Miguel Ángel Cocom Mayén


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Es un muro en el que todas las marcas pueden grafitear sus anuncios

Como los equipos grandes, nos ganaron con la playera, una playera llena de marcas y patrocinios. Antes de que ruede el balón, ya nos metieron más de 10 goles en forma de comerciales a todos los incautos que seguimos la transmisión de un partido de futbol mexicano durante un domingo cualquiera. 

Pongamos como ejemplo el encuentro de hace unas semanas entre Cruz Azul y Monterrey. El cotejo acabó 1 a 0, poco movimiento en el marcador, pero el equipo de la publicidad ganó por goleada. Y lo mismo sucede en todos los partidos de nuestra Primera División.

Hace unos años Naomi Klein, en su libro No Logo. El poder de las marcas, señaló que el éxito de Nike residía en el hecho de colocar su imagen en todas partes y vender trozos de la marca como si se tratase del Muro de Berlín, hoy la Liga MX ha llevado este precepto deportivo a la inversa: el futbol mexicano es un muro en el que todas las marcas nacionales e internacionales pueden grafitear sus anuncios. Claro, previo pago de un jugoso cheque en las arcas de la federación y de los clubes.

En los minutos que preceden al silbatazo inicial ya nos bombardearon con comerciales de todos los patrocinadores oficiales y casi oficiales del balompié nacional: bancos, industrias de videojuegos, casas de apuestas, proveedores de artículos deportivos, empresas cerveceras y tiendas de ropa. Cada comercial sólo es interrumpido por una breve pausa en la que nos presentan estadísticas correspondientes al partido y uno que otro dato por parte de los comentaristas, pero son sólo chispazos, nada que nos haga olvidar que lo que estamos viendo es básicamente un comercial ininterrumpido de casi 2 horas de duración. 

En la ceremonia protocolaria del volado, las tomas se detienen en el mosaico de marcas que llena las playeras de ambos equipos y la indumentaria de los árbitros: apuestas, cervezas, gas, cadenas de supermercados, compañías de telecomunicaciones, productos lácteos, marcas de adhesivos, calzado. 

Y al comenzar la transmisión, todos los espacios disponibles enfocados por las cámaras y que aparecen a cuadro en la pantalla de la televisión o el dispositivo móvil ya están ocupados por marcas y más marcas. 

Las tribunas vacías por causa de la pandemia han sido llenadas por imágenes, logos y slogans. No queda un espacio disponible. Aquello que en urbanismo James Howard Kunstler denominó como la “geografía de ninguna parte” refiriéndose al proceso que se da en los suburbios norteamericanos cuando en la periferia se instalan los enormes malls, aquí se convierte en una especia de “geografía publicitaria de cualquier parte”, ya que los anuncios aparecen en cualquier partido, sin importar si juega un equipo de la capital, del norte del país o de la Perla Tapatía. El futbol es lo de menos, es sólo un pretexto redondo para bombardear nuestros ojos con cuanto producto o servicio sea posible.

Y este ataque visual se complemente con la narración de los comentaristas y periodistas deportivos en cuanto el esférico se pone en movimiento. La labor de relatar las jugadas ha sido sustituida por la de un merolico que tiene perfectamente establecidas sus pautas y sus marcas. Más que conocimientos del futbol, ahora se requiere a expertos en marketing y atención al cliente frente a los micrófonos. 

 Cualquier pretexto es bueno: en cuanto se da el saque inicial promueven una empresa de compra y venta de autos seminuevos, imagino que por eso de la movilidad; en el momento que el árbitro central saca una tarjeta nos anuncian una aplicación que permite recibir pagos y hacer transacciones vía bancaria; si hay un disparo con potencia al arco nos mencionan la marca de unas galletas, porque, bueno, el jugador le echó mucha galleta a su tiro. Y así transcurren, sin tregua, sin pausa, los 90 minutos.

Y en dado caso que a alguno de los futbolistas se les ocurra meter un gol, agárrense, porque se viene el clímax de la narración publicitaria: que si fue un gol con causa, que si fue un gol por la nutrición, que si fue un gol para apasionarnos, todo ello, obvio, patrocinado por diferentes consorcios que lo mismo ofrecen seguros, autopartes, telefonía, medicamentos o andamios. Todas las marcas caben en una cancha de futbol.

Quien esto escribe contabilizó casi 80 menciones o disparos publicitarios, más de uno por cada minuto de tiempo efectivo de partido. Y como aún hay espacios e intervalos por rellenar, les comparto algunas ideas que bien podrían funcionar para la siguiente temporada:

-Cada seis minutos anunciar una marca de cerveza. “El tiempo se cuenta de six en six”.

-En los tiros de esquina publicitar cámaras de vigilancia, digo, para que ninguna arista se quede sin monitorear.

-En los cambios de juego se podrían promocionar servicios de mudanza.

-Cada que haya una expulsión, se podrían difundir tarjetas virtuales de despedida.

-Cuando haya lesiones de jugadores está mandadito a hacer para promover seguro de gastos médicos menores.

En fin, la lista es infinita. La afición es lo de menos, lo importante es hacer sonar la caja registradora, aunque el balón se vea cada más difuso entre tanto anuncio. Hay quienes afirman que el futbol italiano es el más sólido en materia defensiva, están equivocados, aquí en México también está muy fuerte la marca.

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Edición: Ana Ordaz 

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