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Los cazadores de la aurora extraviada

Desde la playa de Chuburná hubo quiénes capturaron el ácido lisérgico del cosmos
Foto: Miguel Díaz Perez

Como todo lo inexplicable, se recurrió a la ficción, y se aseguró que aquellas danzas de velos verdes en los cielos nocturnos eran los destellos de las armaduras de un regimiento de guerreras cabalgando hacia el amanecer. Este fin de semana, por primera vez desde que se tiene registro, se pudo observar una aurora en Yucatán.

La cofradía de domadores de instantes lo alertó; Miguel Díaz Pérez estaba ya en pijama cuando un colega de Oregón, Estados Unidos, comenzó a compartir fotografías de una aurora extraviada. En el arrullo del scrolling, Miguel vio imágenes similares de fotógrafos aún más al Sur.

El viernes 10 de mayo golpeó un tsunami solar que pintó la noche de colores; el brillo de cota de malla de valquirias rompió las fronteras de la mitología e iluminó incluso las costas yucatecas, con música de Wagner en la playlist. Ahí se dirigió Miguel, a quien la promesa de ver algo que nunca antes había visto le espantó el sueño. 

Llegó a la medianoche al playón de Chuburná, pero ya aún antes de arribar unas evasivas luces rojas le prometieron que el viaje y la desvelada no iban a ser en vano: olió el napalm que arrasaba constelaciones. Lo acompañaban Édgar Cobá y Juan Osorno, caligrafista de luz. La playa estaba desierta, y con ojos de gato comenzaron a instalar su equipo para capturar lo inédito. 

Perdidos en la oscuridad, a la que rasgaba puntual el filo de luz del faro, enfrentaron el primer reto: ubicar a la escurridiza aurora. La lógica les dictó que buscaran en su origen, el Norte, y ahí, en un guiño, apareció el primer destello carmesí. Una chispa, el primer click

La poesía de la naturaleza es más sutil que la de los hombres: No es una carga de caballería en el cielo lo que provoca las auroras, tampoco es el aliento de un dios olvidado, sino un aquelarre de elementos químicos. El color del cóctel celeste depende de la cantidad de protones y electrones que se utilicen en la mezcla.

La que se observó en Yucatán estuvo cargada de electrones, e igualó las tonalidades de la que se observó en Roma en la víspera de los idus de marzo, o la que presagió el inicio de la guerra civil estadunidense. Y así lo atestiguó Miguel, quien eligió ese negroni del cielo antes de un café. 

Desde hace años carga con todo su equipo de fotografía —que pesa lo que un garrafón grande de agua—, esperando amaestrar el suspiro de lo inmediato. A la playa llevó tres lentes: un angular, uno intermedio y uno súper largo. Esperó con paciencia a que se hiciera la magia y la capturó, a razón de una foto cada tres segundos durante dos horas.

Durante esa guardia nocturna se estuvo comunicando con otros a los que el hechizo boreal desveló; un par de ellas fueron Nelly Quijano y Susana Portillo, quienes a pocos kilómetros de distancia, en Sisal, también estaban hechizadas con esa ola rosada que se desplazaba perezosamente por el cielo mientras todos los demás dormían. 

Miguel regresó a su casa a las tres y media de la madrugada del sábado, aún intoxicado por el ácido lisérgico del cosmos; compartió la instantánea de esa eternidad en sus redes sociales, que enrojecieron, a su vez los rostros de miles de personas. Su imagen y otras captadas en Sisal, por Nelly, y en Río Lagartos y en Alacranes dejaron constancia de este suceso extraordinario.

La noche de ese sábado recorrió de nuevo ese sinuoso sendero al Valhalla, con rumbo a Celestún. A pesar de que la tormenta solar que había sembrado con protones y electrones las nubes continuaba, la aurora no se apareció. Miguel no guardó su equipo, se refugió en sus recuerdos y encapsuló la galaxia en el faro del palmar, el más alto de la Península. 

Esa misma noche, en el playón en el que había cosechado la noche anterior la imagen en la que floreció la curiosidad de miles, una legión de tramperos de cuerpos celestes se dieron cita. Piensan que regresaron con las memorias de sus cámaras vacías, pero lo que no saben es que en el sueño de lo imposible se olvidaron de los infiernillos de la noche meridana. 

No fue cuestión de suerte la de Miguel; lleva años escudriñando el cielo. Ha logrado domar eclipses y apaciguar cometas, encerró en un frasco la vía láctea, como si fuera un bicho de luz, y organizó un alunizaje inverso en el puerto de altura de Progreso; lleva años observando la vida en gran angular y telefoto. 

 

 

No quiere que los años le arrebaten los recuerdos, no quiere irse con las manos vacías, y encontró la cura al olvido en la fotografía. Sus primeras imágenes las captó con la cámara de su abuelo, una máquina rusa de la marca Zenit, y luego con una Minolta propiedad de su papá, ambas con el sistema antediluviano de rollos. 

Fue uno de los pioneros en Mérida en experimentar con la fotografía digital, con un armatoste steam punk cuya resolución daría penita en estos días. De tanto usarlas, conoce hasta las tripas de las cámaras, tanto que incluso ha trabajado de la mano de algunas marcas para probarlas. De la prehistoria de los químicos del cuarto oscuro a la vanguardia del imperio de los píxeles. 

Ha sido testigo de un amanecer secuestrado por flamencos. De esa expedición no sólo recuerda al sol mascando las siluetas de bailarinas de las aves sino su ensordecedor chismerío: eran veinte mil nidos, cada uno con un padre, una madre y una o dos crías. 

 

 

Fotografió a un cocodrilo llevándose como presa a otro cocodrilo. Ese animal años después le perdonó la vida: estaba a dos, tres metros de distancia de la fiera cuando se le cayó la cámara y, sin pensarlo mucho, se lanzó a buscarla. El reptil no lo atacó, tal vez porque previó lo obvio: el aparato y sus memorias quedaron completamente inservibles. Era un cocodrilo caníbal, no un sádico. 

 

 

Casi casi conoce a las rapaces por su nombre; ubica al águila pescadora que sobrevuela el Hospital Psiquiátrico, o al halcón peregrino que otea desde una torre de alta tensión las colonias del sur de la ciudad. Pocos lo saben, y él lo comparte bajando la voz: esas aves son las verdaderas dueñas de la ciudad. 

 

 

Así como ha descubierto las huellas de un jaguar en la orilla de una playa, ha confirmado la estela de destrucción del ser humano en la naturaleza. Y recuerda, Miguel, cómo durante la pandemia los flamencos se adueñaron de carreteras y otras especias recuperaron la tierra y los cielos que les arrancamos. Y espera, Miguel, que sus fotografías igual sirvan para conservar lo que nos fue prestado, como esa aurora extraviada de la madrugada del sábado.

 

Fotos: Miguel Díaz Pérez

 

[email protected]

 

Lea, de la misma columna: La odisea de un murmullo

 

Edición: Fernando Sierra


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