El derecho al placer

Se conquista a través del autoconocimiento, centrarse en el contacto de los órganos de los sentidos
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

Jaquelyn Rosado Puerto

 

Cuando hablamos de placer lo primero que pensamos es en lo que nos produce bienestar y por lo regular, lo relacionamos con el sexo. Morder una jugosa fruta cuando se tiene sed, sumergirse en el mar con el cuerpo caluroso, aspirar el agradable aroma de un perfume al entrar a un lugar, sorber de nuestra primera taza de café en una fría mañana. Esas simples cosas producen gran placer si se es consciente de vivirlas con todos nuestros sentidos. Y sí, también se relaciona con el erotismo: el olor de nuestro ser amado, la sensación de plenitud después de un orgasmo, sentir los primeros rayos de sol que atraviesan una ventana testigo de una noche de pasión. Es algo a lo que mujeres y hombres tenemos derecho, porque venimos a gozar la vida y hasta el sufrirla es parte del placer, recordando la calma que se siente después de llorar. 

El derecho al placer es algo que se construye, se conquista a través del autoconocimiento, centrarse en el contacto de los órganos de los sentidos con el mundo exterior. Comer, beber, amar, disfrutar de los aromas, las texturas, los sonidos, las imágenes, para reivindicar nuestro derecho al placer es, en un mundo atisbado de prisas y expectativas, revolucionario. Los tabúes, el miedo al qué dirán son obstáculos para el desarrollo del derecho al placer. Liberarnos de todo ello conlleva a aprender a amarnos primero a nosotras mismas y a defender este precioso medio de disfrutar la vida.

En el caso de nosotras las mujeres, los estereotipos y roles de género con los que crecemos  son incrustados en nuestras creencias y pensamientos a través de palabras, acciones de rechazo hacia la libertad sexual, reprendimientos y escarnio público hacia quienes se atreven a gozar sin prejuicios, los cuales reprimen nuestro deseo de sentir placer. El amor romántico es uno de esos obstáculos, ya que se centra en las expectativas y acciones del otro, en vivir en un cuento de hadas donde nuestro placer se supedita al deseo de la pareja. A su vez, los hombres crecen con el ideal de placer sexual que de la pornografía, que muestra relaciones ligadas a la exageración, la perfección, la sumisión y la dominación, centrándose en el coito como fuente exclusiva de placer. Ambos modelos, el romántico y el pornográfico, según la sexóloga española Marina Castro, pertenecen a una irrealidad que nos hace apreciar al hombre como insensible ante las emociones propias y de la pareja; y a la mujer como un ser complaciente y pasivo que busca la satisfacción de su pareja para asegurar la permanencia de la relación. Nada más perpetuante de esos estereotipos con los que hemos crecido y nos han impedido conocer y gozar de nuestro cuerpo a través de los sentidos, por donde comprendemos el mundo y sus sensaciones, y donde el erotismo queda fuera del alcance de una relación dictada por la cultura y las “buenas costumbres”. Es especialmente en las sociedades conservadoras regidas por la religiosidad y las reglas morales donde las mujeres tenemos desventaja, condenadas por una antropología judeo cristiana que nos relega a los cuidados y a vivir en sacrificio por y para los demás; reprimiendo esa naturaleza de mostrar deseo y expresar nuestro placer, la cual todas y todos tenemos como seres humanos. Liberarse de esas cadenas y no ser parte de las voces críticas es gratificante y edifica el cambio hacia una vida más plena.

La Plataforma de Acción de los derechos sexuales y reproductivos señala que los derechos humanos de la mujer incluyen el derecho a tener control sobre las cuestiones relativas a su sexualidad, incluida su salud sexual y reproductiva, decidir libremente sobre ello, sin verse sujeta a coerción, discriminación ni violencia. No fue sino hasta 1994 en El Cairo, Egipto, en la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo, auspiciada por las Naciones Unidas, donde fueron conceptualizados los derechos reproductivos en su Programa de Acción. Uno de estos derechos es el derecho al placer sexual, incluyendo el autoerotismo, que es fuente de bienestar físico, psicológico, intelectual y espiritual.

El 26 de agosto de 1999, en el 14º Congreso Mundial de Sexología, Hong Kong, República Popular China, se reconoció a la sexualidad como una parte integral de la personalidad de todo ser humano. Su desarrollo pleno depende de la satisfacción de sus necesidades básicas como el deseo de contacto, intimidad, expresión emocional, placer, ternura y amor. La sexualidad se construye a través de la interacción entre el individuo y las estructuras sociales. El desarrollo pleno de la sexualidad es esencial para el bienestar individual, interpersonal y social. Está comprobado que quienes gozan del placer a plenitud mantienen un estado de ánimo más optimista, se elevan las endorfinas y serotonina, encontramos mayor satisfacción en las cosas cotidianas y, por consecuencia, vivimos más felices. ¿Porqué negarnos a ello? 

El placer es un derecho, no pidamos permiso, tomémoslo. 

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Edición: Laura Espejo


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