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El paso a 2026 sorprendió al continente americano con la noticia de que Estados Unidos invadió a Venezuela para capturar a su presidente, Nicolás Maduro, a quien acusan de encabezar una red de narcotráfico. Las consecuencias del operativo son tanto internas, especialmente para Donald Trump, mandatario del país de las barras y las estrellas, como en el ámbito latinoamericano.
A todas luces, la intervención estadunidense constituye una violación al derecho internacional, específicamente al artículo segundo de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que prohíbe a sus Estados miembro recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o independencia política de cualquier Estado. Sin embargo, las reacciones han sido también en apoyo al operativo de las fuerzas armadas de Estados Unidos; lo que se interpreta en un solo sentido: en esta historia no hay buenos, sino sólo malos: ni podía decirse que Venezuela era un país plenamente democrático, ni se sostiene la idea de que la intervención es para proteger a la población venezolana.

Muy por el contrario, la invasión a Venezuela tiene tras de sí el interés por el petróleo de ese país sudamericano. No obstante, el régimen que encabezó Nicolás Maduro, herencia a su vez de Hugo Chávez, ya era ilegítimo para una gran cantidad de sus ciudadanos, muchos de los cuales fueron orillados a vivir fuera de su país y se han dispersado por todo el continente americano.

A todas estas, el operativo estadunidense, presumido por Trump, se limitó a extraer a Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, del suelo venezolano, dejando prácticamente intacta la estructura de gobierno vigente, resultando los más visibles la vicepresidenta Delcy Rodríguez -ahora presidenta interina -como el jefe de Defensa Civil, Diosdado Cabello, lo que hace suponer un pacto para integrar un gobierno de transición en el cual primen los elementos menos radicales del chavismo, toda vez que el propio ocupante de la Casa Blanca ha salido a decir que Corina Machado, líder de la oposición que recientemente recibió el Premio Nóbel de la Paz, no cuenta con el respaldo de la ciudadanía de ese país sudamericano.

La situación en Venezuela es, por ahora, de incertidumbre. El instinto de conservación ha instado a muchos a permanecer a la espera del desarrollo de los acontecimientos, en lo que Estados Unidos hace válido el anuncio de que administrarán el país en tanto se integra un gobierno alineado a sus intereses; lo que hace temer que se obligue a los venezolanos a adoptar algo semejante a la “Enmienda Platt” que se le impuso a Cuba en 1901, a fin de limitar severamente la soberanía de esa nación.

A todas estas, la postura de México, en voz de la presidenta Claudia Sheinbaum, ha sido de las pocas que han sido frontalmente críticas de la intervención estadunidense, aunque la lentitud de la ONU y de la Organización de los Estados Americanos (OEA) para pronunciarse al respecto hace pensar que tales organismos son de muy poca utilidad cuando se trata de proteger a los más débiles.

Por otro lado, es sumamente difícil que los Estados Unidos establezcan una ocupación permanente en Venezuela. La extensión del país y lo complicado de su geografía pueden resultar factores determinantes en favor de una resistencia encabezada por las personalidades más radicales del régimen de Nicolás Maduro, pero precisamente la permanencia de liderazgos sumamente importantes debiera facilitar la estabilización del país.

Y finalmente, las muestras de apoyo a Venezuela deben tomarse con sumo cuidado. Condenar la intervención de Estados Unidos no significa necesariamente apoyar a Nicolás Maduro. Esto lo saben los miles de venezolanos que desde hace 13 años se han repartido por el mundo, huyendo del régimen. Las manifestaciones de rechazo al injerencismo, en cierta medida, tienen razón en cuanto a que se ha violado el derecho internacional.

A todas estas, también debe reconocerse la importancia de la migración venezolana a otros países latinoamericanos, particularmente en la península de Yucatán, donde se han hecho visibles estableciendo negocios de diversos giros y también enriqueciendo la vida cultural, laboral y compartiendo su gastronomía. A ellos debemos mirar antes de apresurarnos a aplaudir o condenar la intervención estadunidense; un acto que seguramente nadie quiso pero que ya ha tenido lugar. Nos toca escucharles y alentarles a participar en la reconstrucción política de Venezuela, y aprender de sus experiencias.


Edición: Ana Ordaz


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