Cochinita pibil

Cochinita pibil en lata: Estereotipos yucatecos en Tenochtilán

Emiliano Canto Mayén
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Viernes 22 de julio, 2016

Es innegable que los capitalinos, otrora defeños, tienen peculiaridades que de ser pasadas al papel serían la delicia de las otras treinta y un entidades de la República Mexicana; sin embargo, en esta ocasión me concentraré, con más humor que veracidad, en un rasgo que mucho dice acerca de los estereotipos que allá se hacen de los de acá. Me he cansado de advertirles a mis amigos huaches que el humor de los yucatenenses tiene un matiz tan terso que nuestra sonrisa más maliciosa pasa, para los desconocedores, por la más amigable de la faz de la tierra. Si se pudiera preguntar a los espíritus atormentados de don Antonio López de Santa Anna, Benito Juárez y Porfirio Díaz, estos gemirían el resto de la eternidad refiriendo las jugarretas que les hicieron los hijos del Mayab; sin embargo, al igual que las fábulas de Esopo, mis consejos caen en oídos sordos y me responden, incrédulos, que gente tan bonachona sería incapaz de tales argucias.

Ante la visibilidad turística de nuestra región y “el golpe de voz de nuestros acentos” -diría Fernando Espejo- se ha extendido peligrosamente la cauda de chistes que nos hace una caricatura sonrosada, al igual que el simpático Cucho de Don Gato. Ciertamente estas bromas consisten en nimiedades, pero, cuando un buen yucateco se halla sumergido en el inclemente mar de huaches de la capital, se siente cual prisionero tlaxcalteca delante del sacerdote de Huitzilopochtli, con el pedernal en manos. El ser yucateco pesa mucho en la Gran Tenochtitlán, pues al ser originario de la tierra del faisán y del venado, a uno lo aturden con preguntas insistentes que suenan brutalmente groseras para nuestras corteses maneras de provincia: ¿Sabes maya? ¿Me llevas este verano a conocer Chichén Itzá? ¿Me dices una bomba? Es muy bonita Mérida ¿Por qué te fuiste? ¿Sabes hacer cochinita? Etc.

Responder negativamente a una de estas preguntas equivale a auto denunciarse como un mal yucateco, un malichista, clasista, racista, derechista o qué sé yo. No exagero. Una vez, en la Feria de Yucatán en México, a los historiadores Cristóbal León, César Benítez y a quien estas líneas escribe se nos aproximó el huach más huach del mundo y nos preguntó si sabíamos maya; al recibir tres negativas titubeantes el chilango de maras se quedó delante del mostrador apuntándonos y diciendo a todo quien se aproximaba –se dicen yucatecos y no saben maya. El hallarnos ahí en representación de la Secretaría de Educación nos impidió demostrarle que, en efecto, tenemos conocimiento de las palabras destinadas, en el lenguaje de Tutul Xiu, a impertinentes como él.

Otra esclavitud que pesa sobre los yucatecos es la de la cocina regional. No hay yucateco en la Ciudad de México al que no le hayan pedido que cocine cochinita pibil. Miembro de una dinastía de diabéticos, en toda mi vida habré comido, a lo mucho, quince veces aquel platillo y tuve que aprenderlo a hacer, al vapor, aquí en la ciudad de los palacios, tan solo para dar gusto a otros; por ello, estoy seguro que, con tal de evitar parecer descorteses, muchos paisanos han tenido que improvisarse cocineros para complacer el capricho de los huaches de su entorno.

A todo esto, los estereotipos son prejuicios y el lugar en que a uno le tocó nacer es una determinante más, no la única, de las múltiples que conforman su personalidad. Así como en la Ciudad de México no van todos con huaraches, bigotes y sombrero a la Zapata, ni mucho menos cantan por las vecindades las tonadas de Pedro Infante, también hay yucatecos que preferimos más a Prokofiev que a Chan Cil, que tomamos lecciones de alemán en lugar de maya, que preparamos salmón con mostaza, miel y eneldo en lugar de un mucbipollo, y todo esto sin tener conflicto alguno con nuestros orígenes; de los que nos sentimos sinceramente orgullosos. La libertad individual debe ser respetada en todo, desde el amanecer hasta el cenit, desde la cama hasta la mesa, y así como a alguien le gusta el color rojo y a otro el verde, reivindicar sus orígenes es una elección tan respetable como abrirse a otras culturas tan solo por ligereza o pasatiempo. Pensaba todo lo anterior mientras rondaba por los pasillos del supermercado, buscando una cochinita pibil enlatada en Hermosillo, Sonora. Pese a mi reticencia, un amigo me había hecho jurar que llevaría este platillo a su cumpleaños; como buen yucateco, ingenioso y sutilmente malintencionado, tomé al pie de la letra la instrucción y abrí sin más mínimo remordimiento de conciencia las latas, las vacíe todas en una olla y me encaminé, cantando un aria de Rossini, en dirección al ágape. Así se hacen las cosas en mi tierra.