Opinión
José Juan Cervera
21/01/2026 | Mérida, Yucatán
La profesionalización de las investigaciones históricas –y en general de las ciencias sociales– en Yucatán, alrededor del último tercio del siglo anterior ha favorecido acercamientos críticos al pasado, junto con el desarrollo de una comunidad que se ocupa de esta temática y que, además de desenvolverse en medios académicos, contribuye a divulgar asuntos de su interés. Quienes conforman estos círculos (que se ensanchan con aportes foráneos) reciben los trabajos de sus colegas para compenetrarse de su contenido enlazándolo con sus propios conocimientos y apreciaciones. En estos términos, el libro más reciente de Raúl J. Casares G. Cantón: El tren de la pacificación (Mérida, Libro de Piedra, 2025) ha tenido una buena acogida, efecto que refleja su mérito en ese orden.
El autor, formado en el campo disciplinario de las ciencias políticas y de la administración pública, ha incursionado con fortuna en la pesquisa cuidadosa de sucesos históricos; es miembro de la Asociación de Cronistas e Historiadores de Yucatán y de un grupo de estudios de historia regional. Ha publicado Rodulfo G. Cantón. Sonata de una vida (2019) y Los Casares, retrato de familia (2022). Su tercera obra pone de manifiesto, una vez más, cómo su propósito de desentrañar antecedentes familiares lo sitúa en camino de discernir episodios significativos del Yucatán de antaño, íntimamente ligados con acontecimientos actuales pese al sentido cambiante de los valores y de las interpretaciones de vida que predominan en cada época.
El tren de la pacificación expone las vicisitudes de un proyecto de gran calado que Rodulfo G. Cantón, tatarabuelo del autor, impulsó junto con otros inversionistas. La magnitud de la empresa superó los elementos a su alcance para ponerlo en marcha, por tratarse de tender una vía ferroviaria en la costa oriental de Yucatán, en lo que hoy es el vecino estado de Quintana Roo, entre fines del siglo XIX y principios del XX. El reto formidable que esa iniciativa implicó cobra mayor relevancia desde el punto de vista de las autoridades de ese tiempo que la consideraron un medio que contribuiría a someter de manera definitiva a los mayas insurrectos de la llamada Guerra de Castas, contienda que con diversos grados de intensidad se había prolongado durante varias décadas; esta perspectiva coincidió con uno de los argumentos que los promotores de la línea de ferrocarril formularon en su solicitud de la concesión correspondiente, a más de aprovechar los recursos naturales de esa extensa franja selvática, que el visionario G. Cantón tildó de zona mortífera e infernal cuando ya no fue posible penetrar en ella con la relativa facilidad que en un primer momento le dictó su entusiasmo.
Para dar sustento a su obra, Casares G. Cantón describe el contexto del auge ferroviario que se vivió durante el régimen de Porfirio Díaz, el establecimiento de las compañías de ese ramo en Yucatán, sus impulsores y propietarios y las rutas que cubrían, así como la legislación federal que reguló sus actividades, en gran medida obra del poderoso ministro de Hacienda José Yves Limantour, cuyo nombre, junto con el de otras connotadas figuras, aparece como referencia indispensable a lo largo del texto. Es el caso, entre otros, de Joaquín D. Casasús, Olegario Molina, Francisco Cantón Rosado, Manuel Sierra Méndez, Santiago Méndez Echazarreta y, por supuesto, los hermanos G. Cantón, quienes concurrieron con ánimo desbordado en este proceso innovador lleno de dificultades.
El núcleo del libro subyace en el capítulo que documenta las gestiones para constituir la Compañía de los Ferrocarriles Sud Orientales e imprimirle efectividad en la medida de las funciones para las que fue creada, los inconvenientes que acarreó y los juegos de poder en los que se vio envuelta como, por ejemplo, los obstáculos que el entonces gobernador Francisco Cantón impuso con tal de descarrilar los esfuerzos de quienes juzgó sus competidores cercanos en el negocio de las comunicaciones terrestres; sus apetitos empresariales apuntan a un conflicto de intereses que ostentó sin recato al amparo de sus conexiones políticas con personajes de alto rango que, en general, fueron pieza clave para el éxito industrial y financiero de esos años, por mediar en el terreno complejo de la voluntad presidencial.
El tejido fino del libro enmarca pasajes que estimulan la curiosidad lectora, el análisis de los acontecimientos que trata y el juicio ponderado en torno a los nexos que obran entre ellos, a más de enfocar aspectos llamativos que de otro modo hubiesen quedado ensombrecidos entre impresos quebradizos y expedientes viejos, como el hecho de que Porfirio Díaz Ortega, hijo del mandatario oaxaqueño, tuvo a su cargo las tareas de deslinde de terrenos baldíos por donde habría de pasar la línea del tren, o que el terrateniente Manuel Sierra Méndez llegó a proponer la creación del territorio de Quintana Roo como una medida de carácter temporal, y que sugirió realizar un plebiscito para legitimarlo ante la ciudadanía, idea que no prosperó por traer consigo la necesidad de hacer reformas constitucionales, de acuerdo con el argumento aducido para descartarla.
Esta obra se acompaña de un prologo de la doctora Leonor Reyes Pavón, estudiosa de la infraestructura ferroviaria en suelo yucateco; además cuenta con un eficaz despliegue metodológico apoyado en numerosas fuentes de diversos acervos, tanto de instituciones públicas como del archivo familiar del autor quien, no obstante, inserta la siguiente advertencia: “Hay aspectos en los que no fue posible profundizar porque lamentablemente no existe documentación disponible, como es el caso de la información financiera de la empresa, pues los libros del consejo de la compañía no se conservaron”. Por encima de tales limitaciones que son frecuentes en el quehacer de los historiadores, el volumen congrega materiales idóneos para rastrear los valores que invocaron los concesionarios de un ferrocarril que se frustró contrariando sus aspiraciones, entre las que el progreso fue un concepto de base.
Edición: Fernando Sierra