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Foto: Juan Manuel Valdivia

Entre las actividades económicas primarias, la pesca es una que suele darse por sentada en la península de Yucatán. Para muchos, el concepto se encuentra limitado al quehacer de unos cuantos habitantes de la costa, a bordo de lanchas ribereñas, cuando también hay un sector naviero mayor que es el que abastece al mercado nacional e internacional, además de que por su operación sostienen un buen número de empleos en congeladoras y empresas transportadoras.

A pesar de su importancia, el sector pesquero está expuesto al vaivén de la biomasa de las distintas especies con valor comercial, que a su vez son vulnerables a los más ligeros cambios en el océano. Basta una pequeña variación en la temperatura del agua, el incremento de la presencia de determinadas algas o bacterias; la descarga de aguas negras provenientes de desarrollos inmobiliarios de lujo. En fin, la fragilidad del equilibrio entre el medio ambiente y los asentamientos humanos termina por pasar la factura.

Varias pesquerías se realizan con cada vez mayor incertidumbre. En Quintana Roo, las poblaciones reconocidas por dedicarse a la captura de langosta enfrentan la presión de una demanda cada vez mayor para los hoteles de la Riviera Maya y Cancún. Yucatán, por su parte, debe vivir en la incertidumbre de saber cuántos ejemplares de mero estarán disponibles después de la veda habitual, y luego apretarse el cinturón para cuando sea el momento de explotar el pulpo, algo que comparte con Campeche, donde las denuncias por uso de artes ilegales y falta de vigilancia contra los furtivos son el pan de cada día.

Dirigentes del sector suelen dar cuenta de bajas capturas y pérdidas económicas constantes en cada temporada. Pero también han acusado en varias ocasiones la presencia de pescadores furtivos o que utilizan cloro para sacar ejemplares de pulpo de sus cuevas; una práctica que hace gran daño al ecosistema, pues no solamente contamina el agua y mata los corales, sino que los especímenes capturados son casi en su totalidad hembras que se encuentran cuidando sus huevecillos, por lo que se pierde la siguiente generación.

Si algo le da un valor agregado a la pesca en la península de Yucatán es que sus prácticas son mayormente artesanales. Sin embargo, esto no quiere decir que no se incurra en conductas depredadoras del ambiente y que le hacen un gran daño a todo el sector, lo que aunado al daño que se produce al mar por las descargas de aguas negras o la eliminación de manglares e incluso de la vegetación de la duna costera, termina convirtiéndose en un mayor riesgo para todos los involucrados en el sector.

En la protección a la pesca fallamos todos: desde las autoridades que descuidan los recorridos de inspección y patrullaje marino, o dejan de realizar operativos contra los furtivos, pasando por los pescadores que conservan especímenes de menor talla y peso que los establecidos porque al final siempre encuentran comprador, hasta precisamente los consumidores que exigimos un pescado o marisco en particular porque es el que “tiene mejor sabor”.

Estas irregularidades suelen justificarse por el riesgo que corren pescadores en el mar por los cambios en el clima, así como en la posibilidad de perderse a causa de las mismas estrategias asociadas a la pesca tradicional, como el gareteo, o quedarse sujetos a la corriente, sin el soporte de un ancla. Ya no digamos la falta de seguridad social.

Por el bien del sector pesquero, algo debe transformarse en cada integrante de la cadena seguida para hacer llegar un producto marino a la mesa. El mercado también está exigiendo trazabilidad, y esto debiera impactar creando las condiciones para un aumento de precios, justificado en la garantía de que se adquiere un producto que cumple con las condiciones de explotación responsable; sin embargo, la garantía debe ser que estas ganancias lleguen a los pescadores, que son quienes arriesgan la vida en el agua.


Edición: Fernando Sierra


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