En 3 décadas acabará actividad apícola por uso de agroquímicos

En Campeche, más de ocho mil familias mayas dependen de la producción de miel

Hubert Carrera Palí
Foto: Archivo La Jornada Maya
La Jornada Maya

San Francisco de Campeche
Miércoles 9 de mayo, 2018

La incesante destrucción de la selva con fines agrícolas, ganadero, urbanístico, vertimiento de agroquímicos, así como el cambio climático, provocan que en los próximos 30 años la actividad apícola en Campeche llegue a su fase terminal para más de 8 mil 500 familias mayas que ancestralmente han dependido de esta actividad.

Este es el resultado de un diagnóstico realizado por apicultores, investigadores del Colegio de la Frontera Sur (Ecosur) y autoridades de la Secretaría de Desarrollo Rural (SDR) del gobierno de esta entidad, a partir de un estudio que tiene su origen en los años 80 y 90 con la llegada de colonos de otras entidades y de menonitas procedentes de Zacatecas.

En Campeche, la apicultura es la quinta actividad económica más importante, dejando ganancias que superan los 200 millones de pesos cada temporada, que benefician a ocho mil 500 familias, independientemente de las ganancias que deja la exportación a Suiza, Alemania, Bélgica, España, Venezuela, Arabia Saudita y Australia, de acuerdo a la ficha técnica de Procampeche dependiente de la Secretará de Desarrollo Comercial (Sedeco).

El 20 por ciento del total de la producción del dulce local es adquirido sin los controles por el vecino estado de Yucatán, tal y como ocurre con el pulpo maya, por lo que esa entidad se adjudica la mayor producción del mercado peninsular, según estimaciones del veterinario Oscar Romero Rojas, director de apicultura de la SDR.

Es coincidente también que falta una regulación por la aplicación del uso de agroquímicos y la deforestación provocan daño en los volúmenes de producción de miel, pese a que el 40 por ciento de las selvas del estado tienen algún estatus de protección y que todavía existe alto nivel de recuperación forestal debido a las lluvias, considera el funcionario estatal de la SDR.

Sin embargo, reconoce de los más graves errores que han conducido a que la actividad apícola no prospere está la entrega de subsidios, el envejecimiento de métodos ancestrales caducos, falta de capacitación y la introducción de tecnología para que logren su autosuficiencia y autonomía productiva.

Primeras afectaciones



La apicultura peninsular tiene sus orígenes en tiempos de la cultura maya, con una connotación sagrada y medicinal; el néctar de la abeja local conocida como melipona, era aprovechado para aliviar el hambre de los ayunos forzados de los enfermos, además de que les aclaraba sus ideas.

Durante la década de 1980 inició un éxodo de colonizadores con la finalidad de aprovechar las tierras vírgenes de Campeche, y lo mismo sucedió 10 años después con la llegada de los menonitas, quienes trajeron la soya transgénica, cuyo polen ha causado severas afectaciones en la miel al presentar residuos de impureza.

En 1987 llegó de Brazil la abeja africana, “lo que cayó como bendición para la actividad, pues si bien es cierto que por instinto el insecto es más defensivo, también es más trabajadora y como consecuencia, al mezclarse con la europea se obtienen mejores resultados en la producción de miel”, asegura Romero Rojas.

Según estimaciones de quienes hoy representan los intereses de los apicultores campechanos, José Luis González Flores y don Pedro Ehuán, presidentes de Miel y Cera de Campeche, y de los Productores de Champotón, respectivamente, en esos tiempos la cosecha del dulce superaba las 15 mil toneladas en cada bodega de almacenamiento, gracias a que había suficiente tajonal para que las abejas se alimentaran; entonces los montes no estaban depredados, no se usaban agroquímicos ni existían transgénicos.

Cuenta don Ermilo Maas Ek, apicultor de 69 años de edad y originario de la comunidad El Poste, Hopelchén, que los desmontes a partir esos años alcanzaban hasta las mil hectáreas para realizar monocultivos como siembra de soya transgénica, a lo que se le sumaron las fumigaciones aéreas y uso de insecticidas y herbicidas que han causado la muerte de abejas debido a que no tienen alimento cerca y también son sensibles a sustancias tóxicas.

De este modo, de 70 colmenas, don Ermilo hoy sólo cuenta con 36, con niveles de producción que va apenas de los 12 a 15 kilos por cada una, lo que demuestra el impacto que la destrucción de la selva y uso de agroquímicos está causando a la actividad, pues según datos conservadores de la SDR, cada colmena tendría una producción superior a los 40 kilos del dulce.

Hopelchén la zona más impactada



Un estudio reciente realizado por el Ecosur y encabezado por Erick Vides Borrel, revela que en el municipio de Hopelchén, en los últimos 10 años, la tasa de expansión agrícola fue de 3.1 por ciento, lo que afecta gravemente el paisaje apícola, donde la abeja encuentra el néctar y el polen para fecundar.

Observó también que la tenencia privada de la tierra representa la mayor deforestación, y tan sólo entre 2005 a 2015 se tuvo un promedio anual de deforestación en los chenes de .51 por ciento, es decir, más de cinco por ciento de la selva.

El investigador señaló que si la abeja no tiene alimento cerca y no puede producir miel, mucho menos polinizar otros productos que forman parte de la dieta humana como frutas, vegetales, flores y cultivos de importancia comercial.

Sin lluvia, con exceso de ella, con una selva desértica, aunado al uso de plaguicidas como el neonicoti y herbicidas como el glifosato, la actividad apícola está condenada a desaparecer en los próximo 30 años, sostiene el investigador de Ecosur.

Existe un registro que se tiene entre los años 2012 y 2013 cuando más de mil colmenas de abejas murieron a causa de una intoxicación por el uso de agroquímicos en las comunidades de Suc Tuc y Crucero Oxa.

No todo está perdido



El director apícola de la SDR sostiene que el gran error ha sido dar dinero a los apicultores y no enseñarles a hacer apicultura, de ahí que el programa Extensionismo llegue a todo el estado para que los apicultores conozcan las nuevas técnicas de aprovechamiento bajo conceptos de sustentabilidad, usos de plaguicidas amigables con el medio ambiente y sobre todo de aprovechamiento orgánico.

Admitió que uno de los graves problemas es el uso indiscriminado de agroquímicos, debido a la falta de un marco regulatorio y falta de cultura de los productores, por eso propone hacer valer la ley castigando a los responsables retirándoles cualquier subsidio.

“Tiene que haber una corresponsabilidad entre los apicultores y las instancias de gobierno para poner en práctica una actividad agropecuaria basada en la responsabilidad, la cultura y el cuidado al medio ambiente”, sostiene.

Puso como ejemplo que estudiantes del Instituto Tecnológico de China llevan a cabo un proyecto piloto denominado Arráigate, con 50 jóvenes de la comunidad de Santo Domingo Questé, donde se ponen en práctica esa nueva forma de darle su lugar al campo, y en particular a la actividad apícola, donde en lugar de agroquímicos usan hongos y gusanos para contrarrestar las enfermedades propias de esta actividad.

“Es más redituable y menos costoso. Pero sobre todo, los jóvenes están capacitándose, absorbiendo nuevos modelos de compatibilidad hay entre el campo y el medio ambiente”.

Cosechas malas y buenas



José Luis González Flores y Pedro Ehuán coincidieron que 2017 fue uno de los peores años para la actividad apícola en Campeche, pues apenas se recopilaron mil 500 toneladas y mil 150 toneladas, respectivamente, como consecuencia de la grave sequía y la poca floración que azotó al estado.

Sin embargo, para la presente temporada se espera levantar seis mil toneladas del dulce. Por lo pronto, en Miel y Cera de Campeche ya superaron la captación de 3 mil 500 toneladas a través de sus 53 centros de acopio, y en Champotón están arriba de las dos mil 500 toneladas.

Miel y Cera de Campeche cuenta actualmente con cerca de seis mil socios, en tanto de Productores de Miel de Champotón tiene 2 mil 600 y ambas empresas son exportan la mayoría de su producción de temporada.

Se acabó el palo de tinte, se acabó la actividad Chiclera, ya también el petróleo expira y lo mismo sucede con la pesca del camarón. Ojalá y la actividad apícola no sea otra más, pero esta vez no como consecuencia de la avaricia del hombre, sino, lo más trágico, por la destrucción de nuestro entorno ambiental. Conste, puede ser una sentencia adelantada.