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Mutatis mutandis

Claudianas
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

El pasado primero de octubre se cumplieron 10 años de la toma de posesión de Rolando Zapata Bello como gobernador del estado de Yucatán. Vale la pena significar esa fecha de nuestra historia reciente, sobre todo por la trayectoria económica y social que hoy sigue nuestra entidad.

En buena parte, la de Rolando Zapata fue la primera gubernatura de nuestro joven siglo que se avocó con seriedad a construir un modelo de desarrollo coherente y echarlo a andar de forma incipiente. El gobierno de Patricio Patrón Laviada fue el que abrió el siglo XXI, fue la gestión de la transición democrática, el suyo fue el mandato que puso al estado en el campo de la democracia y la alternancia después del autoritarismo y caciquismo priísta que en Yucatán tuvo tintes y alcances más profundos que en buena parte del país; ese fue su legado, antes que imprimir un nuevo rumbo para Yucatán.

La de Ivonne Ortega Pacheco fue, por su parte, una gestión de transición en todos los sentidos, una que aprovechó la nueva competitividad y pluralidad electoral del estado para romper grupos de poder, arreglos de élites, traer nuevos actores a escena y -claro- sembró también la semilla de lo que después sería el modelo contemporáneo de seguridad y política social en el estado. Fue un mandato que marcó el fin de una era y dejó el terreno listo para el comienzo de otra, sin llegar a concretar el nuevo tiempo. 

Rolando Zapata, en cambio, supo ganar la gubernatura a pulso, cuando obviamente él no era el candidato más cercano al poder y pudo concentrarse -después de la transición democrática y de élites que le antecedieron- a construir nuevos pilares para el crecimiento económico, la seguridad y la paz social. Bajo su gestión, la idea de Yucatán como un polo de industria ligera y servicios logísticos -una quimera por varias generaciones- empezó a tomar forma concreta y la estrategia de atracción de inversión empresarial de envergadura mediana y grande adquirió coherencia. Es interesante darnos cuenta de que probablemente quien tenía la trayectoria más política-política y menos gerencial de los gobernantes recientes, concentró sus esfuerzos en la construcción de un rumbo en el área económica.

La herencia de Rolando Zapata no es política y su sucesión lo demostró. La ruta en la que él puso al estado después de seis años -en el 2018- exigió un liderazgo para la nueva etapa yucateca que fuera dinámico, incluyente, creativo, renovador, de alta gerencia y que -especialmente- diera certeza a la ciudadanía de que habría capacidad para aprovechar la coyuntura de prosperidad posible. Ese espacio y rol fue ganado con justicia por Mauricio Vila.

A la distancia de 10 años, el estudiante que cursó sus cursos gracias a becas, que vivió en la modesta colonia Felipe Carrillo Puerto y que tuvo en la operación y el trabajo político puro el eje de su formación, creció en la política local sin rencores, haciendo cotidiana la idea de la política como “el arte de lo posible” y, una vez que llegó al poder, se concentró – en una alegre ironía histórica- en la gerencia pública, en la eficiencia administrativa y en indicadores de su gestión. 

El gran legado político de Rolando Zapata fue desplazar a la política como el factor decisivo en la búsqueda del poder, para dar paso a la capacidad de dar resultados como la vara con la cual medir a los presentes y futuros gobernantes. A partir de su gestión, Yucatán empezó a poner los logros reales cada vez más al centro de la gestión pública, algo que con el gobierno en curso ha tomado nuevo peso y transformadora relevancia. Sólo un político-político como Rolando Zapata podía tener la legitimidad para poner a la política en segundo plano y el desarrollo económico y social en primero. Habrá que ver si esa lógica positiva y de calidad democrática sobrevive, en el 2024, el embate de quienes apostarán por revivir al clientelismo y el apadrinamiento político como las primitivas formas de ganar y retener el poder. 

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Edición: Ana Ordaz


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