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Inseguridad y soberbia

Aceptar la imperfecta, pero valiosa, condición humana
Foto: Juan Manuel Valdivia

La inseguridad no siempre se manifiesta como fragilidad, timidez o miedo evidente. En muchas ocasiones adopta una forma más sutil y socialmente aceptada: la ambición constante, la necesidad de validación y la búsqueda incesante de reconocimiento, poder o control. Por ello, no resulta extraño que personas consideradas exitosas, seguras o admirables vivan, en el fondo, una profunda insatisfacción consigo mismas.

Solemos entender la inseguridad como la sensación de ser menos que los demás, como una percepción de insuficiencia o incapacidad. Sin embargo, esta explicación es parcial. Con frecuencia, lo que se oculta detrás no es falta de valor personal, sino una relación poco honesta con nuestras propias capacidades. No nos sentimos pequeños: creemos que deberíamos ser más, mejores o distintos de lo que somos.

Este conflicto interior se vuelve evidente en quienes acumulan dinero, poder o influencia mucho más allá de lo necesario para una vida plena. Personas con recursos suficientes para vivir con dignidad, hacer el bien y contribuir al bienestar colectivo continúan persiguiendo más, incluso cuando ese impulso implica pasar por encima de otros. ¿Es esto inseguridad? No en el sentido habitual. Se trata más bien de soberbia: la dificultad de aceptar límites y la creencia de que nada basta.

La soberbia no consiste únicamente en sentirse superior, sino en rechazar la condición humana tal como es. Es negar la imperfección, la vulnerabilidad y la finitud, sustituyéndolas por una idea de autosuficiencia absoluta. Desde ahí, el deseo deja de orientarse a una vida buena y se convierte en una carrera interminable que rara vez produce satisfacción duradera.

Frente a esto, la humildad aparece no como una forma de rebajarse, sino como una actitud de claridad. Ser humilde es verse con honestidad: reconocer los propios talentos sin exagerarlos y aceptar los propios límites sin despreciarlos. La humildad permite descansar en la realidad, sin la presión constante de tener que demostrarse algo a uno mismo o a los demás.

Conocerse a uno mismo implica también aprender a disfrutar de lo ya logrado y a compartirlo sin miedo. Al darnos a los demás —sea tiempo, conocimiento, alegría, compañía o recursos materiales— no estamos perdiendo nada. Por el contrario, afirmamos que aquello que ofrecemos forma parte viva de lo que somos. El temor a dar no surge porque carezcamos, sino porque creemos que lo que somos debe protegerse como una posesión frágil.

Compartir fortalece. Al hacerlo, confirmamos que nuestra vida tiene coherencia y sentido. La seguridad auténtica no nace de retener ni de acumular, sino de la confianza en que podemos ofrecernos sin desintegrarnos. Dar no nos vacía; nos afirma.

Esa seguridad no necesita proclamarse ni exhibirse. Se manifiesta en gestos simples: una sonrisa recibida, un agradecimiento sincero, la tranquilidad de haber actuado conforme a nuestros valores. En esos encuentros cotidianos se construye una confianza más profunda que cualquier reconocimiento externo.

Tal vez muchas de las experiencias que llamamos inseguridad no tengan su origen en una verdadera carencia, sino en una relación tensa con nosotros mismos. No es que seamos insuficientes, sino que a veces nos exigimos vivir a la altura de ideales que nos alejan de nuestra realidad. En ese desajuste interior, la inseguridad puede entenderse como una señal: una invitación a mirarnos con mayor honestidad y amabilidad.

Aceptar nuestra condición humana —limitada, imperfecta y, aun así, valiosa— nos libera de la comparación constante y de la necesidad de ser más que otros. Desde esa aceptación surge una forma serena de seguridad: la tranquilidad de sabernos suficientes y la posibilidad de compartir lo que somos sin miedo. En ese gesto sencillo se disuelve la soberbia y aparece una manera más plena y humana de estar en el mundo.


Edición: Fernando Sierra


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