Lilia Barbachano
La Jornada Maya
22 de julio de 2015
? Una noche en el centro de Mérida
El atardecer bajo un enorme sol rojo se hundía en el horizonte cuando llegamos a la esquina azul. La casa ocupa casi una manzana mordida por la mitad. Perteneció al primer automovilista de la ciudad, quien tenia un jeep militar.
Abres la puerta y te encuentras en Asia Pacífico. Los actuales propietarios han estado viviendo en esa región y son importadores de muebles antiguos. Techos altísimos, gabinetes con escenas coloridas pintadas a mano, lámparas montadas sobre manos de piedra y un jardín interior con palmas que suenan bajo la brisa de la noche.
De nuevo aparece un gato, viejísimo, salvaje.
El calor inicia apenas, ha sido un día castigado por el sol. Afortunadamente el cielo oscuro aminora el castigo.
La charla ocurre bajo las miradas de un gallo verde de cerámica y algún Buda acomodado en una esquina del salón.
No hay ruido, es como si la calle estuviera clausurada, sólo suena el ventilador y la tibieza de las margaritas aviva la conversación. Herméticamente cerrado al mundo: jardín, patio, sombras de la casa sobre la grava.
La cena ocurre sobre una mesa que seguramente fue un portón. Vasos azules, de vidrio pesado, un sándwich chileno con jitomate, ejotes y un corte de res, salpicado de vinagre balsámico. Torta de cielo, almendra pura, es el postre heredado por las abuelas que llega a la mesa como un regalo de otros tiempos.
Palabras van, palabras vienen con suavidad, en inglés, algunas frases en alemán, en chino. Cuatro personas unidas en el tiempo empolvado de Mérida, el tiempo que no transcurre y que nos circunda.
Al salir un transeúnte ebrio quiere irse con nosotros, es amable. La ebriedad es el estado en que la gente prefiere vivir su sábado. Vuelo a casa de regreso por la noche y los brazos del sueño me esperan en la cama.
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