Opinión
José Juan Cervera
11/02/2026 | Mérida, Yucatán
Se conoce como Decena Trágica la serie de días críticos y sombríos que en febrero de 1913 llevara a un cambio brusco en el equilibrio de poderes que regía en el país, hechos en los que intervinieron diversos agentes políticos, varios de los cuales habían definido posiciones frente a los asuntos públicos desde la campaña presidencial de Francisco I. Madero. Desde que tomó posesión del cargo se recrudecieron contra él los ataques en la prensa y en otros espacios dados a la tarea de inducir el descrédito del mandatario ante sus gobernados. Periódicos como El Mañana, La Tribuna, El Noticioso Mexicano, Multicolor, La Nación, El País y muchos otros desataron un encono persistente contra Madero, esto en lo que toca a los medios impresos capitalinos, ya que también en los estados de la república pudo observarse la misma actitud, tal fue el caso de La Revista de Yucatán en el sureste mexicano.
Los intelectuales identificados con el antiguo régimen y los que vieron en el programa revolucionario –aun en su versión más moderada– un atentado a sus valores y a su estilo de vida se sumaron a la causa hostil al maderismo. José Juan Tablada (1871-1945) fue uno de ellos. En 1910 publicó la sátira escénica Madero-Chantecler tomando de modelo una obra que Edmond Rostand hizo representar el mismo año en París. La dedicatoria al autor francés ratifica la base formal en que se sustenta y, al igual que en ella, los animales intervienen en el argumento encarnando a los partidarios del prócer coahuilense, quien toma la figura de un gallo fatuo, ambicioso y ridículo que al llegar al palenque termina desplumado. Aunque el impreso no llevó su nombre, hay suficientes indicios y testimonios fiables que lo señalan como autor de él.
Los tres actos del opúsculo destilan un tono sarcástico que roza la procacidad y hace mofa no sólo de la candidatura de Madero sino también de las creencias que lo distinguieron como ciudadano libre de profesarlas: “¡Y si no eres salvador /ni buen vinatero, quía! /¡Ni tampoco redentor, /ni docto en homeopatía! /Al final de esta revista /¿qué te va quedando sano?... /¡Un poco de espiritista /y algo de vegetariano!... /En magnetismos insanos /con paciente estupidez /aplícate tus dos manos /a la mesa en cuatro pies…”
En contraste, una vez consumada la usurpación de Victoriano Huerta en que Tablada fue nombrado director del Diario Oficial de la Federación, el reconocido poeta escribió un panegírico del militar jalisciense que traicionó la confianza de aquel que lo comisionara para sofocar el amotinamiento de los acuartelados en La Ciudadela (La defensa social. Historia de la campaña de la División del Norte. México, Imprenta del Gobierno Federal, 1913). En él prodiga halagos que rondan la hipérbole y el ornato servil con tan escaso decoro que muestran la perversión del talento cuando se dilapida en propósitos vanos. Así, pueden leerse pasajes como éste: “Es un arquetipo de lealtad, un sacerdote de honor, un héroe de abnegación y en su marcial figura culminante se concentran los esplendores de esos prestigios, como los rayos de un sol que rompe la noche, se fijan en los basaltos de una cumbre enhiesta”.
La fragilidad del gobierno de Huerta derivó de sus orígenes ilegítimos y, al llegar a su fin, Tablada abandonó el país como lo hicieron otros hombres de letras que comprometieron su apoyo en circunstancias semejantes a las suyas. Él, que tanto proclamó convicciones profundas en torno a la inmortalidad del alma y a la expansión de la conciencia hacia esferas inefables, del modo como lo expone en el prólogo del primer tomo de sus memorias, no tuvo reparos en hacer escarnio, en su libelo de 1910, del entonces destacado opositor a la dictadura, quien a su modo abrigó nociones afines en aquel aspecto.
Entre los recuerdos que Tablada desgrana en La feria de la vida hace la evocación de su amigo el periodista Jesús Rábago; en el capítulo que dedica a ello reflexiona en torno de lo que denomina “equivocaciones políticas” del redactor de Las Novedades, e hilvana esas ideas con una anécdota que le atribuye “a un individuo” al que Adolfo de la Huerta, cónsul de México en Nueva York en 1918, expone reproches a Rábago por haber incurrido en decisiones erradas. El interlocutor del diplomático –casi podría asegurarse que el mismo Tablada, residente de esa ciudad en aquellos días– le respondió que, en la política, por no ser una ciencia exacta, las equivocaciones son frecuentes. “¡Quién sabe si con el tiempo ser huertista con usted vuelve a parecer equivocación como cuando las tropas americanas estaban en Veracruz!” Y se pregunta unas líneas más adelante si De la Huerta llegó a hacer memoria de esas palabras años después, aludiendo sin duda a la frustrada rebelión que encabezó en 1923, cuando se opuso a la designación de Calles como sucesor de Obregón en la presidencia, causando nuevas turbulencias en el territorio nacional, pero bien se sabe que los hechos de armas eran frecuentes en ese entonces, cuando las fuerzas castrenses se disputaban posiciones a las que se sentían merecedoras.
Tal vez aquellos breves párrafos perdidos en las páginas de su libro rememorativo encierren una discreta palinodia del poeta que denostó a Madero y aduló a quien lo mandó asesinar durante uno de los periodos más convulsos de la historia patria.
Edición: Estefanía Cardeña