Sofía Kalife tiene una concepción del cuerpo y de sus límites, reconoce la frontera de las cosas, elabora una crítica de lo accesorio y determina su metáfora: los desechos del mundo pueden tornarse belleza.
Ella retrata con hojuelas de óleo y con pellejos de paredes, ella recopila resabios de otros aceites para formar su universo plagado de interpretaciones.
Sus piezas parecen recordarnos que somos pegatinas, sólo instantes o fragmentos de lo vivido; ella ve en los tintos desperdicios nuestros pavorosos rompecabezas, pero recoge y pega nuestros pedacitos para convertirnos en poesía.
Todo tiene una piel que se desprende y cae y todo tiende a renovarse; los objetos inanimados pueden devenir en cálidos cuerpos que cambian su epidermis. Es una forma de pervivir.
Pero, ¿cuál es la línea que separa lo irrecuperable de lo traído nuevamente a la existencia?
Eso sólo lo sabe quién mira con piedad las costras sueltas de una pared entregadas al polvo, aparentemente para siempre, y las retoma con su paciente espátula para acuerparlas nuevamente y entregarnos nuestra imagen devastada con renovado espejo.
Un reflejo que nos dice lo frágil de nuestros contornos, lo pasajera que es la piel que nos constriñe, lo efímero y lo brutal que es estar uno al lado del otro, con su carga mortecina, contaminante, perniciosa.
Pero la vida dada por el arte es reciclaje, es resurrección. Eso atisba, otea, Kalife desde su trinchera compiladora de despojos que encumbra en textura y relieve para dignificar un mundo en la debacle, con su arte.
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