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La plancha, el servilletero y la poesía

El asombro como herramienta para mantener viva la creatividad
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

Desde hace muchos años ha llamado mi atención el entender la naturaleza de mi oficio de poeta; cada vez, entonces, me convenzo más que escribir no es otra cosa que traducir en palabras una manera peculiar de ver el mundo y descubrir en él su sencillez y elegancia. Uno puede, por ejemplo, mirar en una plancha un utensilio doméstico, pero también la prestancia sintética de un acto de imaginación creativa.

El hombre ha sido capaz de grandes alardes tecnológicos que cada vez nos parecen más sorprendentes, pero no ha podido inventar un servilletero medianamente eficaz. La plancha, sin embargo, nació plancha por su autosuficiencia y así ha permanecido y permanecerá por los siglos de los siglos, aun cuando nadie se tome la molestia de obsequiarle una mirada, salvo el poeta que un día tiene que planchar una camisa y se sorprende ante el objeto y su diseño, mismo que bien pudiera ejemplificar los principios aristotélicos de la causalidad (al conquistar la perfección funcional, la plancha es una obra de arte, como el urinal de Marcel Duchamp).

Así, para atacar la cisa de una prenda, las curvaturas de la plancha despliegan su generosidad en medida suficiente para darnos las coordenadas del asombro, y la proa del objeto (pequeño barco con quilla de metal) capitanea el trazo de la raya del pantalón más remilgoso, sin otro límite que el de la destreza de la mano que empuña el asa del invento prodigioso (ahora entiendo por qué a ciertas formas del error se les llama “tirar plancha”).

Los servilleteros, en cambio, están peleados con la vida y han perdido la batalla frente a los vasos de plástico, esos descastados “milusos” que son como la escoria de la vajilla familiar. Tal vez una buena manera de metaforizar el olvido es compararlo con la desolación de un servilletero.

Así, la distancia de la plancha al poema es tan breve como ese resquicio que demanda nuestra imaginación para estimular nuestra sorpresa; sólo se es poeta cuando se ha aprendido a ingresar al mundo cada mañana con la mirada nueva y plenamente dispuesta a ver las cosas como si fuera la primera vez. 

Sin el asombro, el poeta se convierte en un servilletero incapaz de retener un pedazo de papel.

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Lea, del mismo autor: Aristóteles y Xóchitl Gálvez

 

Edición: Fernando Sierra


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