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del

Miedo larvario

Una enfermedad presuntamente desaparecida regresa para mostrarnos nuestra vulnerabilidad
Foto: Reuters

Un rasguño que no causa dolor; es más, que ni se siente. La brisa, una caricia, la primera gota de una lluvia son una sinfonía para los sentidos comparadas con esa herida, ventana minúscula, imperceptible. Aún así, a cientos de metros de distancia, una mosca la detecta; huele ese dolor invisible, esa gota de sangre sin coagular.

Es un océano; más aún: una galaxia. El látigo del instinto espolea al insecto, que lo hace recorrer, frenético, la distancia que lo separa de esa promesa. Con sólo posarse en la calidez de la llaga, bombardea una metralla de más de 100 huevecillos, diminutas perlas que guardan una amenaza. La mosca se retira, ya sin prisas, para morir en cuestión de horas.

La eternidad de dos semanas que duró su vida tuvo sentido, y palpita ya en una rendija con cerrojo de costra. En ese nido ajeno, al poco tiempo, los huevos se metamorfosean en larvas, unas blancas, otras traslúcidas, todas coronadas con espinas y con un hambre atroz. La lánguida legión comienza a abrirse paso entre músculos, tendones y cartílagos.

Cava laberintos en el mármol de la grasa, roe los huesos, regurgita el tuétano. La voracidad con la que alardean las larvas las lleva a comerse incluso entre ellas, pequeñas criaturas caníbales que crecen y multiplican su tamaño en parpadeos. Se han registrado gusanos que miden hasta cinco centímetros, anacondas en las junglas que hay debajo del follaje de la dermis. 

Lo que antes era una herida insignificante se convierte en el epicentro de una picazón constante, una urticaria que no se calma ni con un feroz bálsamo de uñas, garras o pezuñas. El cosquilleo causado por el galope de esa horda se intensifica: una tormenta eléctrica, de relámpagos en los nervios. El atracón en ese bufé de carne viva se refleja ya en un dolor intenso. 

Aún así, el infectado puede sumergirse con estoicismo en su existencia —el dolor es ligero si no se le añade cobardía—; rumiar el malestar y quejarse de otra cosa, por ejemplo, del calor. Más escozor da vivir. Es hasta que el rastro de los gusanos comienza a pudrirse: una estela de olas de pus comienza a formarse en ese mar agitado de mordidas. La fiebre acecha ya, anunciando el epílogo. 

Es una impronta, un recuerdo que recala en la orilla de la memoria cada vez que algo huele a podrido: En la guerra de Angola, los soldados portugueses, para ahorrarse municiones, amarraban a rebeldes vivos a cadáveres. Y así se abría camino la muerte, ávida; al dos por uno. Aquí, la putrefacción causada por las larvas invita a bacterias, hongos y otros insectos. Lo que comenzó con una herida insignificante es ya una carrera contrarreloj. 

De la calentura florecen alucinaciones, desvaríos, que van de embestidas furiosas a alucinaciones divinas. La víctima, en este caso, es cualquier ser de sangre caliente: un novillo, una anciana; un becerro que trastabilla y se despide del cordón que lo ata a su madre, un jornalero que se araña la mano con la caricia del monte. En los últimos días, ya se registraron dos casos de miasis humana causada por el gusano barrenador, aquí a la vuelta, en Campeche. 

Una enfermedad que se reportaba desaparecida, que irrumpe de nuevo para recordarnos lo expuesto que estamos a las fuerzas de una naturaleza que no podemos domar y, en ocasiones, ni entender. Relatos que parecen perderse en senderos de la ficción pero cuyo destino es la feroz realidad. 


Lea, del mismo autor: La aritmética de Noé

Edición: Fernando Sierra


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