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¿Quién habla cuando hablamos?

Hay sentido en buscar la raíz de lo que nos integra como persona
Foto: La Jornada Maya

A veces hablamos y, al cabo de un rato, nos sorprende aquello que dijimos.

La sensación es extraña y múltiple. Puede llevarnos, por ejemplo, a descubrir que repetimos una frase que decía nuestra madre: una frase que no nos gustaba, que juramos no volver a pronunciar… y sin embargo, ahí estaba, saliendo de nuestra boca. Tal vez en esos momentos hablan nuestras heridas de infancia, nuestros miedos o nuestras alegrías guardadas, que permanecen en silencio hasta que encuentran una rendija por donde asomarse en la palabra.

Otras veces habla nuestra experiencia sobre el tema que tratamos: vivencias quizás olvidadas, pero que nos han marcado. Todo aquello que hemos vivido —experiencias, dichos, aventuras, traumas, alegrías— no desaparece con el tiempo, sino que queda alojado en nosotros, latiendo bajo el lenguaje, formando parte de lo que decimos sin que siempre seamos conscientes de ello. Hablar es, muchas veces, permitir que el pasado encuentre una forma de hacerse presente.

Si venimos de una familia con costumbres profundamente arraigadas, esas huellas nos enseñan no solo a vivir, sino también a hablar. Y aunque sepamos varias lenguas, todas terminan mezclándose con ese lenguaje primero, el aprendido en casa. Los ancestros parecen revivir en nosotros: en nuestra manera de actuar, de pensar, de narrarnos. Aparecen secretos familiares guardados durante generaciones, como si la memoria no supiera callar del todo y necesitara, tarde o temprano, encontrar una voz.

En realidad, es como si no fuésemos una sola persona. Como si estuviéramos habitados por otros que hablan a través de nuestras palabras. No somos una identidad cerrada, sino una constelación de voces que se superponen. A veces incluso nos sorprendemos diciendo aquello que estábamos dispuestos a callar: ya sea por tratarse de algo familiarmente prohibido o de nuestros propios secretos. Pero quizá no existan tales secretos, porque todo lo que ha sido vivido insiste en ser dicho de alguna manera.

Entonces la pregunta vuelve, más profunda: ¿quién habla cuando hablamos?

Tal vez esa pregunta aparece con más fuerza cuando la vida nos concede tiempo y espacio para estar con nosotros mismos en silencio. En esos momentos los pensamientos, que suelen correr entre obligaciones y ruidos, comienzan a aquietarse. Podemos entonces mirar nuestra historia con mayor claridad, como si se desplegara ante nosotros sin prisa. Y es ahí cuando comprendemos que las palabras empiezan a sobrar, porque nunca alcanzan para decir todo aquello que nos conforma.

Descubrimos que no somos una sola voz, sino una red de personajes que habitan en nuestro interior. Algunos reclaman ser recordados, otros desean tener palabra, otros simplemente observan desde el fondo. Son desconocidos y, al mismo tiempo, profundamente conocidos. Son parte de nosotros, aunque a veces no sepamos reconocerlos.

Las palabras que brotan al hablar casi nunca nacen de un solo lugar. Están atravesadas por esos seres que nos habitan: por nuestras versiones pasadas, por nuestras heridas, por nuestras ilusiones, por las voces que heredamos. Son nuestra herencia como humanos, no solo como familia. En cada frase resuenan historias que no empezaron con nosotros, pero que continúan viviendo en nosotros.

Y así, cuando el silencio nos alcanza y nos permite escucharnos de verdad, comprendemos algo esencial: las palabras no nos pertenecen del todo. Son el resultado de muchas vidas entrelazadas, de muchas historias que continúan respirando en nosotros.

Reconocer todo esto exige una forma de humildad: aceptar que conocernos profundamente no es una tarea que se resuelva de una vez y para siempre. Implica admitir que no estamos solos ni siquiera dentro de nosotros mismos, que nuestro yo no es una pieza aislada, sino un entramado de ideas, experiencias y recuerdos. No solo de aquellos que hemos vivido conscientemente, sino también de algo más amplio y difícil de nombrar: una memoria que nos precede, una herencia invisible que sigue pensando y sintiendo a través de nosotros.



Edición: Fernando Sierra


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