Opinión
Rafael Robles de Benito
10/02/2026 | Mérida, Yucatán
Voy a correr el riesgo de aventurar algunas especulaciones acerca de un tema del que conozco poco pero que, como a muchos, empieza a preocuparme: la inteligencia artificial y su posible utilidad para la apropiación y manejo de los recursos naturales del planeta. En parte porque no estamos demasiado bien informados acerca de lo que es la IA, cómo funciona, quién la controla (si es que alguien lo hace) y para qué puede servir; y en parte porque recientemente se ha convertido en una herramienta que tenemos al alcance de la mano si contamos con un teléfono de los que solemos llamar “inteligentes”, este instrumento nos maravilla, lo usamos poco y con cierto miedo y nos sorprende su alcance, al que día a día descubrimos nuevas dimensiones. Aunque pensamos que se trata de un invento del siglo XXI, lo cierto es que se ha estado desarrollando por más de cincuenta años. Si bien ahora es popular y parece disponible a muchísima gente, ha sido utilizado por los complejos industriales tecno-militares, los gobiernos de los países más poderosos y cantidad de centros e institutos de investigación con propósitos de lo más diversos. Aunada a los sistemas de percepción remota que circulan el planeta en una cada vez más tupida red de satélites, la inteligencia artificial se está convirtiendo en una herramienta formidable para identificar dónde se concentran los recursos útiles para el desarrollo de las comunidades humanas, en qué cantidades pueden obtenerse y qué se requiere para acceder a ellos. Quién usa esta información, con qué propósito y sujeto a qué normas y límites, son preguntas inquietantes.
Pero también puede resultar inquietante pensar en cuáles son los límites para la autonomía de la inteligencia artificial en sí misma. Por ejemplo, hace poco salió por ahí una nota que hablaba de unos “bots” capaces de comunicarse unos con otros, verse dotados de “personalidad” y hacer planes conjuntos, como establecer citas para encontrarse en algún sitio (supongo que del “ciberespacio”). Los investigadores que iniciaron el proceso lo reportan con un sorprendido regocijo. Yo no puedo evitar cierto escalofrío. Isaac Asimov, en su formidable saga del Imperio y la Fundación, y en muchos de sus cuentos, propuso tres leyes de la robótica, que resultaban más o menos tranquilizadoras para sus lectores: la primera establece que “un robot no hará daño a un ser humano, ni por inacción permitirá que un ser humano sufra daño”; la segunda dice que “un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley”, y la tercera estipula que “un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley”. Aunque luego hace lo posible por proponer formas en las que robots o humanos logran violar alguna de esas tres leyes, dando tensión dramática a su narrativa, al final resulta que sí funcionan, más o menos satisfactoriamente. ¿Hay un marco normativo equivalente para la IA “real”?
El “hardware” de la inteligencia artificial requerirá cada vez más litio y otros minerales y elementos relativamente escasos, que apilamos desde nuestra relativa ignorancia como “tierras raras”. Forman parte del patrimonio natural de un buen número de países del planeta, y no todos ellos están en posibilidades de usarlos, más allá de su extracción y venta. Una IA autónoma y dispuesta a autoprotegerse, crecer, reproducirse y evolucionar podría estar en disposición de obtener estos elementos y minerales por encima de cualquier obstáculo jurídico o político: sería una necesidad de sobrevivencia. Un ente así aconsejaría a los Estados capaces de hacer uso de los elementos requeridos, para que hicieran todo lo necesario para obtenerlos, usando de ser necesario la fuerza de las armas, el poder económico o alguna otra forma de extorsión. Para más inri, la extracción de estos recursos suele implicar impactos ambientales muy severos, como cuando se requiere hacerlo a través de minas abiertas, con lo que se deforestan superficies considerables de tierras forestales, se exacerba la erosión de los suelos, se modifica el curso de ríos y arroyos y se deteriora la calidad del agua, además desde luego de abatirse la biodiversidad presente en las áreas afectadas.
¿Qué garantía tenemos de que las herramientas de inteligencia artificial tengan incorporado un criterio precautorio que favorezca la integridad ambiental y la sustentabilidad de las actividades humanas? ¿Qué nos permite asegurar que los gobiernos, ávidos de incrementar sus poderes, no vean en la IA una suerte de “meta inteligencia” que les aconsejará siempre lo que más convenga a su interés, sin importar los que suceda con el resto de la biosfera? Quizá décadas de lecturas de ciencia ficción, que pintan distopías terroríficas, me hayan sorbido un poco el seso, y esté viendo amenazas que no existen. Peor la verdad es que no puedo remediar la sensación de que estamos actuando ante la inteligencia artificial como el famoso aprendiz de brujo que, sin haber aprendido el protocolo de los encantamientos, se lanzó a resolver mágicamente problemas que habría hecho bien en enfrentar por medios naturales. No niego que, entre la IA y las redes de percepción remota e información, tengamos ahora una caja de herramientas formidable para manejar apropiadamente nuestra permanencia en el planeta; pero mucho me temo que la avidez de los poderosos acabe usándolas sin una visión humanista y global.
Lea, de mismo autor: Agua
Edición: Fernando Sierra