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El sentido común me platicó del sentido de pertenencia

Y tú, ¿formas conexiones significativas con otros y tu entorno?
Foto: Margarita Robleda Moguel

“¿Qué pata puso ese huevo?” Preguntaban las abuelas cuando presentábamos a un amigo. Puede sonar bastante petulante, pero más allá de la apariencia, que podría ser suya o inventada, su cuenta bancaria, que también tiene su manera de manifestar lo que no hay, o la colección de títulos universitarios, la pregunta tendría que ser: ¿Qué tipo de fruto es? ¿Cuáles son sus intereses? ¿Cómo se relaciona en familia? ¿En dónde encuentra su sentido de pertenencia?

¿Sentido de pertenencia? ¿Qué es eso?  Es algo básico y, sin embargo, como cada vez reflexionamos menos, hay muchos que se mueren sintiéndose vacíos y sin sentido. El sentido de pertenencia es el sentimiento de ser parte, conexión e identificación con un grupo o lugar, generando lazos afectivos y un compromiso de aceptación y seguridad, fundamental para el bienestar psicológico y la cohesión social, y se desarrolla desde la familia hasta comunidades más amplias como culturas, equipos deportivos o profesiones. Es sentirse valorado, útil y formar activamente parte de algo, lo que influye en la autoestima y la conducta.  Contribuye a reducir el estrés y el sentimiento de soledad.

En el Mérida de ayer, las personas sacaban su mecedora a la puerta de sus casas a tomar fresco y convivir. Recuerdo a mi papá gritarle a una familia, desde el coche: “¡Adiooos, don Ennneitoooo!” El adiós de regreso fue alegre y generoso. Cuando le pregunté si los conocía, me respondió: “No, pero ya les di tema de plática: ¿será fulanito? ¿será sotanito?”. Esto sucedió hace más de 50 años y lo recuerdo como un signo del corazón generoso de Jorge Luis Robleda Casares que se volvió parte de mi identidad que me impulsa a regalar adivinanzas para llevar plática a casa.

Mérida cuenta con nueve barrios tradicionales en el centro de la ciudad y el de Itzimná que seguramente era un pueblo cercano que el tiempo anexó: Santiago, Santa Ana, Santa Lucía, San Juan, San Sebastián, La Ermita, La Mejorada, San Cristóbal e Itzimná. Cada uno con oferta propia, además de la belleza arquitectónica, algunos aún ofrecen las delicias del panucho y el caldo, cochinita y anexas, con el sabor verdadero, antes del invento de los lights, que, si bien nos cuidan, una escapada de vez en cuando es para ir a beber al cenote de nuestra memoria y raíces que nos fortalece la identidad y con eso el alma.

El viernes pasado tuve oportunidad de acompañar a mi amigo Rodrigo Rubio Bartell, presidente del gremio de los locatarios del mercado y amigos, de San Sebastián, quien abrió la novena en honor del santo.

Fue una gozada, escuchar reventar los voladores, mientras la banda de la escuela abría paso con sus tambores y cornetas y un carro “tuneado”, con música de jarana en su cajuela, el sonido hermoso de campanas, de a deveras, avisar al barrio sobre la fiesta; orgullosos miembros del mercado en moto, familias con chicos, grandes y medianos desfilando por las calles, conviviendo con sus vecinos, sintiéndose parte; bellas mestizas y erguidos hombres luciendo su traje típico, así como miembros de los ocho gremios restantes, acompañando con sus banderolas al gremio del día, caminar rumbo a la iglesia donde se encontraba esperando en el atrio, el padre Lorenzo Mex, quien ha hecho un trabajo fantástico de recuperación de la  identidad y tradiciones, que incluye clases de jarana,  que al final de la ceremonia nos agasajaron con mil colores de sus ternos. Los hijos de Rodrigo y Mariana, tendrán otra visión de identidad, que incluye la participación en la comunidad.

Los niños y jóvenes de hoy llegarán al mañana con un bagaje muy pequeño de recuerdos. Estos se forjan de experiencias, de convivencias familiares, de actividades. Los estímulos que reciben de la tecnología son instantáneos y no perduran. Me pregunto sobre las familias que veo caminar por los centros comerciales los fines de semana, ¿recordarán algo, además de la frustración de solo haber ido a dar vueltas y llenarse de enojo de lo que no pudieron comprar? 

Disfrutemos las bellezas que tiene nuestra ciudad. Santa Lucia con su trova, Santiago con su danzón… ¡Comencemos a disfrutar uno a uno los barrios!

Y ya sea que llegaste o que naciste aquí, Mérida es nuestra. ¡Cuidémosla!

Lea, de la misma autora: ¡Gracias infinitas, 2025!

Edición: Fernando Sierra


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