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El estrés y la ansiedad como adicciones

Desaprender que la existencia tiene valor sólo si estamos produciendo
Foto: Jusaeri

El estrés y la ansiedad, como toda adicción, nacen de la necesidad de sentirnos vivos. Estas formas de vivir nos hacen creer que somos útiles, que estamos ocupados en algo importante, que nuestra existencia tiene valor sólo si estamos produciendo, resolviendo problemas o formando parte de un trabajo “importantísimo”. En ese estado, confundimos la tensión con propósito y la urgencia con sentido.

Al despertar, si es que nos hemos permitido dormir y descansar en paz, el día comienza casi de inmediato con el estrés: cuidado con llegar tarde al trabajo, no tengo tiempo para nada, hay demasiadas cosas por hacer. Esta prisa constante no nos deja ver que somos nosotros mismos quienes la provocamos. La prisa, en sí misma, ya es ansiedad.

Vivimos reaccionando desde el primer minuto, como si algo nos persiguiera. No nos detenemos a observar que estas sensaciones no vienen realmente de afuera. No provienen del trabajo, del tiempo ni de las exigencias reales, ni siquiera de otras personas a las que solemos culpar cuando dicen algo que nos incomoda. El origen está dentro de nosotros, en una forma aprendida de relacionarnos con la vida.

Nos hemos acostumbrado a vivir en tensión porque, de alguna manera, el estrés y la ansiedad nos dan una sensación de movimiento, de existencia. El silencio, la calma y la pausa nos resultan incómodos. Por eso volvemos una y otra vez a ese estado de urgencia, como quien vuelve a una sustancia conocida. En nuestro intento por sentirnos vivos, terminamos alejándonos de la vida misma.

Hemos aprendido que las adicciones, como la dependencia a las drogas o al alcohol, sólo pueden superarse mediante una gran fuerza de voluntad y, sobre todo, renunciando a la sustancia. También sabemos que no basta con quitar el objeto de la adicción: es necesario cambiar el síntoma, el hábito, el entorno. Dejar de beber y empezar a correr, cambiar de ambiente o alejarse de relaciones que refuerzan la dependencia.

Si llevamos esta comprensión al estrés y a la ansiedad, la pregunta es inevitable: ¿qué debemos cambiar para liberarnos de estas adicciones? La respuesta parece clara: cambiar hábitos. Pero aquí aparece algo fundamental y profundamente incómodo para nosotros: aprender a renunciar.

No nos gusta renunciar a nada. Lo queremos todo. Vivimos con la ilusión de que podemos abarcarlo todo sin consecuencias. Sin embargo, la vida nos enseña lo contrario de manera sencilla. Si vamos a un restaurante y nos entregan una carta, necesariamente debemos renunciar a muchos platos para elegir uno solo. Ese gesto cotidiano es un ejercicio profundo de vida: elegir implica renunciar.

Para liberarnos del estrés necesitamos aprender a renunciar a comidas que nos dañan, a lugares que nos agotan, a tiempos mal utilizados, a compromisos asumidos por miedo y a relaciones que nos drenan. Cada “sí” que damos sin conciencia es un “no” que nos damos a nosotros mismos.

Pero la renuncia más difícil y más necesaria no es externa. Es renunciar a la persona que creemos ser. Al “yo” que vive apurado, al “yo” que necesita sentirse importante, ocupado, imprescindible. Al “yo” que se alimenta del estrés para sentirse vivo. Renunciar a esa identidad duele, porque durante mucho tiempo nos sostuvo.

En el fondo, aquello a lo que verdaderamente necesitamos renunciar no es solo al estrés o a la ansiedad, sino a una creencia mucho más profunda: la idea de que podemos vencer a la muerte. Vivimos como si el tiempo fuera infinito y desde esa ilusión construimos urgencias innecesarias. Somos seres para la muerte. No como una condena, sino como una verdad esencial. Aceptar esta fragilidad no nos debilita; nos devuelve al único lugar donde reside nuestra fuerza: el presente.

El miedo a la muerte no desaparece, pero puede transformarse. Puede dejar de paralizarnos y convertirse en un recordatorio silencioso de que estamos vivos. Vivos de verdad, no simplemente funcionando. No vivos-muertos, atrapados en rutinas automáticas.

Cuando dejamos de huir, el estrés pierde su razón de ser. Ya no necesitamos estar permanentemente ocupados para sentir valor. Hay algo profundamente sagrado en esta aceptación: la vida se vuelve valiosa precisamente porque es limitada.

En la vida cotidiana, esto puede comenzar con gestos simples: despertar sin correr, respirar antes de responder, elegir una cosa y soltar otra, permitirnos descansar sin culpa. No se trata de hacer menos, sino de estar más presentes. Cuando aprendemos a habitar el momento con gratitud y atención, descubrimos que la vida no necesita ser sufrida para ser.


Edición: Fernando Sierra


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