Por Javier Aranda Luna
Foto: Barry Domínguez

El objetivo del periodismo critico no es incomodar. Es mostrarnos los males y peligros que amenazan a la sociedad. Y si mostrar el peligro que la corrupción política significa para la vida democrática incomoda a quienes la practican, entonces el periodismo incómodo no sólo debemos aceptarlo sino fomentarlo.

Una sociedad sin prensa crítica es una sociedad muerta. Es una sociedad controlada por un régimen autoritario o por una dictadura. Los silenciadores, los Silenciarios son los heraldos negros de esos regímenes duros.

No es un asunto trivial que corran a un periodista por hacer su trabajo. Menos aún si lo hacen después de haber dado a conocer información que se retomó en todo el mundo.

El cese de Carmen Aristegui del espacio informativo que conducía es más que un asunto laboral como pretenden algunos. Tiene que ver con una de nuestras libertades fundamentales como lo es la libertad de expresión.

Es un peligro que esta presunta querella laboral se convierta en un atentado contra la libertad de expresión. Porque en eso se ha convertido.

Algo similar ocurrió en el Excélsior de Julio Scherer cuando un supuesto conflicto de trabajadores dio al traste con el que fuera en ese entonces el mejor periódico de Hispanoamérica y uno de los más importantes del mundo.

El ataque a la libertad de expresión fue un triunfo pírrico de Luis Echeverría pues entre el golpe de censura y el nacimiento de Proceso sólo pasaron unos meses: de julio a noviembre de 1976.

Mejor aún: como consecuencia directa de ese mismo atentado surgieron cuatro publicaciones donde la crítica fue el santo y seña de las mismas: Proceso, la revista Vuelta de Octavio Paz --quien en época de Scherer colaboraba en Excélsior con Plural-- y el diario unomásuno que dio origen a La Jornada, el periódico de referencia de México en el Mundo.

¿Quién ganó con el atentado a Excélsior? ¿Quién “gana” ahora con el despido de Aristegui?

Es verdad que el país de entonces no es el mismo de ahora. Ya no vivimos el México de un partido único y las demandas de los estudiantes del movimiento del 68 a cualquiera le parecen justas y obvias en la actualidad.

Ya no es el mismo país, es cierto pero cuánto se le parece. Ese país bárbaro y cínico que creíamos haber superado (“mátalos en caliente”, “moral es un árbol que da moras”) aún riega sangre y siembra calaveras.

Sólo así entiendo los casos de Tlatlaya, Ayotzinapa, el Valle de San Fernando o el de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez y el Estado de México, o la justificación de no haber atrapado antes al líder de los Zetas por el “bajo perfil” que había mantenido viviendo en la colonia más cara de América latina, con más de cien kilos de peso y un par de helicóptero a su disposición. SI eso es bajo perfil entiendo que los demás resultemos inexistentes a los ojos de algunos gobernantes.

¿Y qué decir del Estado Patrimonialista que pese a los pesos y contrapesos que lo limitan se sigue cebando con la corrupción?

La corrupción que al parecer todo permea, es el talón de Aquiles de nuestra democracia. Ese es el peligro y no el mensajero que lo dice.

A mí también como al escritor Fernando Del Paso me duele este país que por momentos se desmorona. Este país que tanto ha tardado en construir una aun endeble estructura democrática que se ve en peligro con los viejas prácticas que promueven la ataraxia política. La ausencia de incomodidades a la clase gobernante sólo ceba al descontento.

Algo no funciona en ese status quo cuando a casi medio siglo los mismos problemas se siguen gestando de la misma manera. Cada día nos enteramos de nuevos desaparecidos, más fosas clandestinas, otros periodistas asesinados y nuevos casos de censura como el de Carmen Aristegui y su equipo.

Cerrar un espacio dedicado a investigar y documentar nuestros males sociales es apostar por mantener un status quo que sólo se sostiene por el abuso de unos en prejuicio de todos, por cebar la corrupción con el aceite de la impunidad.

La opacidad, el aquí no pasó nada, el ya supérenlo sólo augura nuevos cataclismos. Mirar al horror y documentarlo como quería Revueltas no es un peligro: es el principio para combatirlo.


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