La Jornada Maya


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Quintana Roo, un estado volcánico que no sabemos si está al borde del colapso o ante una singular erupción creativa

En la mitología nórdica Ragnarök es la tormenta histórica total, es el origen y destino último, es la batalla apocalíptica y la creación, el principio y el final. Es Tulum con el mayor número absoluto de contagios en el estado y el anuncio de la llegada de nuevos cruceros a Cozumel. Es un estado en el que los principales municipios son gobernados por mujeres y, cruelmente, tierra de feminicidios cotidianos. 

Quintana Roo es eso, un estado volcánico que no sabemos si está al borde del colapso o ante una singular erupción creativa. Es Bacalar perdiendo sus colores de forma crónica y la inversión extranjera que ratifica su confianza en el futuro turístico. Es sargazo cubriendo playas de todos los tonos de verde y café, y arrecifes de belleza singular recibiendo al mayor número de buzos de la historia. Municipios donde la iniciativa privada parece pesar mucho, pero en los que la certeza legal del desarrollo tiene que llegar a la Suprema Corte ante jaloneos de los poderes fácticos. Un estado frágil en sus riquezas, en los que parece que la riqueza todo lo puede. 

Ragnarök a la orilla del mar más bello del mundo. Recibiendo vuelos repletos de pasajeros que mantendrán activa la economía y autoridades que dicen que el semáforo rojo toca a la puerta de forma inminente. El estado más joven del país, con el menor porcentaje de adultos mayores a nivel nacional en sus poblaciones, ansioso de desarrollar una identidad. 

Tierra poblada de migrantes, pero orgullosa de sus raíces mayas. Lo maya vende, se ha vuelto mercancía y marketing, pero pareciera que sólo el tejido social que dé sentido de comunidad puede salvar a la entidad del azote de la violencia. Lo maya entonces ya no es suvenir, sino esperanza. Todo al mismo tiempo. 

En Quintana Roo hasta las presidencias municipales se disputan en tiempos peculiares, algo que ocurre ya en apenas un puñado de entidades. Un año antes de la gubernatura. Entonces crecen los candidatos reales a gobernadores y gobernadoras como palmeras en un malecón. Quintana Roo no para de construir cuartos de hotel y tampoco de hacerlo todo en medio de la disputa política permanente. 

Los retos que esperan al estado, son en la misma tónica, agua y aceite, materiales imposibles de amalgamar. Crecer y crecer, construir y construir, seguir comercializando el paraíso. Sin embargo, para que el paraíso no se vaya y con él los turistas, urgen normas ambientales inteligentes, innegociables y que se cumplan. Un maridaje complicado, por decir lo menos. 

El turismo atrae todo tipo de giros y a empresas altamente rentables, la vida nocturna es obligación, pero esa vida nocturna y diversión perpetua puede ser la espada de Damocles que le caiga en la cabeza todos, si más balas perdidas encuentran a turistas y desgarran familias en los sectores populares. Destrucción creativa en un estado fértil para lo que sea, lo bueno y lo malo. 

El lugar que muchos suspiran por visitar, pero en el que vivir es duro; se gana mucho, pero la vida es cara. Las habitaciones más hermosas pueden contemplar a lo lejos las colonias irregulares sin ninguna estrella. Ni así el estado toma o considera el reposo. Todo pasa rápido, todo al mismo tiempo, como experiencia de hotel all-inclusive en el que los clientes quieren probar la saturación simultánea. Y por si algo hiciera falta, llega el tren. 

El Tren Maya es la nueva bestia mágica que se une a la batalla. Es la nueva esperanza. Desde Quintana Roo es lógico creer en ese ferrocarril. En este estado es donde Fonatur y el gobierno mexicano han realizado el más exitoso proyecto económico de planeación pública en alianza con la iniciativa privada, se llama Cancún. 

Sí, Cancún fue un proyecto gubernamental surgido de una oficina pública e hijo predilecto de un presidente de la República. El Tren Maya es hijo de esas mismas fuerzas creativas, que en tierra peninsular tienen un logro fenomenal en su haber. 

En Quintana Roo la economía se hace en una región, los que mandan han nacido tradicionalmente en otra -cruzando el mar- y al gobierno lo exilan a una esquina remota, como si ganar una elección fuera premio seguido de castigo. La capital no pesa en las dinámicas cotidianas, pero es casi la única que tiene historia en esas hermosas casas de madera. 

En Quintana Roo todo es posible, como en el inicio del big-bang, pero nadie puede soportar ese ritmo, en algún punto el caos creativo debe dar paso a órdenes que compartan la prosperidad y la hagan duradera. Estamos viendo el fin y, también, el principio. 


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Edición: Estefanía Cardeña

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