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El chisme literario en una carta abierta

Noticias de otros tiempos
Foto: La Tribuna, 4 de septiembre de 1919

A pesar de su arraigo, la prensa tardó en ser reconocida como fuente primaria para los historiadores. A lo mucho, los estudios sobre los periódicos o que utilizan la información publicada en estos datan, en México, de los años 1970. La academia entonces solía considerar como “más históricas” las investigaciones que utilizaban documentos de archivo. Esto ha sido contraproducente, porque se perdieron muchas publicaciones y otras se deterioraron por considerarse “desechables”.

Lo cierto es que los periódicos nos dicen mucho de una época, y a veces lo consignado resuena hasta hoy, llamando al lector a responder a un impulso básico, como es enterarse del chisme. Por eso, cuando hojeando un tomo de El Correo, de 1919, uno se encuentra con un encabezado que reza “Carta abierta al Lic. Jaime Tió Pérez”, forzosamente tiene que leerlo: se trata del tío bisabuelo, así que es necesario estar enterados de qué le reclamaban.

En efecto, el 8 de septiembre de 1919, El Correo, ese diario más bien artesanal que cubrió la época de los gobiernos socialistas de Yucatán a partir de la promulgación de la Constitución de 1917, obedeció a la súplica de un grupo de escritores que se dirigía a don Jaime Tió, abogado y poeta que para entonces había obtenido mención honorífica en los Juegos Florales de Mérida (1917) con el poema Loa a la primavera.

Por entonces, don Jaime, quien rondaba los 30 años, había sido designado secretario del comité para un concurso literario organizado por la Colonia Española “para conmemorar el Día de la Raza”. Sobre el certamen, un grupo de escritores que se dice “aficionados a las Musas y una que otra vez hemos cometido el pecado de rimar en verso no del todo mal y ante la esperanza del triunfo y la ‘hidalga’ recompensa, hemos sentido bullir en nuestro cerebro mil odas y mil sonetos para confeccionar la composición premiada”.

Pero el caso es que estos escritores desconfiaban por un asunto que resultaba cercano; esto era “la última estafa, timo, robo o como se quiera llamar, que demostraron tener unos señores que sorprendieron la buena fe de los escritores noveles y bisoños en asuntos teatrales. Nos referimos al llamado Concurso del Teatro Olimpia, donde se burló la honorabilidad de un Jurado que aceptó dictaminar y hasta la fecha guarda el mayor silencio”.

Sucedió que la empresa del teatro Olimpia había convocado a un concurso de teatro regional (¡sí!), pero el jurado no debía calificar el guión, sino la representación, y ocurrió que más de un mes después de que se dio por terminado el concurso “debiendo premiar o recompensar a los autores de las ocho obras presentadas, pues aun en el supuesto de que quisieran salirse por la tangente de que ninguna merece el premio (cosa que literariamente puede ser justa, pero el concurso era y se hizo para premiar a la mejor de las representadas). No es honrado, ni justo, ni decente, que habiendo proporcionado buenísimas entradas a la Empresa y habiéndose representado las obras del concurso por más de quince representaciones cada una de las ocho obras salvo Xix de Sebo y Sangre Azul que resultaron malísimas, no es honrado, repetimos, que ni los derechos sean pagados a los autores y a que la empresa timadora se quede bonitamente con el fruto de nuestro trabajo, bueno o malo, pero que es muy nuestro y le ha dado dinero”.

Caray, como que pagar por trabajar, no es ninguna novedad en el medio de las artes escénicas, y menos en el teatro regional. Y conste que los autores reclamaban que, independientemente del premio, se les debían cubrir sus derechos por la representación y la empresa había cobrado varias fechas. Es decir, el público yucateco respondió al concurso retratándose en la taquilla.

Pero los autores insistían, aunque recalcando que no pretendían comparar a “la honorable y cien veces digna colonia española con la chanchullera empresa del Olimpia”, en que requerían garantías. Así, preguntaban: “¿El concurso abierto por la colonia española para la Fiesta de la Raza es para premiar a la mejor obra literaria A JUICIO DEL JURADO CALIFICADOR o es para premiar la más literaria y la mejor de LAS QUE TOMEN PARTE?

Valdría preguntar la diferencia, pero responden inmediatamente: No salgan luego conque ninguna merece el premio, porque sería incurrir en una grave falta. Ya se sabe que es lo que puede dar la tierra, y declarar desierto un premio para demostrar suficiencia y talento de un Jurado resulta un triste autobombo, como si quisieran decir: “como no entré yo, tuvo que quedar desierto el primer premio”.

Y continuaban: “Si es para la que resulte mejor de las enviadas a concurso, entraremos la mayor parte de los jóvenes que amamos esas justas; si es para ‘autobombarse’, veremos la corrida desde lejos y dejaremos el puesto a los clásicos poetas y maestrazos, que desde el Parnaso le enviarán sus composiciones”.

Como que a estos autores ya se les estaba quitando los bisoños y veían que el certamen literario podía terminar como algunos concursos para seleccionar un nuevo himno estatal. Lástima que no dejaron sus nombres, pues posiblemente los habríamos encontrado como alguna asociación de escritores que organizaba sus propios talleres y premios para repartirse entre ellos mismos.

Curiosamente, don Jaime Tió no respondió a la carta -posiblemente, como empleado público que también era, se evitó un conflicto de intereses- pero el tema del concurso del Olimpia todavía dio para más gasto de tinta y papel. Sin embargo, eso es tema de otras notas.



Lea, del mismo autor: Insinuaciones navideñas


Edición: Estefanía Cardeña


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