El violín que le dio una oportunidad a una estirpe que fue condenada a no quedarse en lugar alguno

Los soldados turcos, con el dedo en el gatillo, dejan pasar a los músicos
Foto: Pablo Cicero

Son tantos, tantos los cuerpos, tantos, que formaron un dique que cambió el curso del Eufrates; el agua se abre camino entre la muerte, entre los muertos. El primer exterminio de una nación —frío y sistemático— acaba de comenzar; bestias que asesinan con el mismo escrúpulo con el que hacen sus cuentas los contadores.

Es probable que Krikor Malikian nunca antes haya tenido un violín en sus manos, hasta hoy. Tiene quince años, y toda su familia, toda —abuelos, tíos, padres, hermanos…— ha sido masacrada por los turcos; son unas de las primeras víctimas del genocidio del pueblo armenio. En total, serán asesinadas un millón y medio de personas. Cuando Krikor acaricia por primera vez el violín, que llegó a sus manos sin saber cómo, aún eran dos millones de armenios en el mundo; ese holocausto, perpetrado en la primera y segunda década del siglo pasado, es el inicio del peregrinar de una familia; la saga de una estirpe condenada a vagar. 

Krikor no sabe qué hacer con el violín; tensa las cuerdas y de ellas salen acordes agudos, que asustan a los gatos; las tensa de nuevo, y ahora sonidos graves atraen a las palomas. Es magia, concluye. De repente, ve a un grupo de músicos, que planea su escape. El instrumento musical le sirve de salvoconducto: el chico se hace pasar como violinista de una banda que se va de gira a Siria. Los soldados turcos, con el dedo en el gatillo, dejan pasar a los músicos, husmeando en los retenes el olor del miedo de quienes ya han sentenciaron como quintacolumnistas armenios. Krikor logra huir y con ello salvarse; gracias a ese violín su apellido no desaparece: libra la extinción. 

En Siria, el joven encuentra trabajo, se casa, tiene hijos, entre ellos Jirair. El pequeño, desde que tiene uso de razón, queda fascinado por ese extraño objeto de madera que su padre conserva; es el cordón umbilical que lo une a su pasado, a las calzadas que su padre corría descalzo y de las que hoy brotan plantas con florecitas rojas, rojas como la sangre con las que fueron regadas. Jirair crece en esa Siria en la que también los armenios son los otros, y se aferra al encanto del violín; de tanto verlo y acariciarlo, lo disecciona y logra descifrar su alma: se convierte en luthier, especializado, claro, en violines.

Decir extranjero y escupir; ver al vecino como intruso: no reflejarse nunca en su mirada. Religiones como murallas, invernaderos de odio que esparcen las esporas del nacionalismo. Ahí, en esos archipiélagos de insomnio, los Malikian mascan en el duermevela la certeza que no son bienvenidos. Apátridas, desterrados al silencio y al desdén. 

Jirair se casa con Lucine, y un cosquilleo en los pies, un relámpago en la columna, los obliga a abandonar Siria, con destino a Líbano; una segunda generación empujada al abismo de la incertidumbre, la risa macabra del exilio. Bajo los cedros, en 1968, nace el hijo de ambos, Ara. Con él, el violín deja de ser un disfraz o el pan de cada día: Ara no sabe aún las tablas de multiplicar y ya Paganini le roba horas de sueño. Ahora el instrumento se convierte en un búnker, ya que afuera comienza a caer una lluvia de bombas. Ara llora, con los dedos cuajados de ampollas; su violín igual llora tristes elegías de compositores muertos. Cuando el cielo se despeja y las sirenas callan, el pequeño prodigio ofrece un concierto ante un auditorio de personas con los tímpanos reventados por los gritos de los proyectiles; muchos tienen que poner sus palmas en el suelo para sentir las vibraciones que doma el pequeño armenio. Y así, sólo así, lo escuchan.

Armados hasta los dientes, cada facción se parapeta detrás de un credo; ese dios bíblico al que tanto juran, en vano, sacerdotes, imanes y rabinos, que avivan así los rescoldos de un odio ancestral. Rebaños pastoreados por lobos en una Galilea envuelta, otra vez, en llamas. Puertas marcadas con la sangre de corderos, guetos y barricadas en la que vecinos masacran vecinos. 

 

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Ara tiene hora quince años, los mismos que tenía su abuelo Krikor cuando un violín le salvó la vida. La historia se repite, con la diferencia que el nieto sí sabe tocar; no sólo espanta gatos y atrae palomas: provoca pequeños incendios en las personas. Vivir en Líbano no es vivir. Eso lo saben miles de personas, que protagonizan una diáspora azuzada por el miedo. Ara recibe una beca para estudiar en Berlín, y sus padres lo empujan a aceptarla. Las opciones son pocas: emigrar o jugar a la ruleta rusa. Elige irse, con nada más que su violín, como su abuelo; recuerdos que se transmiten como si fueran el color de la piel o la tonalidad de los ojos. En Alemania, Ara no conoce a nadie, y su única forma de comunicarse con los demás es haciendo hablar al violín: tabla de salvación, herramienta de trabajo, intérprete. El nieto del sobreviviente de la furia turca estudia en Berlín y Londres; gana premios en Pamplona, Génova y Nueva York; se presenta, con llenos totales, en las mejores salas de concierto del mundo en más de cuarenta países en los cinco continentes y graba 29 discos… Es ese hombre bajito, puro nervio, tenso como las cuerdas de su violín, le acaba de regalar a la ciudad, nuestra ciudad, en su aniversario, Rapsodia meridana

Cairo es el bisnieto de Krikor. Sangre nómada le corre por las venas, y como su padre, sabe que su único país es su cuerpo. Como a los Malikian, el violín los define. Su padre ha compuesto milongas, valses y arrullos para él, tan pequeño aún y con mundo aun para recorrer. Vagar ya no es una condena, es una bendición; la obligación se torna en elección. Esta estirpe, condenada a cien años de soledad, tiene una segunda oportunidad sobre la tierra gracias a un instrumento de cuerdas.

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Edición: Estefanía Cardeña


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