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Fábula para tiempo de apagones

La oscuridad nos iguala y también es escenario de encuentros furtivos
Foto: Efe

Llegó una madrugada, siguiendo la brújula de sus tripas; aún en la oscuridad, sabía que detrás de los barrotes había comida. Percibía algo más, algo peligroso, pero su hambre era aún mayor que su miedo. Entró a la jaula y encontró un hueso, ya roído; era un fémur, casi de su tamaño, y tenía todavía los recuerdos de cartílagos y pellejos. Con eso le bastaba, le bastaba y le sobraba

Mientras arrancaba las sobras con sus dientes aún de cachorra, un inmenso animal salió de la oscuridad. Al verlo, la gata se erizó; quiso correr pero una descarga eléctrica contrajo todos sus músculos. El león la miró fijamente, traspasándola. Abrió el hocico, y a la gata le pareció ver una caverna brillante, cuajada de filosas estalagmitas y estalactitas. A la descarga de terror siguió la aceptación del sentenciado a muerte.

Prefería morir así que de hambre; una pizca de épica en su vida, aunque sea en el último instante. Pero el león no la atacó. La gata comprendió que ese alarde de colmillos era sólo un bostezo. Con el mismo sigilo con el que irrumpió la noche, el inquilino de la jaula desapareció. La gata no regresó a la noche siguiente, pero sí dos noches después. Y continuó con su rutina de cenar las sobras del león durante varios meses, hasta hace algunas semanas. Al principio, el león sólo aparecía unos instantes: veía a la gata, bostezaba y regresaba a dormir. 

Pero una noche, en la que el hueso guardaba aún el premio del tuétano, el león salió y se acostó junto a la gata. Con respingos, roncos, siseos, toses, maullidos y uno que otro rugido, durante varias noches le fue contando su historia a la visitante. Le contó, por ejemplo, que se llamaba Sansón, algo irónico, pues una de las hazañas del personaje bíblico fue la de matar precisamente a un león con sólo la tenaza de sus manos. Tal vez, especuló, me pusieron así por mi melena. 

Para la gata, el león no era más que otro gato, mucho más grande que todos los que había conocido, pero sólo un gato; un gato solitariotriste. Aún así, comenzó a contar las horas para la llegada de la noche, ya no sólo para comer los restos de Sansón sino para escuchar sus historias. Sansón le compartía historias de la sabana, esas que a su vez escuchó de otros leones; le hablaba de las grandes migraciones, de los legendarios reyes y reinas de su especie. De selvas donde los animales cazaban en libertad y el sonido de un rugido se escuchaba a más de veinte kilómetros de distancia. 

Recordar la mitología de sus ancestros se convirtió para el león en una ansiada evasión; al igual que la gata, añoraba la intimidad de la noche, y además de regalarle historias comenzó a comer menos para que su invitada tuviera más. Le describió una aldea de humanos pequeñitos, que hacían sus casas con hojas y ramitas, o de los inmensos baobabs, donde cada generación de leones araña la base. “Hay un baobab que llevó las marcas de mi manada al cielo”, exageró el león. 

Aunque al principio era un monólogo, poco a poco la gata fue comprendiendo —y aprendiendo— ese extraño dialecto africano con el que hablaba el león, y ella también comenzó a contarle su historia. Lo hacía con timidez, esa timidez que sonroja a los seres pequeños. No tengo nombre, le confesó la gata al león. No tengo padres ni hermanos; “mi único recuerdo es el hambre.” Esa noche la plática se anegó en el silencio, en la que los dos felinos dirigieron las tristezas del otro sin otro ruido que el alarido de las rapaces soñando con el cielo abierto. 

La noche siguiente el león le propuso a la gata un nombre: Dalila. Sé que igual o más irónico que mi nombre, ya que Sansón muere por culpa de Dalila, y tú, al contrario, me has dado vida. “Además, no veo filisteos en la costa y mi melena no se corresponde con mis fuerzas”.

Y es que Sansón cada día estaba más débil; todas sus fuerzas las reservaba para las pláticas nocturnas, que se habían convertido en una coincidencia de ronroneos. No sólo era la añoranza de la libertad, sino el calor excesivo que abrazaba los días. Una noche Dalila encontró al león exhausto; jadeaba y no podía ni abrir los ojos. Su boca parecía un desierto, por donde salían rugidos queditos, que no lograban cuajar. No había comido nada y el recipiente donde le ponían agua estaba seco y sucio. 

La gata cazó una lagartija y se la acercó a la boca; Sansón la sorbió como si fuera un espagueti. Abrió lo ojos y con una mirada apagada le dio las gracias. Al día siguiente, a las dos de la tarde, murió frente a una manada de niños. Al día siguiente, en un obituario mutilado, los periódicos informaron la muerte del león del zoológico La Reina, de Tizimín; en las necrológicas se aseguró que la causa fue un golpe de calor. No se abunda en detalles, como que, por las noches, una gata sigue visitando la jaula vacía, ofreciendo a un fantasma la alegría de lagartijas recién cazadas.

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Lea, del mismo autor: Los cazadores de la aurora extraviada

 

Edición: Fernando Sierra


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