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Las herramientas con las que llegamos al mundo y el arte de usarlas

Lo que cuenta es lo que hacemos con lo que sentimos
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

Cuando nacemos, llegamos al mundo con un maletín de herramientas para sobrevivir y relacionarnos con la vida. No lo elegimos, simplemente nos es dado. En él habitan emociones, impulsos y fuerzas que nos acompañarán siempre. Cada herramienta tiene dos lados: uno que puede limitarnos y otro que puede impulsarnos. No son buenas ni malas en sí mismas; todo depende del uso que hagamos de ellas.

La ambición, por ejemplo, puede desviarse y convertirse en envidia. En su lado negativo, nos vuelve pasivos: nos comparamos, resentimos lo que otros tienen y nos paralizamos. En su lado positivo, la ambición nos activa, nos impulsa a trabajar y a construir, con esfuerzo propio, aquello que deseamos alcanzar.

El miedo ocupa un lugar especial en este maletín. No es una herramienta de la que podamos desprendernos, porque es parte de nuestra supervivencia. Está profundamente ligado al miedo a la muerte. Sabemos que vamos a morir y ese saber, consciente o inconsciente, nos acompaña toda la vida. Frente a él buscamos refugio: en la religión, en estar siempre ocupados, en el sexo, en las drogas o en experiencias intensas que nos hagan sentir vivos. Pensar no siempre ayuda; muchas veces, intensifica el temor.

En su lado negativo, el miedo nos paraliza o nos empuja a huir de nosotros mismos. En su lado positivo, puede recordarnos que el tiempo es limitado y ayudarnos a vivir con mayor presencia y plenitud. El miedo no se vence: se escucha.

La ira es una de las herramientas más poderosas, cargada de energía. En su forma negativa, se desborda en conflictos y rompe vínculos con la familia, la pareja o el trabajo. Bien dirigida, en cambio, puede convertirse en motor de cambio: señala límites, injusticias y necesidades no atendidas. La ira no destruye cuando se transforma en acción consciente.

El sexo es parte fundamental de nuestro estar en el mundo. En su lado positivo, es encuentro, intimidad y comunicación. Vivido con conciencia, conecta cuerpos y personas. En su lado negativo, cuando se vuelve excesivo o compulsivo, deja de ser encuentro y se transforma en huida. Puede llevarnos a un infierno personal, social y legal. El problema no es el sexo, sino la inconsciencia.

La gula también tiene dos caras. Comer es placer y necesidad. Aprender a comer sano y sabroso es una forma de cuidado. Pero cuando comemos para llenar un vacío existencial, la comida deja de nutrir y comienza a enfermar. Ningún exceso puede llenar una carencia que no es física.

La soberbia y la humildad suelen confundirse. La humildad no es humillarse ni dejarse pisar. Es conocerse, reconocer límites y respetarlos. La soberbia extrema, en cambio, nos hace creer que lo podemos todo y termina llevándonos a golpes de realidad. La humildad verdadera no nos debilita; nos vuelve lúcidos.

La avaricia aparece cuando acumular se convierte en un fin. Nunca es suficiente y siempre hay miedo a perder. Su opuesto, la generosidad, da sentido a lo que tenemos. Compartir no empobrece: conecta y humaniza.

La pereza no es descanso. Descansar y disfrutar del ocio de forma consciente es necesario. La pereza es renunciar a usar nuestra energía de manera activa y positiva, abandonar nuestro propio potencial.

Al final, el maletín no es una condena ni un privilegio, sino una responsabilidad. No podemos elegir las herramientas, pero sí la forma de usarlas. No somos lo que sentimos, sino lo que hacemos con aquello que sentimos. En esa elección cotidiana se construye nuestra manera de estar vivos.

Lea, de la misma columna: ¿Quién habla cuando hablamos?

Edición: Fernando Sierra


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