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Desde la llegada al poder de la 4T cambió la concepción del Gobierno Federal mexicano sobre la ciencia, tecnología e innovación. Durante los tres sexenios que le precedieron (desde 2000 hasta el 2018) la ciencia se había volcado hacia una concepción “economicista”, que buscaba orientar la investigación científica y tecnológica hacia la innovación y productividad empresarial. El objetivo solo fue logrado parcialmente, pues la vinculación entre el sector científico y el empresarial ha sido por lo general débil y en general, las empresas mexicanas son adversas a los procesos innovativos.

El gobierno de López Obrador le dio un giro sustancial a esta concepción, buscando orientar los conocimientos científicos a otros fines, de carácter social y ambiental, a partir de una mayor integración de la ciencia y los saberes populares y ancestrales; un énfasis en la divulgación de la ciencia y una apuesta por recentrar las humanidades como eje fundamental en la generación de conocimientos. Esta visión ha tenido continuidad en el gobierno de Sheinbaum.

Los preceptos enunciados se han movilizado a través de los Programas Nacionales Estratégicos (PRONACE) (2019-2024) y actualmente, mediante los Proyectos Estratégicos de Ciencia y Humanidades (2025-2030) promovidos por la nueva Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI), que orientan la agenda de investigación a partir del financiamiento de iniciativas por parte del Gobierno Federal.

En general, se parte del supuesto de que las universidades y centros de investigación no son los únicos actores que producen conocimiento y por tanto deben establecer colaboraciones con otros actores como: asociaciones civiles, colectivos ciudadanos, cooperativas, comunidades rurales e indígenas, por mencionar algunos. Esto con el fin de lograr una mayor incidencia social del conocimiento, lo cual significa que los productos académicos generados sean útiles a demandas y necesidades específicas de diferentes grupos sociales y productivos.

Lo anterior pareciera deseable, pero, ¿cómo están asumiendo las comunidades científicas mexicanas este reto? Desde la perspectiva universitaria, ello significa en primer lugar, aprender a trabajar en interdisciplina; es decir, no solo desde cada especialidad: sociología, economía, biología o ingeniería, por ejemplo, sino integrar en proyectos de investigación diferentes disciplinas para atender problemas reales y concretos. Además, implica trabajar con actores no académicos incorporando nuevas metodologías más flexibles y participativas, es decir, transdisciplinarias.

Todo ello demanda retos en la gobernanza de la investigación, ya que se requiere establecer procesos de coordinación entre actores académicos, de gobierno, civiles, socio productivos y comunitarios para cumplir los objetivos de estos proyectos multisectoriales.

Según los resultados de investigaciones realizadas por miembros del equipo ORGA, sobre la gobernanza en experiencias transdisciplinarias en el Sureste de México*, encontramos que este “giro” en la forma de hacer investigación reclama un proceso de aprendizaje que no se logra de la noche a la mañana y tampoco es exitoso sin que haya mediado una relación previa entre los grupos académicos y no académicos, basada en la confianza, horizontalidad y amistad.

Los proyectos analizados refieren a diferentes necesidades, como la de mejorar los canales de distribución y venta de productos agrícolas locales; la recuperación de la alimentación tradicional a partir de la creación de huertos y crianza de animales; la revaloración de la medicina tradicional mediante jardines de plantas medicinales o “farmacias vivientes”, y una mayor difusión y movilización de iniciativas de turismo comunitario.

A partir del estudio de estas experiencias, se observa la necesidad de que en los proyectos impulsados por la SECIHTI se promueva la creación de estrategias para que los actores no académicos puedan acceder a la información sobre las problemáticas atendidas en medios accesibles para éstos, de manera clara y entendible según su contexto cultural y con perspectiva de género. También es relevante atender la protección a los conocimientos tradicionales que son recuperados y movilizados en estos proyectos, ya que éstos generalmente se exponen a su apropiación por actores privados empresariales. 

Finalmente, es imperativo que desde la política científica y tecnológica se creen mecanismos para dar continuidad a estas iniciativas a través de nuevos fondos y convocatorias, con el objetivo de brindar sostenibilidad a las redes generadas entre los diversos actores participantes y que pueda lograrse en el mediano y largo plazo un impacto positivo en la resolución de las demandas de los grupos sociales atendidos, pues para ello no bastan las acciones de corto plazo.

*Agradecemos el financiamiento del PAPIIT IA301324 de la DGAPA-UNAM.

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Edición: Fernando Sierra


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