gobierno, y entre ellas, al margen de posturas políticas, ideológicas y religiosas. Sin esa horizontalidad, como le llama Ana Cervera, sería mucho más complicado solventar el alimento de miles de personas, de una Mérida “de alta migración, vulnerabilidad, otra Mérida invisible donde está la fuerza de trabajo y el motor de la economía”, concluye Cervera. 

 

Edición: Laura Espejo


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