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Cosechar tempestades

Las catástrofes naturales pueden ser inevitables; la indiferencia estatal no lo es
Foto: Reuters

Durante meses —no semanas, no días, sino una prolongada y silenciosa temporada de demolición institucional— miles de trabajadores del gobierno federal estadunidense fueron víctimas de una campaña sistemática de acoso y derribo. Una iniciativa disfrazada de eficiencia, diseñada con los rasgos del despotismo ilustrado 2.0: absolutista en su método, digital en su ejecución, y profundamente deshumanizante en su fondo.

El instrumento fue una dependencia casi secreta, sin leyenda ni historia, bautizada con el nombre irónico de Departamento de Eficiencia Gubernamental. La criatura, sin embargo, no fue engendrada por la burocracia, sino por la mente sin freno de Elon Musk, en los días luminosos —y fugazmente dorados— de su luna de miel con el presidente Donald Trump. En una embestida que haría palidecer a cualquier reformador conservador, se empujó a casi 90 mil burócratas a dejar sus puestos: la mayoría mediante buyouts, esos incentivos envenenados que visten la renuncia de libertad, y el resto —el eslabón más débil: personal en período de prueba— fue simplemente despedido.

Hubo episodios grotescos. Miles de empleados recibieron correos electrónicos de madrugada, con la firma del mismísimo Musk, exigiendo respuestas inmediatas a preguntas tan simples como crueles: “¿Qué hiciste la semana pasada?”. Si no contestaban, eran cesados sin miramientos. Sin defensa. Sin más juicio que el algoritmo.

Y sin embargo, aún en el ocaso de esa relación política tóxica, Trump no ha dejado de celebrar la carnicería institucional perpetrada por su entonces socio. Disienten, sí, en formas y estilos, en trinos y trajes, pero comparten el credo común de la desregulación brutal, de la demolición burocrática, de la amputación del Estado. Lo que para otros es un crimen, para ellos es legado.

Pero las leyes de la física —y de la política— son implacables. La materia desplazada encuentra siempre un cauce. La tercera ley de Newton no se limita a los cuerpos sólidos; también rige los actos, los silencios, las omisiones.

Este 4 de julio, día en que Estados Unidos celebraba su independencia con fuegos artificiales y banderas en los porches, la naturaleza encendió otras señales. En seis condados de Texas, la tragedia se desbordó como el río Guadalupe, que creció nueve metros en pocas horas. Según los últimos reportes, al menos 105 personas han fallecido, entre ellos 28 niños que dormían en Camp Mystic, un tradicional campamento en las colinas de Kerr.


Las causas inmediatas fueron las lluvias atípicas, sí. El cambio climático, también. Pero cuando se escarba más allá del lodo, aparece el otro factor: la imprevisión. O, peor aún, la desprotección deliberada. El Servicio Nacional del Clima, pieza clave en la cadena de respuesta temprana ante emergencias, fue una de las dependencias diezmadas por la motosierra Musk. De sus 4 mil empleados, 600 fueron despedidos o forzados al retiro. Muchos de ellos cubrían puestos clave: pronosticadores regionales, coordinadores de alertas, especialistas en hidrología. Aquellos cuya función no es visible, pero cuya ausencia es letal.

El primer reporte oficial preveía hasta 17 centímetros de lluvia. Pero cayó casi el doble. Las advertencias llegaron tarde y mal. No por negligencia de quienes aún están ahí, sino por la orfandad institucional en que quedaron. El caos se instaló como huésped permanente. Y la muerte llegó sin avisar. Trump, hábil en el arte del desvío, ya ha calificado la tragedia como una “anomalía meteorológica”. Una fatalidad sin culpables. El clima como chivo expiatorio.

Pero no nos confundamos. Las catástrofes naturales pueden ser inevitables; la indiferencia estatal no lo es. La desprotección no es un accidente: es una política. Y los efectos son tan previsibles como ineludibles.

Lo que sembraron Musk y Trump no fueron reformas: fueron renuncias al deber. No hubo eficiencia, sino exterminio de saber institucional. La cosecha está aquí: son cadáveres flotando en un río crecido por la indiferencia. Son familias rotas. Son preguntas sin respuesta. Son empleados públicos que sabían cómo actuar, pero ya no están.

Y, sin embargo, los verdaderos responsables dormirán esta noche a pierna suelta. Musk seguirá enviando satélites al espacio y memes a X. Trump seguirá en campaña, con su peinado inamovible y su retórica de acero oxidado. Ambos se proclamarán visionarios. Y si la historia se los permite, incluso podrían volver.

Pero cada cuerpo que arrastra el agua, cada alerta que no llegó, cada niño que no despertó, les pertenece. Porque también la tercera ley de la política —como la de Newton— dicta que todo acto tiene una consecuencia. Y cuando se siembran vientos, se cosechan tempestades.

Lea, del mismo autor: El zumbido que se apaga

Edición: Fernando Sierra


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