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Notas sin pentagramas

En Dzilam de Bravo, la noche se desveló con la trova de Juan Acereto
Foto: La Jornada Maya

Corría el año 1986, estaba en Mérida y había quedado con mis amigos los Vega de ir a visitarlos y así fue: con la dirección en mano llegué hasta la casa de sus padres donde ellos habitaban aún, atravesé la reja y en el umbral estaba un señor con portafolio en mano tocando a la puerta, volteó al sentir mi presencia y sin más me dijo – ¿tú eres Buenfil? – y le dije – ¿tú eres Juan?- Y sí, él era Juan Acereto y yo era Jorge Buenfil; así nos conocimos físicamente, aunque ya sabíamos por la información proporcionada por nuestros hermanos, los Vega, quién era quién. 

Hablamos como si fuéramos amigos de toda la vida y al salir nuestros compañeros a recibirnos, se armó el encuentro esperado, por lo menos por mí, de convivir con uno de los iconos de la trova yucateca. Sin más preámbulos, vino la oferta, - vámonos a Dzilám (de Bravo) – dijo Juan, y nos  fuimos. 

De algún lugar salieron vehículos y guitarras y en un santiamén estábamos en el puerto que vio nacer a Juanito, ese pescador de estrellas, de caracolas marinas, de sueños con olor a mar, de versos embrujados de arena, de alondras cantoras, de palmas murmurantes… y la noche se desveló con nosotros, embrujada por las cadencias sonoras de una guitarra atrevida que se regodeaba con el palpitar único y singular de unas manos que la hacían sonar con chasquidos novedosos y rebeldes. 

Los bambucos, las claves, los pasillos, los boleros sonaban a él, a un estilo propio, que a pesar de haber convivido con gente como Pastor, Chispas Padrón, Chucho Herrera y otros grandes de la trova tradicional, se desprendió y voló con alas propias para hacer y surcar su propio cielo. Nunca olvidó, eso sí, las esencias de la identidad que significan, que dignifican a nuestra trova, eran parte de su equipaje en esa herencia sonora y poética que cargaba con orgullo, pero su tiempo era otro y rompía los esquemas establecidos para acercarse más a ese hoy que estaba viviendo y truncaba las formas decretadas, pero en su canto estaba engarzada la maravillosa maraña de la fragancia de nuestra trova. Y así, la noche se deslumbró con el sol de la mañana y siguió, era imposible terminar. 

La trova de Juan es una noche eterna, porque no se durmió en el encanto de lo establecido, propuso, se atrevió, modificó y dio un paso adelante para que nuestra tradición no muera, para que la canción avance y no se adormile en el pasado. 

 

Museo de la Canción Yucateca

 

Gracias Juan, seguimos cantando tus canciones, desde aquella noche larga que no dejaste amanecer.

[email protected]

 

Lee, del mismo autor: Cecilio Perera: ​​hombre y guitarra en un sólo ser

 

Edición: Laura Espejo


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