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Katia Rejón
12/01/2026 | Mérida, Yucatán
Hace cincuenta años Asunción Cetina Chan tuvo un sueño: que las personas de Cantamayec gozaran de una buena salud. Imaginó un terreno grande en medio del pueblo de donde salieran todo tipo de plantas medicinales, de manera que si un niño se enfermaba de la panza, la mamá pudiera ir y arrancar unas hojitas de epazote, y hacerle ya’ach’ para un té. Así, sin pagar muchísimo dinero, sin hacer una cita para dentro de una semana en el sistema de salud pública, sin manejar hasta la ciudad para sentarse en una sala de urgencias.
Asunción Cetina fue un reconocido médico tradicional nacido el 15 de septiembre de 1933 y fallecido el 3 de agosto de 2014 cuando tenía 81 años. Formó parte del proyecto de la Red de Jardines Medicinales del Mayab y fundó el jardín “Ts’u kaax u bu’tuni ti tsak” (el cerro de las medicinas) que hoy conserva una de sus hijas, María del Rosario Cetina.
De acuerdo con
un artículo publicado por el Centro de Investigación Científica de Yucatán (Cicy) sobre Flora Medicinal, las plantas medicinales son el primer recurso terapéutico de la medicina tradicional y los primeros vestigios de su uso están en los pueblos asiáticos. En la región del Mayab, la medicina tradicional existía desde antes de la colonización y el h’men, médico tradicional, fungía un lugar importante en la sociedad.
La base de datos del CICY en la región registra un total de 2 mil 500 plantas vasculares de las cuales 30 por ciento (750) tienen un uso medicinal. El jardín de Cetina llegó a tener 700 plantas medicinales de Yucatán pero también de otros países donde viajaba por trabajo.
Plantas gratis vs. industria farmacéutica
La medicina tradicional es una práctica estigmatizada y hacen falta estudios sobre las propiedades químicas de las plantas y sus respectivas recetas, pero en México está anclada en el conocimiento ancestral, el que se pasa de generación en generación como en la familia Cetina.
María del Rosario Cetina tiene 50 años y aunque nació en Peto, su papá la trajo desde pequeña a Cantamayec junto a sus hermanos. Me cuenta la historia mientras estamos sentadas en un nicho que comenzó a construir su papá: “Un medicamento dado en el doctor de consulta te ayuda, pero te daña el estómago y a veces otros órganos”, dice.
Explicar la diferencia entre un
x'kakaltun Cetina Chan y un Tylenol Jhonson & Jhonson (ambos para bajar la calentura) no es la intención de este texto. Sin embargo, es cierto que la industria farmacéutica ya no tiene el prestigio que tenía antes debido a las crisis de desabasto y la prohibición tardía de medicinas y tratamientos que tuvieron consecuencias catastróficas (
la misma farmacéutica Johnson & Johnson ha sido declarada culpable por negligencia). Al mismo tiempo, se ha renovado el interés de muchas personas por los remedios naturales. En los hechos tampoco son cosas tan distintas, es decir, muchos medicamentos poseen una sustancia activa de origen biológico de microorganismos, órganos, células, fluidos y tejidos de origen animal o vegetal. La diferencia más grande quizás está alrededor de las sustancias que sanan.
“Gran parte del desarrollo de la medicina occidental se ha basado en la producción de fármacos mediante el aislamiento de compuestos activos de plantas y la síntesis química, ante las expectativas que despertó para las grandes empresas farmacéuticas la posibilidad de generar compuestos sintéticos o modificados químicamente en cantidades industriales. Con el tiempo, sin embargo, este enfoque mostró severos problemas”, dice el artículo antes citado del CICY.
La medicina en las plantas se encuentra en la hoja, la raíz, y las resinas que se preparan en infusiones, decocciones y maceraciones, pero también sin ninguna preparación más que con la planta misma. Hay recetas que implican elaboración de pomadas, tinturas y jabones para la aplicación local, oral, darse baños y santiguarse.
Un sueño para las nuevas generaciones
“Antes de que mi papá falleciera, tenía la ilusión de enseñar a las nuevas generaciones para que el conocimiento no se pierda y puedan ayudar en una emergencia. Como estamos lejos, a veces las personas no alcanzan a llegar con el doctor. Y, no sé si es mi creencia, pero hasta ahora todas las personas han visto que la medicina tradicional es efectiva”, apunta Rosario Cetina.
Asunción Cetina aprendió de su propio abuelo desde que tenía 7 años. Su hija recuerda que hace años no había pastillas ni doctores en salas esterilizadas y la gente se curaba también, que la medicina no se inventó en los hospitales o laboratorios. Su papá hizo su jardín recogiendo plantas y semillas de todos lados, India, China y Colombia incluídas. Comenzó a sanar a la gente y la voz se corrió al punto que llegaban personas de Chetumal, Playa del Carmen y Cancún hasta Cantamayec preguntando por el h’men.
“Fue una persona muy reconocida pero siempre se aprovecharon de su nobleza. Muchas personas venían a tomarle fotos a su jardín que era una preciosidad y se iban. Otros llegaban a pedirle trabajo y, aunque no tenía mucho dinero, les daba algo que hacer. Las consultas a veces no las cobraba porque lo que le tienen enseñado no tiene precio. Porque cuando le preguntaban ‘¿Cuánto te debo?’ lo que tenía que decir era: ‘Lo que te nazca en el corazón’. Publicaron un libro sobre su jardín pero no le dieron copias ni dinero”, agrega.
El sueño de Asunción Cetina incluía una casita a la que llegaran los niños y las niñas para aprender a fabricar su propio jabón, su propio jarabe y distintos tés. Sería una especie de escuela para enseñar todas las maneras de transformar las plantas en remedios.
Asunción no logró enseñar a los niños del pueblo, pero sí a su nieta Cindy, la hija de Rosario. “Cuando él falleció, Cindy tenía como 5 años, y escuchaba lo que decía su abuelito. Sólo por ella no abandoné el jardín porque sentía mucha tristeza y como mis hijos están todavía estudiando, a qué hora iba a atenderlo, pero ella me insistía en que no lo dejara”, cuenta.
El director de la primaria de Cindy conocía a Asunción y ella aprovechaba para invitarlos “al jardín de su abuelito” y empezó a cuidarlo ella misma. Sembraba, chapeaba y cuando había cosecha lo preparaba, salía a vender puerta por puerta, y luego regresaba a hacer su tarea.
Además de su hija Cindy que hoy tiene 16 años, hay un grupo de mamás que van con sus hijos a ayudarle de vez en cuando. Quieren que las medicinas sean accesibles y que haya más. El sentido de urgencia vino después de que en una canícula las niñeces del pueblo sufrieran calenturas, vómitos y diarreas.
“Por el calor ya había pasado que bebés fallecieran, porque no buscas qué hacerle, qué darle. Lo llevas con el doctor y le ponen una inyección para calmarle el vómito. Entonces es mejor darle una infusión de xkakaltún y zacate de limón”, receta Rosario Cetina.
Sueños y extinciones
Como los animales, las plantas también sufren de extinción. De acuerdo con el CICY, hay ocho especies de plantas medicinales en Yucatán enlistadas en la Nom 059 sin contar el ciricote que también está amenazada en la región aunque no aparezca en listas oficiales.
El médico tradicional de Cantamayec murió sano. Estaba cortando una madera en el techo y se cayó. Fue a consultar a un médico de la ciudad porque se había golpeado la cabeza en el accidente. El médico no le mandó a hacer estudios, vio superficialmente la herida y lo mandó a casa. Dos meses después, la herida se había abierto camino por dentro y no había nada que hacer. Murió un 4 de agosto a los 85 años.
Sus últimas palabras fueron para su jardín, pidió que no desapareciera. “Era su sueño así pero la verdad no logró terminarlo. Ya ves que ni siquiera nosotras hemos podido terminar lo que él tanto quería”, dice Rosario Cetina.
De todas las plantas que reunió el h’men solo quedan 250, todas ellas bajo el cuidado de su hija y su nieta. Sobrevivieron a incendios, robos y sequías. Aunque a Rosario Cetina la sostiene el recuerdo de su papá y que un grupo de personas del pueblo le recuerden lo importante que es su labor, lo cierto es que es mucho trabajo para una sola persona.
“Cuando venía a darle de comer lo veía sentado, como diciendo que no estábamos haciendo lo que él quería. Ahora, también, viene un grupo de niños con maestras de primaria y me dicen que este es el último espacio que nos queda así en el pueblo, que ojalá no se desperdicie la medicina”, dice.
Desde que falleció su papá, Rosario también atiende a las personas en la farmacia. A veces tocan de madrugada y piden algo para el dolor, los cólicos, la diarrea o el vómito. Durante el Covid llegó mucha gente pidiendo remedios para la fiebre. En esa época de crisis sanitaria fue cuando la gente más creyó en la medicina ancestral en Cantamayec.
El jardín, la vida de Asunción
Los jardines botánicos organizados y con enfoque agroecológico existen desde el siglo XII y el ensayo científico Jardines medicinales de Yucatán: una alternativa para la conservación de la flora medicinal de los mayas pone como ejemplo los jardines de Nezahualcóyotl y Moctezuma.
En Yucatán existen jardines medicinales en Acanceh, Yaxcabá, Tibolón y el de la familia Cetina en Cantamayec. Estas farmacias de plantas son de hierbas, árboles y arbustos y se utilizan para tratar hasta 301 padecimientos. Además de estos jardines documentados, quienes conservan solares en sus traspatios suelen destinar un espacio para las plantas medicinales. Es una práctica viva.
“Es indudable que las plantas medicinales yucatecas constituyen un recurso no maderable del bosque que aún no ha sido valorado en su dimensión total. El conocimiento tradicional de los mayas acerca del uso de plantas medicinales da cuenta del profundo conocimiento, legado y un valor incalculable para la búsqueda de nuevos medicamentos que permitan atender las necesidades de salud de gran parte del pueblo mexicano, en especial, la población rural que en muchos casos no cuenta con servicios de salud elementales”, dice el ensayo científico del CICY.
Plantas para el corazón y el cuerpo-territorio
La mayor parte de las plantas medicinales de Yucatán sirven para tratar enfermedades cutáneas (26 por ciento), seguidas de enfermedades gastrointestinales (20 por ciento), respiratorias (13 por ciento), analgésicos (11 por ciento) y en quinto lugar, padecimientos de filiación cultural (9 por ciento).
Los padecimientos de filiación cultural integran los males que popularmente se conocen como: mal aire, cirro, mal de ojo, y penas de amor. Es común que para estos se utilicen sobre todo las hojas, raíces y resinas de las plantas como X-tu’ja’abin, tu’ja’ché o la cola de alacrán.
Algunos síntomas del mal viento son: dolor de cabeza, debilidad, cansancio, temblores, falta de apetito y calentura. Además del conocimiento de la flora medicinal y el cuerpo humano, un h’men sabe sobre el cuerpo-territorio y cómo los elementos se entretejen. Rosario Cetina explica que los malos vientos se relacionan con la pérdida del vínculo con el territorio:
“Las personas se están secando como las plantas y los animales. Si vas con un doctor indígena es lo primero que te va a preguntar, cómo está tu terreno o si hay alguna primicia que no has hecho. Cuando te desvinculas o pierdes una relación o una tradición, te puede dar malviento. Ahora hay mucha gente que no hace los rituales”.
En su propia lista de sueños, Rosario dice, primero de broma, que quiere un milagro en el que no hubiera sequías como la del 2024. Poniéndose seria dice que necesitaría cerrar un costado del terreno para que los pollos de las vecinas no se coman las plantas medicinales, un panel solar, una bomba de agua y un sistema de riego que le permita atender a sus plantas que sanan todo el año.
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Edición: Fernando Sierra