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Las elecciones presidenciales que tuvieron lugar ayer en Chile expulsaron a los partidos tradicionales de la carrera hacia la Presidencia y la centraron en dos figuras disruptivas: el abogado ultraderechista José Antonio Kast, formado en los círculos pinochetistas, admirador de Jair Bolsonaro, propagador de noticias falsas y vinculado a operaciones de lavado de dinero en Panamá; y el ex dirigente estudiantil Gabriel Boric, uno de los líderes de las movilizaciones populares de 2011. Con 90 por ciento de los votos ya computados, el primero obtuvo 27.9 por ciento de los sufragios, mientras el segundo logró 25.67 por ciento, por lo que ambos se medirán en una segunda vuelta programada para el próximo 19 de diciembre.

Con estos comicios se confirma el fin de la era de los gobiernos de centro-izquierda y de derecha a secas que dominaron todo el periodo desde el fin de la dictadura de Augusto Pinochet, en 1990, y se presentan dos opciones situadas en polos opuestos del espectro político que colocan a la nación austral en una disyuntiva histórica: la caída en una suerte de bolsonarismo a la chilena o un programa de superación del modelo económico neoliberal que fue implantado en el país a sangre y fuego por la dictadura militar y que, pese a las alternancias, a los gobiernos formalmente de izquierda y a las intensas movilizaciones populares, no ha podido ser erradicado.

 

Lee: Kast y Boric se disputan presidencia de Chile, izquierda contra ultraderecha

 

Es, sin duda, preocupante que el extremismo reaccionario representado por Kast –caracterizado por su autoritarismo, sus expresiones misóginas, homofóbicas y xenófobas, por sus posturas económicas apegadas a los dogmas monetaristas y ultraliberales, por su clericalismo– haya logrado el respaldo de una cuarta parte del electorado, y más preocupante resulta la posibilidad de que las derechas convencionales pudieran inclinar a su favor la balanza en la segunda vuelta. Todo ello, después de que en 2019 tuvo lugar una revuelta social sin precedentes en contra del neoliberalismo, las injusticias sociales, la constitución de 1980 –dictada por Pinochet y vigente– y la clase política tradicional, que en todas sus vertientes acabó siendo mera administradora del modelo.

Al mismo tiempo, resulta esperanzadora la posibilidad de un triunfo del aspirante presidencial Boric, quien ha dicho que “si Chile fue la cuna del neoliberalismo, también será su tumba”, expresa su simpatía por las causas de género y las minorías sexuales y quien, a sus 35 años, podría convertirse en el mandatario más joven de la historia de ese país.

Así pues, la patria de Allende y Neruda vive una encrucijada entre una regresión al sórdido pasado y un avance a un futuro, sin duda, incierto y pleno de interrogantes.

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Edición: Emilio Gómez


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