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El síndrome de la rana hervida y la construcción de resiliencia climática

La analogía refleja la ausencia de reacción frente a escenarios perjudiciales
Foto: Francisco Guerra Martínez

Existe una analogía conocida como el síndrome de la rana hervida que sugiere que una rana no se percataría del aumento gradual de la temperatura del agua dentro de una cazuela sin tapa y se cocinaría sin siquiera enterarse. “Falso de toda falsedad”, debo reivindicar a las ranas. Hay una condición biológica denominada homeostasis que sí, al principio, le ayudaría a mantener un equilibrio interno en función de las condiciones ambientales, pero que después le permitiría huir ipso facto si la cosa no anda bien. ¡Por supuesto que saltaría del agua caliente!

Lo que sí, la analogía funciona a la perfección para ejemplificar que quienes no hemos saltado, y no sé si estemos tratando de hacerlo, somos nosotros. El síndrome refleja la ausencia de reacción frente a escenarios perjudiciales. La humanidad tiene el síndrome de la rana hervida: el planeta se calienta y se calienta y muy pocos se inmutan.

El cambio climático es un hecho. Sabemos que siempre ha existido sobre el planeta. Sin embargo, ahora su connotación ya tiene implícita una atribución directa o indirecta de la actividad humana que acelera las causas. No deberíamos tener empacho en aceptarlo. El cambio climático provoca un aumento de eventos climáticos que están ocurriendo con mayor frecuencia e intensidad hasta convertirse en amenazas y riesgos climáticos. Los hay tanto de inicio rápido -ciclones tropicales, inundaciones, olas de calor, sequías-, como de inicio lento -incremento de la temperatura, pérdida de biodiversidad, aumento del nivel del mar-. Sobra recordar las desafortunadas repercusiones alrededor del mundo. Por lo tanto, es urgente desarrollar y fortalecer sistemas de organización social, gubernamental, académica y privada que permitan reducir las pérdidas y fomenten la adaptación y la anticipación a los eventos que se avecinan sí o sí; en otras palabras, debemos construir resiliencia.

Aquí aparece el problema. Aunque existen muy pocas excepciones, la mayoría de los países exhibe un enfoque eminentemente reactivo antes que preventivo para una cosa que se llama gestión de riesgos y que ayuda en la construcción de resiliencia. Hay muy poca acción pre-desastre y demasiada -desafortunadamente necesaria- reacción postdesastre. Para muestra, como siempre, un botón.

En México, existe una desproporción presupuestaria en favor de la respuesta postdesastre con respecto a la preventiva. Primero, les doy algo de contexto. Los fondos económicos destinados en materia de atención postdesastre recaen en el, mal llamado, “Fondo de Desastres Naturales” (Fonden), -como tal los desastres no son naturales, surgen de la falta de organización territorial, pero eso es agua de otro cenote-. El Fonden se destina principalmente a la reconstrucción. Por su parte, el fondo económico de atención preventiva se denomina “Fondo para la Prevención de Desastres Naturales” (Fopreden). Por cierto, cuenta la leyenda -urbana- que estos fondos desaparecieron, lo cual no es cierto del todo, no han desaparecido, con la eliminación de 109 fideicomisos nacionales en 2020, por parte de la Cámara de Senadores, los fondos fueron convertidos en Programas manteniendo sus objetivos. Acabo el contexto.

Una evaluación realizada en 2017 revela que el Fopreden (prevención) recibió 179 millones de pesos mexicanos para su ejecución, mientras que el Fonden (postdesastre) percibió 6 mil millones, una proporción 1 a 34, es decir 34 veces mayor presupuesto para la reconstrucción. Permítame la acotación, pero “tengo otros datos”, mejor dicho, información actualizada para 2025 obtenida de las Provisiones Salariales y Económicas de la Secretaría de Hacienda. En 2025 el Fopreden (prevención) recibió 237 millones, mientras que el Fonden (postdesastre) percibió 18 mil millones, la desproporción presupuestaria aumentó y ahora presenta una relación uno a 78. Se otorga 78 veces más presupuesto para el postdesastre que para la prevención, un indicador de mayor frecuencia de eventos climáticos intensos.

La verdad sea dicha, el sistema “top-down" (de arriba hacia abajo) de la política mexicana en respuesta al riesgo climático es reactiva en lugar de preventiva. Hay una barrera financiera para la construcción de resiliencia y gestión de riesgos climáticos que necesitamos superar. Si le sumamos que el marco institucional frente al cambio climático también es “bottom-up” (de abajo hacia arriba) pues otorga a los gobiernos estatales y municipales la capacidad y responsabilidad de promover políticas de cambio climático propias, implementar acciones de mitigación y adaptación, gestionar fondos locales y desarrollar programas específicos, tenemos demasiada tarea con poca claridad.

La analogía del síndrome de la rana hervida ha evolucionado a una alegoría. Ahora la ranita debe reflexionar sobre sus opciones dentro de la cazuela -el planeta- y tiene en sus manos la elección: ¿debe saltar hacia mecanismos preventivos que minimicen el calentamiento del agua -los riesgos e impactos climáticos- (prevención)?, ¿debe realizar ajustes en sus actividades para reducir los efectos que provoca (mitigación)?, o ¿debe generar herramientas y estrategias que le permitan enfrentar el calentamiento -cambio climático- (adaptación)? La realidad es que debe realizar todo esto a la vez para evitar cocinarse.

El síndrome debe rebautizarse, cambiemos a la rana por la humanidad, pero, en lo que son peras o manzanas: ¡usted nomás diga rana…!


*Profesor de la Escuela Nacional de Estudios Superiores (ENES) Mérida, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).



Edición: Estefanía Cardeña


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