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Foto: Enrique Osorno

La historia de Francisco de Montejo es una historia de conquistas. Se fundó a principios de los noventa, cerca del anillo periférico en el norte de la ciudad de Mérida. Hace años ya había alcanzado su “tope” en su ocupación habitacional pero ha seguido creciendo hasta convertirse en el fraccionamiento más grande dentro del anillo periférico. 

En su negocio, Adriana Márquez hace una pausa de su trabajo (masajes relajantes y faciales) para preparar café. Es una mañana típica en la que recibe a su mejor amiga, Flor Jiménez, y desayunan juntas. La música de fondo es de relajación, huele a incienso de vainilla.

 

La conquista de amor

Mientras tomamos café las tres, Adriana cuenta cómo llegó a esta casa de la primera etapa de Francisco de Montejo en 1992. Ella y su esposo se conocieron en un despacho contable y se hicieron amigos de un grupo de cinco parejas: “Haz de cuenta que nos íbamos los domingos a Chichen Itzá, hasta teníamos fotos posando iguales”. 

Un día, una de ellas las invitó a su casa porque sus papás se iban de viaje. El plan era invitar a sus novios a cenar y después cada quién para su casa, pero ellos bebieron mucho y no podían manejar de regreso. De todas formas los corrieron y los novios regresaron con serenata. Lo recuerda como una noche divertida y una de esas cosas que hacen a una amistad más estrecha. 

Tres meses después, todas las parejas se casaron para tener una casa en Francisco de Montejo. 

“Era un requisito indispensable estar casados por lo civil para conseguir una casa. Uno de ellos nos convenció para conocer el nuevo fraccionamiento. Y todas fueron mis damas de honor”, dice.

Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

 

La conquista histórica

El nombre de la colonia proviene del “fundador” de Mérida (aunque ya existía la ciudad maya de T'Hó), el español Francisco de Montejo y León "el Mozo”. El patronímico perfecto para una serie de construcciones que comenzaron cerca del entonces pueblo de Chuburná. 

“Era ¿sabes cómo? Como cuando llegan los exploradores a un lugar y dicen Tierra a la vista”, dice Adriana.

Las dos amigas coinciden en que era un cambio que deseaban, pasar del sur al norte en ese tiempo se sentía como un progreso. “¡Poch ricos!” dice Flor y las dos se ríen. Las casas se vendieron tan rápido que Adriana alcanzó a casarse pero no a conseguir una.

Poco tiempo después, antes de que se terminara la construcción, entró a trabajar como secretaria a una de las constructoras encargadas del fraccionamiento. Ella no sabía que la empresa iba a construir la primera etapa de Francisco de Montejo. “Entonces dije: Hay esperanza. Le comenté a Paty (su amiga y compañera de trabajo) que yo quería una casa pero ya no había y ella me dijo: ‘Agarra la mía’”.

La suya era una casa que ahora está cerca de dos de las avenidas principales de Francisco de Montejo, donde vive con su familia y además tiene su negocio. 

 

La conquista del concreto

Francisco de Montejo parecería tenerlo todo: ópticas, tiendas, supermercados, boutiques, establecimientos de comida (locales y de grandes cadenas), gimnasios, farmacias, bares, fruterías, restaurantes, cafés, escuelas, consultorios privados, lavanderías, veterinarias, ferreterías, tiendas de pintura, papelerías, viveros, bancos, spas, y un larguísimo etcétera. 

Casi cualquier servicio está a unas cuadras pero aún así la gente se mueve en auto. Son pocas las personas en bicicleta o a pie en sus calles siempre transitadas, y es comprensible: el fraccionamiento está pensado para el consumo pero no para la convivencia.

En el artículo “La calle y la vivienda: relaciones de espacio público y vida comunitaria” de las arquitectas María Elena Torres, Gladys Arana y Yolanda Fernández, se explica que la calle es una extensión del espacio privado:

“La calle como espacio de fruición y comercio ha cedido el espacio privilegiado del habitante al vehículo, dejando a un lado la calle como lugar de expresión de identidad cultural”, escriben.

 

Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

 

Esto motiva el encierro y el aislamiento en la casa, en lugar de promover el uso comunitario de la calle, estrechar el vínculo entre lo público y lo privado para la cohesión sociocultural comunitaria. 

En los camellones hay árboles con caras tristes dibujadas como protesta por la tala y la insoportable planeación urbana que incrementa varios grados la sensación térmica en esa área. 

Para la densidad de población, las áreas verdes públicas son insuficientes. Las casas tienen poco espacio para sembrar y los hitos urbanos (espacios emblemáticos de una zona), de acuerdo con un estudio de la Fundación Parques de México, A.C., son la glorieta de la Mestiza, el Scotiabank y la UNID. 

“Antes hacíamos muchísimo ejercicio. Todos los vecinos nos encontrábamos por donde ahora están Las Palmas. Podías libremente salir a caminar o correr en la avenida, era toda tuya. Yo me iba desde temprano a caminar dos kilómetros y conforme pasaron los años era más peligroso por el tránsito, hasta que un día dije: Ya no puedo salir”, cuenta Flor.

 

Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

 

La conquista de los autos

La discusión sobre el espacio, los servicios y áreas verdes en el fraccionamiento inició casi desde su fundación. Flor se mudó en 1994 en la segunda etapa y recuerda que un par de años después hubo una controversia para ocupar el espacio del parque de Arboledas para construir. 

“Un señor, no recuerdo cómo se llamaba, era scout y se amarró a la cruz de cemento que hay en el parque, para que no talaran los árboles. Es un tema que se viene arrastrando”, dice. 

Adriana coincide porque recuerda que antes de la pandemia se topó con una protesta en el parque de Arboledas y un reportero le preguntó si estaba de acuerdo en que pusieran un hospital. Ella dijo que sí.

“Una señora me empezó a gritar. Me dijo “¡Tú no eres de este parque!”, pero soy vecina. ¿A mí qué me pasó? Cuando se enfermó mi hija de meses tuve que pedir un taxi porque no sabía manejar y en el camino se vomitó mi bebé y el taxista me bajó. A las 10 de la noche y yo sin saber qué hacer”, cuenta.

Los argumentos de los vecinos no eran sólo los árboles, pues se ha propuesto ubicar el hospital en otro lugar, tampoco quieren (o querían, porque ahora no les ha quedado de otra) escuchar las ambulancias día y noche. 

“La falta de empatía”, opina Adriana. 

Después de lo que le pasó, tuvo que aprender a manejar.

La clínica pública más cercana a Francisco de Montejo pertenece al Instituto Mexicano del Seguro Social y está en Chuburná, a unos cuatro kilómetros del fraccionamiento. Sin embargo, este IMSS se encuentra rebasado y los derechohabientes que viven en Francisco tienen que ir hasta Caucel, que está a nueve kilómetros y del otro lado del periférico.  

 

Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

 

El terreno que se consiguió en 2016 para construir la Unidad Familiar del IMSS de Francisco de Montejo ahora es un gran estacionamiento. 

El fraccionamiento más grande de Mérida tiene prácticamente cualquier giro de negocio, y de sobra; pero no tiene hospital ni suficientes áreas verdes ni espacios de convivencia vecinal. Hace una década, Noemí Loría Bote, una estudiante de arquitectura hizo una tesis de licenciatura para proponer un centro cultural en el fraccionamiento.

El que sea una zona comercial también eleva el precio de los servicios, opinan ambas. “Y si te vas más allá para las últimas etapas, es todavía más caro”. 

Adriana apunta que cuando trabajaba en la constructora del fraccionamiento, oía de cuevas que se encontraban en los terrenos de las casas y que se taparon. La vecina de enfrente le contó que una vez estaba durmiendo y el día estaba tan callado que comenzó a oír algo en el suelo, pegó la oreja y alcanzó a escuchar agua correr. 

Hubo un tiempo en que los vecinos compartían algunas cosas: ramadas, fiestas, vigilancias vecinales, pero se fue diluyendo.

“Aunque siempre ha sido un poco así de cada quien en su casa ¿verdad, Adri?”, dice Flor. 

Ellas viven a unas cuantas cuadras de distancia, la avenida del Súper Aki es lo único que divide sus casas, pero no se conocieron por la cercanía de sus hogares, sino porque, antes de casarse, sus esposos fueron vecinos en una colonia del sur y eran amigos desde niños. 

“De hecho, yo no conocía a Adriana. ¡Pero esa es otra historia!”, concluye.

 

Edición: Laura Espejo


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