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Foto: Envato

—La noche que mi padre me enseñó a leer la hora. ¿Cómo me vino a la mente ese recuerdo, justo ahorita?

Diego se hace esa pregunta y frunce el ceño. Se quita los lentes para darse un masaje en las sienes.

—Ya no recuerdo lo que estaba diciendo antes de que esa imagen se me presentara. ¿Por qué pasa esto?

La memoria tiene túneles que se esconden por debajo del discurso y que nos llevan a lugares olvidados.

Diego se deja ir por esos túneles, y me cuenta: su padre tenía un reloj que había heredado de su abuelo. Un Mido negro, automático. Aún recuerda la suave textura de la correa negra, desgastada ahí donde los dobleces habían sido más frecuentes. Le dijo que ese reloj sería suyo cuando cumpliera 19, edad en la que él lo usó por primera vez. Diego apenas iba a entrar a la primaria: 6 años recién cumplidos. Lo sentó en su escritorio y dijo: este es el reloj que usan los hombres. Nada de esas porquerías digitales. Hoy lo vas a aprender.

¿A qué edad se aprende a leer el tiempo? ¿A qué edad se comprende lo abstracto de semejante concepto? Porque al fin, ¿qué es el tiempo? Tres manecillas que avanzan, infinitas, para mostrar el paso de lo indecible, de lo que no se puede asir.

—Sólo una vez me lo explicó: horario, minutero, segundero. El uno es cinco. El dos es diez. El tres es quince. Ahora dime, si las agujas están de esta manera, ¿qué hora es? No sé por qué me he regresado a ese momento justo ahorita.

Pienso en Marcel. No el propio Proust, sino su personaje. En aquella famosa escena de En busca del tiempo perdido. El joven llega a su casa y su madre le da una magdalena. Él la remoja en el té y la memoria arremete con pedazos de tiempo, como si este pudiera entrar a través de los sentidos. Marcel ya no está con su madre, sino en la casa de su tía Léonie, en Combray. La recuerda acostada en su cama, enferma; rememora los paseos por el jardín y por las calles del pueblo, la iglesia bañada del oro de la tarde, las noches tranquilas en que su madre solía leerle antes de dormir.

—Por cada equivocación, un golpe. Tienes que saber leer la hora antes de las seis, me amenazaba. Eran las cuatro de la tarde y el tiempo se volvió un martirio. ¿Hay manera de nunca volver a esas memorias perdidas?

Proust, por el contrario, se esforzaba por recuperar las memorias extraviadas. Asmático y débil, recluido en su apartamento de París, rodeado de un desorden de cuadernos y papeles, escribe una de las mayores novelas del siglo XX. Duerme de día para escribir de noche. Cubre las paredes de su dormitorio con corcho para dejarlo más aislado: ningún ruido va a distraerlo. Pero le urge despertar la memoria, llegar a un recuerdo. Le ordena a Céleste Albaret, su fiel sirvienta, que salga a conseguirle un pastel que le había gustado años atrás. Está habituada a cumplir sus excentricidades. La criada sale a la panadería indicada, pero ese bocadillo no se consigue con facilidad. Recorre pâtisseries en París y al fin lo consigue. Proust se lo lleva a la boca. Sorpresa: el sabor no lo arrastra por el río de recuerdos que él había anticipado. El tiempo, esta vez, no entró a través de los sentidos.

—Esa tarde fui un inútil. No aprendí a leer la hora antes de las seis. Ahora recuerdo: hablaba de la angustia que me produce la espera. Como si ésta fuera el malestar rememorado, y yo fuera a fallarle al tiempo.

Para Marcel —también para Proust— el tiempo y la memoria son parte de lo mismo. En El tiempo recobrado, último volumen de la extensa novela, Proust llega a su magnífica conclusión: la memoria, migajas de tiempo, es nuestra única salvación ante el devenir de las tres agujas. En conjunción con el arte, nos redime. Es nuestra herramienta para convertir al tiempo en una ficción de memoria reconstruida, de memoria imaginada. Nos permite, al no poder vencerlo, hacerle frente. 


*Escritor, sicoanalista y siquiatra de adultos y niños

[email protected]



Edición: Estefanía Cardeña


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