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Foto: Anaid Ortíz, Chancah Derrepente, Quintana Roo, 2021

En las comunidades mayas máasewáalo'ob del centro de Quintana Roo, el concepto local kanan (cuidar) es esencial para la vida cotidiana, la cual requiere de una compleja red de prácticas protectoras. Estas prácticas son vitales en un mundo donde lo visible y lo invisible coexisten, y los peligros acechan a cada paso. El medio día es un momento crítico: el Sol, en su cenit, se detiene por un instante que puede ser eterno, abriendo un espacio-tiempo extraordinario. Momento en que los iik'o'ob (aires dañinos) que habitan el mundo transitan libremente buscando cuerpos vulnerables. Al atardecer, la amenaza persiste. La retirada del astro, deja a las personas desprotegidas, momento en que los seres fríos, que emergen de la noche y del submundo, comienzan su deambular por la tierra con sigilo.

Navegar por este mundo requiere comprender sus peligros inherentes. Aquí, los cuerpos no son neutrales; poseen naturalezas que dialogan con los otros seres no humanos. Las mujeres tienen un calor interno mayor llamado kíinam, este calor-dolor, que se intensifica durante la menstruación y el embarazo, les resulta repulsivo a los yúumtsilo'ob (los dueños del monte), provocando enfermedades en el portador. En consecuencia, los cuerpos masculinos y femeninos requieren cuidados diferentes. Las mujeres, al igual que eluden a los seres fríos, deben evitar los alimentos fríos en esos momentos críticos para protegerse de enfermedades como el pasmo de sangre, que puede causar infertilidad. Los hombres, por su parte, a través del trabajo diario en la milpa, desarrollan cierta resiliencia. Sin embargo, esto no los exime de la necesidad de establecer relaciones armónicas con los dueños del monte, ya que el equilibrio entre ambos mundos es frágil y exige una renovación constante.

Las ceremonias rituales son el puente que conecta a los mayas máasewáalo'ob con estos seres no humanos. Entre estas ceremonias se encuentra el Jets' lu'um necesario para apaciguar los vientos que habitan en un terreno antes de la ocupación humana. Las Novenas dedicadas a los santos familiares y los antepasados fallecidos refuerzan estos lazos, mientras que el Looj kaaj, una ceremonia colectiva de agradecimiento por la salud de la comunidad y la Fiesta al Santo Patrono reafirman el pacto de reciprocidad. Se trata de un sistema ritual que entreteje las devociones católicas con las reverencias a los yúumtsilo'ob.

En este mundo interconectado, cada habitante del territorio, ya sea visible o intangible, vegetal o animal, cumple un papel en la protección y sustento mutuo. Los mayas máasewáalo'ob no sólo expresan gratitud por el cuidado que reciben de estos guardianes, sino que también los retribuyen con cuidados mutuos mediante oraciones, ofrendas de alimentos y continuos actos de reconocimiento. Este flujo incesante de cuidados sostiene la vida dentro del territorio, manteniendo la red de relaciones entre los seres y renovando los pactos que aseguran la vida en todas sus formas.

Para los mayas máasewáalo'ob, la vida es una secuencia continua de cuidados, que abarca el cuerpo, la persona, los bienes y el territorio, y se vale de los conocimientos y prácticas comunes y compartidas. El cuidado no es una tarea exclusivamente humana, sino una responsabilidad compartida por todos los seres, que parece imbuirlos de cualidades asociadas con la humanidad, como lo es la sensibilidad y la bondad. Además, el concepto kanan (cuidar) enfatiza el cuidado como un don en sí mismo, no un mero acto funcional o utilitario, sino que tiene un valor intrínseco, es una expresión de generosidad y reciprocidad que refuerza los vínculos entre las personas, la naturaleza y lo sagrado. El cuidado no se percibe como una obligación, sino como una práctica cargada de significado ético y espiritual. Al cuidar a otro, ya sea una persona, un animal, una planta o un espacio natural, uno ofrece algo valioso de sí mismo, y fortalece las relaciones con los otros habitantes del mundo, lo cual plantea una visión del mundo basada en la interdependencia, donde los actos de cuidado no sólo sostienen la vida sino que también fortalecen el tejido social y cósmico que conecta a todos los seres.


Anaid Karla Ortíz Becerril es antropóloga social y realiza sus estudios de postdoctorado en Yucatán [email protected] 

Coordinadora editorial de la columna: 
María del Carmen Castillo Cisneros, antropóloga social del Centro INAH-Yucatán




Edición: Estefanía Cardeña


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