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María Elena Giraldo y Sheila Camarena

Uno de los problemas que ha escalado vertiginosamente en la agenda pública regional es la contaminación y riesgos de escasez del agua. Según la Comisión Nacional del Agua (Conagua), la península de Yucatán cuenta con el acuífero más grande de México, abarcando un área de más de 100 mil kilómetros cuadrados. Sin embargo, los datos de esta misma Comisión revelan que el estado de Yucatán ocupa el penúltimo lugar a nivel nacional en cuanto a cobertura de tratamiento de aguas residuales.

Efectivamente, este es uno de los temas que más inquieta a la sociedad yucateca. Una evidencia de ello fue el ejercicio de implementación del programa Gobierno Abierto a cargo del Instituto Electoral de Participación Ciudadana (Iepac), según el cual, al preguntar a los pobladores de zonas rurales cuál era el problema público que más les preocupaba, la respuesta más recurrente fue la disponibilidad y calidad de agua.

Existen diversos estudios que relevan la grave problemática que ha implicado el crecimiento exponencial de las granjas porcícolas, el uso de agroquímicos, la mala gestión de los residuos sólidos y otros factores asociados a las actividades de turismo (por ejemplo, el uso de bloqueadores solares, repelentes o prácticas vinculadas al vertimiento de cafeína, nicotina, detergentes y fármacos), por mencionar algunos.

Pero las comunidades rurales no se mantienen pasivas frente a este grave problema. Una iniciativa a resaltar es el trabajo de monitoreo comunitario de cenotes y grutas. En ese marco, grupos vecinales de las comunidades afectadas y otros ciudadanos sensibilizados con esta situación, han asumido el compromiso de tomar muestras de agua que puedan pasar por estudios de calidad hídrica, a fin de identificar la presencia de diferentes agentes tóxicos. Esta tarea se ha puesto en marcha en colaboración con actores del sector científico y la sociedad civil, y ha fortalecido, a su vez, los lazos entre las poblaciones afectadas, a través de colectivos como el de Ha’kanul.

Dada la importancia de estos procesos de agenciamiento colectivo, el grupo de Sociedad y Ambiente del ORGA ha puesto ahí la lupa, para entender quiénes, cómo y a través de qué recursos los actores y actrices comunitarias participantes logran mantenerse activas en estas labores, de manera voluntaria. De igual forma, buscamos visualizar cómo se puede contribuir desde la academia y el gobierno en estas acciones. Vale destacar que varias de estas iniciativas se llevan a cabo en comunidades como: Hoctún, Tekit, Abalá, Telchaquillo, Cuzamá, Huhí, Sucopó, Tabi, Chocholá, Ruinas de Aké, San Isidro Ochil y Sisal, donde hemos emprendido un acercamiento respetuoso, que nos permita interconectar las diferentes visiones sobre esta problemática. 

Los Ha’kanules hacen monitoreos del agua de acuerdo con la metodología global water watch que les permite medir parámetros físicos, químicos y bacteriológicos como: olor, color, ph, alcalinidad, oxígeno disuelto, porcentaje de saturación de oxígeno, dureza total, turbidez, colonias E.coli y de otras coliformes. 

Además, al ser conscientes de la vulnerabilidad del acuífero, en la coyuntura del monitoreo participativo, los Ha’kanules brindan talleres de educación ambiental sobre la importancia del cuidado del agua y el medio ambiente.

En esta actividad hemos encontrado que, para seguir sumando actores que se unan a esta causa, es clave establecer mecanismos coordinados de trabajo conjunto, que respete las autonomías de los participantes e integre la visión de grupos locales, para el logro del objetivo común que se persigue, lo cual los hemos entendido en el ORGA como el fortalecimiento de la gobernanza colaborativa.

Adicionalmente, consideramos que una labor fundamental es establecer un proyecto de educación ambiental mucho más profundo, para hacer conciencia del impacto que nuestras acciones generan en el deterioro de la calidad del agua y a su vez, sumar más voces que hagan eco ante la lucha contra los efectos nocivos de los megaproyectos promovidos en la región. Pues lo anterior, no solo constituye un problema en la provisión del agua, sino en su calidad, e implica una mayor empatía con nuestro entorno natural, para salvaguardar en última instancia, nuestra supervivencia como especie.

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Lea, de la misma columna: Tres de mayo: irrupciones, fragilidades y cuidados

 

Edición: Fernando Sierra


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