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Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

La creciente participación de las mujeres en la vida pública ha suscitado importantes debates, con más fuerza hoy que muy probablemente la próxima presidenta de México será una mujer. Uno de ellos se refiere al creciente uso del término: “violencia política en razón de género”, cuyo combate pretende eliminar los obstáculos de distinta naturaleza que se les presentan a las mujeres para ejercer sus derechos políticos libremente. Un elemento que subyace en algunas de estas violencias es el de la credibilidad. 

Miranda Fricker ha analizado con detalle este asunto, explicando que cuando escuchamos un testimonio cara a cara, inevitablemente nos damos a la tarea de “calibrar” la probabilidad de que lo que se diga sea verdadero. Es decir, atribuimos cierta credibilidad a quien habla; si es competente, sincero/a, etcétera, en virtud de quien es. Dos ejemplos clásicos pueden ser un profesor universitario en una clase o un médico que nos está diagnosticando. Es plausible que, en principio, le atribuyamos credibilidad a estas personas en contextos específicos porque suponemos que tienen autoridad en el tema. Por tanto, es inevitable que en el proceso de comunicación influya la percepción social que se tiene del otro, por lo que él o la oyente recurre de forma espontánea a estereotipos. En definitiva, todo/a oyente percibe a los/as hablantes a la luz de las presuposiciones de fondo que tiene de las personas.  

Aunque no hay forma exacta para medir esta atribución, es posible que en ocasiones esta credibilidad resulte excesiva o escasa. Esto quiere decir que el grado de credibilidad que le atribuimos al interlocutor/a no se ajusta a las pruebas o justificaciones que presenta. Esto podría constituir un simple error. Tal vez tenemos una falsa creencia sobre él o la hablante. 

Pero existen otros casos, en los que existe un estereotipo que implica una asociación falsa (una generalización no fiable) acerca de un grupo social en cuestión. Por ejemplo, un grupo históricamente desfavorecido al que se le atribuye alguna característica contraria a la competencia, la inteligencia, la educación, la determinación moral, etcétera: la idea de que los negros son intelectualmente inferiores que los blancos; las clases trabajadoras moralmente inferiores que las clases altas o que las mujeres son menos racionales que los hombres.

 Así, la filósofa inglesa nos dice que la injusticia testimonial se produce cuando los prejuicios llevan a un/a oyente a otorgar, de forma sistemática, a las palabras de un/a hablante un grado de credibilidad disminuido debido a un prejuicio, especialmente relacionado con la identidad social, al que llama prejuicio identitario. El prejuicio identitario constituye una injusticia porque ejerce un poder dañino al impedir a la o él hablante transmitir conocimiento, y si esto es persistente puede afectar seriamente su vida profesional y/o personal. 

Lo más interesante, dice Fricker, es que no resulta necesario que el sujeto ni el objeto del estereotipo crean en las concepciones de las diferentes identidades sociales que se activan en las actuaciones de poder identitario, es decir, en tales prejuicios. “El modus operandi principal del poder identitario se da en el plano de la imaginación social colectiva”. En consecuencia, puede controlar nuestras acciones aun a pesar de nuestras creencias. Estas imágenes prejuiciosas pueden causar un impacto visceral de los juicios sin que seas concientes.

El ejemplo que usa la filósofa es justamente una feminista que sigue influida por el estereotipo de que las mujeres carecen de la capacidad necesaria para ocupar cargos políticos, de tal modo que tiende a no tomarse la palabra de las candidatas políticas tan en serio como la de un hombre. Ello exige que como interlocutores tengamos una sensibilidad y atención crítica a nuestros prejuicios. No es lo mismo rechazar la palabra de alguien por sus contradicciones; por falta de congruencia en sus acciones; por falta de competencia en la materia o por sus compromisos políticos y morales, que porque el hecho de ser mujer (ha de ser débil, sometida, irracional). En este contexto resulta crucial desarrollar la virtud de diferenciar entre el rechazo de la palabra de alguien por una buena razón y rechazarla por simples prejuicios no justificados.  

En el mismo sentido, el uso del término de “violencia política en razón de género” implica estereotipos o roles de género injustificados que obstaculizan el pleno gozo de la vida pública y política. Desarrollar esta sensibilidad y sentido crítico nos permitiría visibilizar y reconstruir parte de la interdependencia que anunciaba Foucault entre poder, razón y autoridad epistémica para edificar una vida pública más justa. 

 

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Profesora del Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara

 

Lea, de la misma columna: Conexiones entre economía y física: Marx y la energía

 

Edición: Fernando Sierra


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