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Foto: Jorge Luis Reyes

Izamal es una de las ciudades más antiguas del norte de la península de Yucatán. Su ocupación se remonta a más de 2 mil 500 años, desde el periodo Preclásico, cuando fue un importante centro ceremonial de la cultura maya. Este carácter sagrado la convirtió, siglos más tarde, en un punto estratégico para la evangelización franciscana, al ser considerada por fray Diego de Landa como un sitio clave para la conversión de las comunidades mayas al catolicismo.

La construcción del conjunto conventual de San Antonio de Padua inició en 1533 bajo la dirección de fray Juan de Mérida. El edificio se levantó reutilizando materiales de la gran plataforma prehispánica sobre la que se asienta, conocida por los mayas como P’aa Hol Chac, y fue concluido hacia 1561, con modificaciones posteriores durante el siglo XVII. Desde su origen, este conjunto representa un notable ejemplo de sincretismo arquitectónico: la base simbólica y constructiva maya sostiene la arquitectura virreinal franciscana, visible todavía en las piedras labradas de origen prehispánico integradas en muros, escalinatas y basamentos.

La advocación original del templo fue la Virgen de la Purísima Concepción, imagen traída desde Guatemala. En 1829, un incendio devastó el interior del templo y se perdieron los objetos de culto, incluida la imagen de la Virgen de Izamal. La tradición señala que fue sustituida por otra escultura. La historiadora Bertha Pascacio ha señalado que esta segunda imagen pudo haberse extraviado durante la Guerra de Castas, aunque no existe documentación concluyente. Lo que sí es evidente es la diferencia estilística entre las imágenes originarias y la que actualmente se venera.

La actual Virgen de Izamal destaca por la fineza de su manufactura y por la profunda devoción que despierta. Cada ocho de diciembre, su festividad convoca a miles de peregrinos provenientes de toda la región. En este sentido, Izamal puede entenderse como un centro ceremonial ininterrumpido: lo que fue un espacio sagrado para los mayas desde aproximadamente el 700 a. C., hoy continúa siéndolo como uno de los principales santuarios marianos del sureste de México.

El conjunto arquitectónico de San Antonio de Padua es un sistema complejo de espacios. Incluye el convento, aún habitado por la comunidad franciscana; el templo, santuario de Nuestra Señora de Izamal; el Museo y Camarín de la Virgen; la Capilla de la Tercera Orden, así como áreas destinadas a servicios, bodegas, comercios religiosos, sanitarios públicos y actividades turísticas. A ello se suma la intervención constante de diversos actores: religiosos, fieles, comerciantes, prestadores de servicios turísticos y dependencias gubernamentales responsables de espectáculos y actividades culturales. Sin embargo, el mantenimiento cotidiano de más de 7,800 metros cuadrados de construcción recae principalmente en una comunidad franciscana cada vez más reducida.

Desde hace más de una década, el conjunto presenta necesidades de conservación que ya no pueden entenderse como problemas aislados o meramente emergentes. La Sección de Conservación del Centro INAH Yucatán, en coordinación con el Instituto para la construcción y conservación de obra pública en Yucatán (INCOPPY), trabaja actualmente en una serie de intervenciones orientadas a la protección y estabilización de los elementos más vulnerables del inmueble. Entre los proyectos en curso destacan la protección de la pintura mural del Portal de Peregrinos, como parte de un proceso integral de rehabilitación de la cubierta que presenta un avanzado estado de deterioro, así como la conservación de la pintura mural del Bautisterio al interior del templo.

Uno de los principales desafíos identificados es la ausencia de esquemas de gestión participativa que permitan integrar a todos los actores que inciden en el uso cotidiano del conjunto. Aunque existen voluntades individuales y esfuerzos aislados, la multiplicidad de usuarios ha contribuido a la dispersión de responsabilidades. En este contexto, resulta indispensable una inversión sostenida de recursos que haga posible la elaboración e implementación de un plan de manejo integral, con niveles claros de intervención, mantenimiento y gestión.

Desde 2008, Izamal forma parte de la lista tentativa para ser inscrito como Patrimonio Mundial, lo que incrementa la responsabilidad colectiva en torno a su protección. La conservación de este conjunto no puede depender únicamente de acciones reactivas, sino de una planeación a mediano y largo plazo que asegure su permanencia.

A pesar de las limitaciones presupuestales, el INAH ha mantenido una apuesta firme por la conservación de este conjunto, mediante la inversión en infraestructura y en capital humano especializado. La suma de esfuerzos de otras instancias, resultaría fundamental para garantizar la preservación de este espacio excepcional. Su valor arqueológico, colonial y contemporáneo no solo justifica, sino que exige, una acción coordinada que permita conservar este patrimonio vivo para las futuras generaciones.


Claudia Angélica Ocampo Flores es restauradora de la Sección de Conservación y Restauración del Centro INAH Yucatán, [email protected]

Coordinadora editorial de la columna: 
María del Carmen Castillo Cisneros; antropóloga social, Centro INAH Yucatán.


Lea, de la misma columna: Pequeño y poderoso


Edición: Estefanía Cardeña


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