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Cutusa en modo postpandemia

Qui potest capere, capiat
Foto: Juan Manuel Valdivia

Sin duda, uno de los grandes ciclos de la vida es el karma que pagan los padres cuando los hijos llegan a la adolescencia. Algo maravilloso ocurre que permite el acercamiento de las generaciones extremas: los nietos buscan a los abuelos y establecen un vínculo muy fuerte a partir de la frase “mis papás no me entienden”.

Más allá de que la generación de en medio termine más embarrada de la cuenta porque las pláticas van en el sentido de cómo eran los padres cuando fueron hijos, se da un proceso muy interesante de transmisión de la historia familiar, y los chamacos tienen ya varias versiones de la misma y no sólo su impresión. Esto implica también que empiecen a tomar algunos gustos de los abuelos, y esto para todos los ámbitos.

Así las cosas, en 2021, la escuela de mis rapaces organizó una caravana para el día del niño, cosa que agradezco que no se haya conservado en este retorno a la nueva normalidad: eran una ocasión especialmente contaminante del ambiente con todo el ruido de los claxons y los globos que se iban quedando tirados por las calles, pero en fin; el caso es que ese día en particular La Cutusa andaba insoportable y no quiso treparse a mi poderosísima camioneta hasta que le ofrecí que viniera conmigo en la cabina y El Kisín iría atrás.

Una vez instalada, empezó a revisar los discos compactos en la guantera (lo siento mucho, mi troca es estándar y premoderna) y se encontró uno de Frank Sinatra que yo había olvidado. Lo tomó y empezó a revisar la lista de canciones:

“September in the rain… ¿es la que tengo con Sarah Vaughan?”, le escuché exclamar. Lo primero que vino a mi mente fue a qué hora esta rapazuela se compró un disco y que no me lo hubiera dicho. Total, nada más estaba en una de sus listas de reproducción. Uno al que le cuesta trabajo hacer la transición al espotifai y el estrimin no imaginaba que le gustaba el jazz y menos de esa antigüedad y calibre, y resulta que también tiene por ahí una versión con Dinah Washington y además le encanta escuchar a Billie Holliday y Ella Fitzgerald.

Así, con las influencias de sus abuelos, dejó a un lado a los BTS y se ha vuelto más investigadora de la música, algo que en lo personal me resulta muy agradable en ella, que ya tiene un espectro muy amplio en sus gustos, pero eso mismo le ha traído problemas a la hora de socializar.

Ahora, ya que han vuelto a las actividades presenciales, pues volvieron también las interacciones con chamacos de su edad y por supuesto los intentos de enamoramiento naturales de la época. Claro que después del encierro todo mundo regresó con las habilidades sociales atrofiadas.

Un buen día de estos, un susodicho le preguntó a La Cutusa qué música le gustaba y hete aquí que ésta le soltó muy efusiva “la de las grandes bandas”.

El lunes siguiente, mi hija regresó furiosa de la escuela y me aventó una memoria USB de 64 gigas. “¡Tómala, a le das uso!”, alcanzó a farfullar. Resulta que el fulano se pasó todo el fin de semana descargando todo lo que encontró de La Trakalosa, Calibre 50, Banda MS, La Arrolladora Banda El Limón, El Recodo, Los Recoditos, similares y conexos, y para colmo se lo entregó con un “las reuní pensando en ti”.

Sigo creyendo que el chico tenía buenas intenciones, pero no he vuelto a saber nada de él. Se ha convertido en un fantasma y mencionarlo sólo produce en mi hija un rostro de esos que parece que la virgen le habla.

Al menos no se volvió a juntar El chacal del lavadero, un chico del vecindario que se lanzó tras sus huesitos y la andaba invitando a salir. Ese, me consta que una tarde en la que hubo reunión de chicas en casa, se asomó para decirle que andaba con una canción en la cabeza y que era porque le recordaba a ella, así que Cutusa, con el oído endulzado, le lanzó un “a ver, ¿te animas a cantarla?”.

El zorimbo se puso a gritar “Ella es callaíta”, y en ese momento quedó cancelado de la vida de mi hija. Podrá existir la brecha generacional, pero en casos así es justo y necesario que sepa que cuenta con el respaldo absoluto a sus decisiones.

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Edición: Estefanía Cardeña


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