Desde la 'peligrosa' heterogeneidad, invitación a la lectura de Recuerdos de mi inexistencia

¿Cómo construimos algún puente de comunicación sin abandonar nuestros principios?
Foto: Rulo Zetaka

“Si yo no soy lo que dices que soy, entonces tú no eres quien crees que eres” James Baldwin 

Leer a Rebecca Solnit siempre es un encuentro privado con ideas demoledoras. Recuerdos de mi Inexistencia (Lumen, 2021) es el tercero que leo de esta autora, y el séptimo que llegó a mis estantes causándome impresiones igual de demoledoras. Estar en paz con algún tema o creer que lo he reflexionado suficiente es como un cuerpo lánguido en hamaca, sin embargo, sus textos tienen la capacidad de hacer mirar en detalles que obligan a transformar toda la mirada. Este libro nos invita a mirar el fluir de su mano sobre el papel contándonos por dónde caminó cuando escribía algunas de sus obras.

Para involucrarnos un poco más vamos a hacer un ejercicio de imaginación. Vamos a suponer estar en el lugar que en una mañana de abril le podría parecer más placentero, son como las once de la mañana y usted está en ese mes que en el territorio mexicano suele hacer mucho calor, si habita un lugar cercano a al mar seguro se podría imaginar estando en una palapa. Para quienes habitamos la península ese espacio de relajación es lo más frecuente, con nuestro cuerpo recostado en la hamaca, los lentes de sol, ropa ligera y alguna bebida refrescante al alcance de nuestra mano. Esta mañana se encuentra en soledad escuchando a la caracola gigante que hace un ruido rítmico con sus olas, respira apaciblemente y observa el horizonte.

Después de algunas decenas de minutos en relajación, su cuerpo se siente más ligero y su mirada más aguda. Esto le permite darse cuenta de que la vista hermosa e infinita frente a usted tiene un detalle, algo que atrae su mirada, tal vez un cristal roto sobre la arena, una bolsa de frituras revolcada por el mar o una jaula rota desparramada por ahí. Este detalle le confunde, de esa confusión que atrae y no puede dejar de ver cómo esto empaña la gran mirada y acerca con peculiar interés algo que sacude la tranquilidad.

El texto de Rebecca Solnit parece estar jugando chácara como decimos en Yucatán, rayuela o avión como suele decirse en otros lugares del país. Deambula alrededor de un tema y lo deja ahí, en pausa, como la narración de la mirada en la playa, y muchas páginas después lo retoma de una manera que aparentaría ser completamente distinta. Para invitar o incitar a la lectura quisiera que miráramos dos de estos temas. 

El primero es el cristal enterrado en la arena, la autora se cuestiona profundamente en cómo muchas personas tienen una fascinación por la homogeneidad, tanto que hasta juzgan que coexistir con lo diferente las pone en peligro. Nos cuenta que suele dedicarle tiempo a pensar en estas personas a las que ella incomoda y nos deja pensando con ella sobre estas personas y cómo relacionarnos. Esto inevitablemente me trajo un recuerdo de una amiga muy querida que habita al norte de la frontera quien resultó ser vecina de republicanos siendo ella demócrata partidaria de Obama. En una brecha rural andaba dentro del jeep de un fervoroso norteamericano que gustaba de cazar y quería mostrarle el territorio que compartían. Mas tarde se encontraría cenando y buscando cómo relacionarse con ellos mientras una bandera gigante colgaba en la pared y mi amiga se reconocía, a sí misma, tan diferente a su vecino.

¿Por qué es relevante dedicarle tiempo a pensar en el vecino con quien no compartimos nada?, ¿cómo construimos algún puente de comunicación sin abandonar nuestros principios? Y sobre todo, ¿cómo le hacemos para no presentarnos como ese peligro inminente para el otro? Tratando de responder a esto Rebecca Solnit aborda otro espinoso tema, a ella le interesa sobremanera la audibilidad, la capacidad de que las voces se escuchen. Cuestiona como lo haría Chimamanda sobre el peligro de una historia única y el invisibilizado rol de las mujeres en la sociedad apuntando hacia un cambio en la noción de control de las narrativas, el significado, la verdad y de las historias que son importantes de contar.

Leer Recuerdos de mi inexistencia para mí ha sido cuestionar si esa jaula tirada en la arena no era mas bien una armadura, el enclaustramiento de la razón de ser de la humanidad en modelos que homogenizan y dejan fuera a quienes no embonan con lo que se espera de ellxs sin dejar de pensar que podríamos cualquier día sentarnos a comer con quienes habitan aún la jaula. También ha sido cuestionar si construyo espacios suficientes, en la playa o cerca del fuego, para sentir el abrazo que permite tener nuevas miradas de la realidad. 

Entonces… ¿Nos permitiremos hacer nuevas fogatas en la playa que nos permitan cuestionarnos amorosamente? 

@RuloZetaka

 

Lee, de este mismo autor: El museo de la resistencia. Invitación de la lectura de 'Retratos de la violencia'

 

Edición: Ana Ordaz


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