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El resiliente caudal. ¿Cómo queremos habitarlo?

Y si jamas puedes volver a remojar los pies en el cenote de tu infancia, ¿qué harías?
Foto: Raúl Angulo Hernández

“Quiero pensar que restaurar y sanar será posible porque lo es, imaginar otra forma de vivirnos en los cuerpos, desde el propio y desde aquel cuerpo que en su inconmensurable tiempo geológico nos aloja”. Mónica Nepote

Un martes por la mañana me levanté y la primera noticia que leí fue que el agua dadora de vida estaba contaminada. El cenote de Xcalah, de Dzibilchaltún estaba clausurado por no ser apto para que las personas se sumerjan y como que se me fue el aire y me costó respirar ante la sorpresa increíble, inocente, infantil… algo parecía desvanecerse en la espesura de la memoria.

Cuando habitas la infancia las cosas parecen tener otra proporcionalidad, lo infinitamente pequeño es maravillosamente amplio y a veces los grandes problemas de la adultez tienen soluciones llanas. Mi infancia de los noventa del siglo XX en Mérida, Yucatán, se enraíza en un recuerdo del sitio arqueológico, aunque fui desde muy pequeño a Chichén Itzá, y de vez en cuando visitaba Uxmal, el viaje anual de la primaria a Dzibilchaltún concibe una conexión con mi más añeja memoria que se entrelaza con el amor por la historia.

Mis pequeños pies se posicionaban sobre la superficie traslúcida del museo y pensaba lo interesante del descubrimiento y de poder observar como ahí debajo yacían las memorias genealógicas de otras personas, alguien en algún momento con sus manos había hecho esa vasija o aquel artilugio de metal que venía de muy lejos. La temperatura y la humedad aún se cuelan por mi piel ante el recuerdo y me ponen en esa sensación que imita al clima de una gruta. Cuando salía por el camino que llevaba al centro del sitio, la Casa de las Siete Muñecas me hacía sentir un explorador que daba grandes zancadas para observar, por primera vez, cómo durante un tiempo que no podemos saber con precisión, un grupo de seres humanos hizo un esfuerzo sobrehumano para alinearse con el mundo con lo que ahora llamamos solsticios y equinoccios.

Subir al templo, el temor de los escalones y asomarme por el borde hacia la espesura de la selva baja se refleja en mis retinas al cerrar mis ojos mientras escribo esto, pareciera que lo hice ayer. Y al bajar, mis pupilas fotosensibles sufren con ese largo camino, que me parecía infinito ante la distancia de mi cuerpo infantil, hasta el cenote Xlacah. Con algunas pausas para leer los grandes letreros instalados en el piso, que narran la historia del sitio, reventaba a borbotones mi emoción de exploración, ahora bajaríamos ese sinuoso camino que ahora podría parecerme un par de piedras hacia el cenote pero que en mi mente infantil se sentía como lo mas cercano a hacer rapel. Evidentemente ni en la infancia me pudieron haber etiquetado de intrépido.

Ya al nivel del cenote me veo remojándome hasta la altura de las rodillas. Me enseñaron muy bien que los cenotes inspiran más respeto que entretenimiento, nunca se interpretan como una gran piscina sino como una garganta que no sabes hasta donde te podría llevar para devorarte, lo que en la superficie parecería la orilla que acaricia, alejarte e inundarte podría significar una fatalidad, así que siempre los tobillos, algunas veces las rodillas y sólo en una ocasión hasta la cadera sumergía en esas visitas.

Ante las noticias que me abruman me atrevo a hacer una apuesta que parafrasea el título de uno de los trabajos mas reconocidos de Chimamanda Ngozi, pero en este caso en forma de pregunta ¿no todos deberíamos ser ecologistas? ¿no tenemos todas un recuerdo con un árbol, un ser vivo, un espacio natural o un cenote que nos sea profundamente valioso? Y si un día cualquiera se vuelve inaccesible ¿qué haremos? Y si un martes te levantas pensando que jamás volverás a poder remojar los pies de nuevo en el cenote de tu infancia ¿Qué harías?

Nuestros recuerdos más preciados de una u otra manera están enraizados con la inmensa propagación del verde, tanto como con la fuerza vital de la tierra y también con el resiliente caudal del agua. Ya sea que la busquemos debajo del sedimento del tiempo en nuestros recuerdos o en cada vez que nos llevamos la comida a la boca, la presencia infinita que nos aloja nos señala que tenemos una responsabilidad con ella, como esa pequeña parte en medio de la diversidad que se ha salido de control entonces ¿por qué no ser ecologistas? ¿cómo le va a hacer esta ciudad para no envenenar toda su agua? Y más profundamente ¿por qué no hemos emprendido acciones a todos los niveles de colectividad para restaurar el profundo daño que hemos hecho?

@RuloZetaka

 

Nota relacionada: Cenote de Dzibilchaltún seguirá cerrado; contaminación de fraccionamientos, la causa

 

Edición: Astrid Sánchez


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