Gloria Serrano
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

16 de julio, 2015

“Siempre que veo a un adulto sobre de una bicicleta recupero la esperanza en el futuro de la raza humana”, decía el escritor británico H. G. Wells. A mí me sucede lo mismo. Siempre que veo a esos biciosos del ciclismo urbano recorrer las calles de Mérida recupero la esperanza en el futuro, no sé si de la raza humana, pero al menos sí de esta paradójica ciudad que a diario se nos despliega tan infinita como el número de personas que la habitan. Los Cicloturixes, la Unión Ciclista de Yucatán, los clubes de ruta, Ciclismo a Fondo Yucatán y MTB, son sólo algunas de las organizaciones civiles que han tomado las calles de la capital y las carreteras del estado para demostrarnos que otra forma de convivencia es posible.

Ahí está Everardo Flores haciéndose uno con esa masa crítica que se reúne en el Parque de Santa Ana y sale a rodar la vida cada miércoles por la noche. Ahí está Kathy Esquivel, compartiendo orgullosa en Facebook las fotografías de sus paseos ciclistas que la han llevado a exponerse el mundo que la circunda y a conocer pequeños poblados, haciendas inimaginables, serenas playas y, sobre todo, esa dulce sensación de libertad que una mujer experimenta cuando se arriesga a trazar y seguir su propia ruta. Ahí están Xixili y Amanda, reconociendo las arterias de esta urbe que las vio llegar provenientes del País Vasco. Y ahí está el señor que a diario veo pasar delante de mi casa, el mismo que tras haber perdido un brazo, maneja su vehículo con la seguridad y destreza del mejor ciclista de Le Tour de France.

Como ellos hay otros diseminados por aquí y por allá; en realidad, son cada vez más quienes hacen uso de la bicicleta para transportarse y ocuparse de enhebrar el deshilachado sentido de comunidad. Un asunto que a las autoridades parece importarles poco, puesto que ya han pasado dos años desde la fecha en que se dio a conocer el Plan Estatal de Desarrollo 2012-2018, documento que propone las estrategias a implementar para “disminuir los niveles de mortalidad ocasionada por accidentes de tránsito en el estado”, sin que esto se vea reflejado en acciones claras y contundentes. Quizás el tiempo avance más lento para quienes se dedican al servicio público, pero a fin de cuentas los minutos igual se acumulan y forman horas que se convierten en días y luego en meses, seis para ser precisos, desde aquella manifestación bicicletera del 19 de enero de 2015 frente a palacio de gobierno para exigir el cumplimiento de la Ley de Fomento al Uso de la Bicicleta en el Estado de Yucatán.

Pero nada sucede. Las cartas y peticiones se pierden de vista como las lanchas de los pescadores al alejarse del muelle en Progreso, mientras los responsables de traducir las políticas públicas en hechos permanecen impasibles, mirando cual turistas extasiados lo que a sus ojos parece ser un panorama de ensueño. Por esta razón, la comunidad de ciclistas urbanos convocó a una Magna Rodada que se llevaría a cabo el 13 de julio para reivindicar, nuevamente, que sus derechos sean respetados. A última hora el genuino deseo de sumar voluntades en vez de sustraerlas, hizo que suspendieran este legítimo acto de protesta a raíz de la reunión que un día antes sostuvieron con Roberto Rodríguez Asaf, actual secretario general de Gobierno del estado, quien se comprometió a adoptar las medidas pertinentes para hacer cumplir lo que hasta ahora, sólo han sido palabras inútiles y huecas que nada aquietan ni contribuyen a evitar la constante pérdida de vidas relacionadas con situaciones de riesgo para aquellos que se mueven, temerosamente erectos, sobre dos ruedas.

John Howard, político australiano y primer ministro de Australia de 1996 a 2007, señaló que “la bicicleta es un vehículo curioso. El pasajero es su motor”. Parafraseándolo, yo le diría a quienes en los distintos órdenes y niveles de gobierno tienen la facultad y la obligación de aplicar las leyes, que no olviden algo: la sociedad también es un vehículo curioso. Los ciudadanos son su motor.


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